Robin Williams saltó a la fama por interpretar al dulce e ingenuo extraterrestre Mork de la hoy legendaria serie Mork & Mindy. Si uno se pone a mirar cualquier capítulo de ese show (está todo en Youtube) y en pocos minutos se ve a un imposiblemente joven Williams con sus tiradores de colores haciendo algo imposiblemente robinwilliamesco.
15 de agosto de 2014 21:19 hs
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Williams podía, y lo hizo, en varias películas, atemperar esa alta energía quintaesencial. Su trabajo en En busca del destino, que le valió un Oscar, es un ejemplo adorable.
Pero fueron más memorables las veces que no lo hizo, o que no pudo hacerlo.
A veces, como en Buen día, Vietnam, o como hacía con la voz de genio de Aladino, el efecto era delicioso, pero a veces, –cada vez más a menudo– el efecto podía ser cansador.
Como invitado a un programa de televisión, así como en películas como Patch Adams o la serie reciente The crazy ones, Williams ha sido capaz de pasar de un personaje a otro docenas de veces en pocos minutos, una demostración de energía que podía ser agotadora para el espectador.
Si es lícito describir a la gente como “encendida”, ¿qué palabra, entonces, deberíamos usar para describir a Williams, cuyo “encendido” era de una magnitud descomunal?
Tanto en sus mejores como en sus peores momentos, había algo incontrolable, en Williams. Incluso cuando estaba en perfecto control de su cuerpo, de su personaje y del ritmo, parecía desvalido o asustado con la sola idea de parar de ser una fuente de comicidad, de “apagarse”.
Su energía imparable a menudo tenía una cualidad infantil, pero también había algo más sustancial, más peligroso. Él nunca fue un extraterrestre, fue siempre un hombre, lidiando con sus demonios.