Fútbol > EL TAPADO DE LA FECHA

Denis Olivera: estuvo por dejar el fútbol y le reza a la virgen de Lourdes

A los 11 años falleció su padre y el impacto fue tan grande que quiso abandonar todo; su madre lo empujó y hoy vive un gran presente en Danubio

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02 de abril de 2019 a las 05:02

Estaba tan apurado por llegar al mundo que cuando se cumplieron los nueve meses en la panza de su mamá, no pidió permiso para esperar a que la llevaran al hospital. Entonces, como ocurría hace muchos años, nació en su casa. Pero a diferencia de antes, sin partera.

A Malvina, su madre, la ayudó Julio César su esposo y también un enfermero que vivía a una cuadra.

Aquel frío 29 de julio de 1999, Denis entró en la familia Olivera-Lima y se sumó a otros cinco hermanos.

“Mi papá tuvo mucha noción del parto y con el enfermero que fue a buscar a la esquina ayudó a mi mamá para que yo naciera”, cuenta Denis a Referí.

 Toda la rapidez que tuvo para nacer fue inversamente proporcional al interés que le despertaba el fútbol. A él le gustaba más el básquetbol, entonces empezó a jugar más tarde de lo común.

Recién a los ocho años jugó en Royal de Sayago. Empezó de “9” y luego lo hizo de zaguero.

Pero un día, el técnico de un equipo rival, vio una incidencia de juego y le preguntó si no quería jugar en Ombú, el club que él dirigía.

“Fue una situación extraña. En medio del partido, le pegué una patada a un rival y eso hizo que el entrenador me viniera a preguntar si no quería ir a su club. Me decía que era muy bueno marcando, pero terminé de ‘9’, aunque jugué también de zaguero y de doble cinco. Por esa patada me cambié de equipo”, dice y sonríe.

En el básquetbol había jugado de alero y a veces de pívot en el centro educativo cercano a su casa.

“El básquetbol me ayudó a aplicar en el fútbol cosas como la velocidad y a colocar el físico. También el doble ritmo al saltar, la marca, el retroceso. Combino el básquetbol con el fútbol”, explica.

Pero dejó de jugar con la pelota anaranjada porque “hacía muchas faltas, era mi defecto”.

Pero cuando tenía 11 años sucedió un hecho que lo golpeó muy fuerte y por el que quiso dejar el fútbol.

Su padre comenzó a tener dolores abdominales y pasó el tiempo. Cuando lo fueron a atender tenía una peritonitis avanzada y se murió. Tenía 55 años y Denis 11.

“En ese momento quise dejar el fútbol porque no iba a la cancha con la misma alegría. Mi mamá vivía muy angustiada. Habían estado casados 30 años. No quería jugar más”, recuerda.

Pero fue fu propia madre la que lo empujó para que siguiera en el fútbol y por eso se fue a probar a la escuelita de Danubio. Enseguida lo hicieron entrenar en una categoría más grande –por su estatura– y lo hizo en Preséptima.

“Era un año complicado para mí porque discutía mucho con mi mamá y mis hermanos. Casi estaba entrando en la adolescencia. Me marcó mucho la muerte de mi padre. Pero cuando ya había dejado todo, fue mi madre la que me empujó para que siguiera”, dice.

Se crió en el barrio de la Gruta de Lourdes y hace muy poco se mudó a un apartamento con su mamá con la que toma mate todas las tardes luego de la siesta.

Hizo la escuela en la 354, “Los Junquillos” de su barrio. Era buen estudiante y en quinto fue escolta de la bandera de Artigas, lo que hizo que Malvina explotara de orgullo.

Su caso es muy particular porque su debut en Primera división –que se dio el 5 de febrero pasado– fue en un partido de carácter internacional y no por un torneo local. Fue ante Atlético Mineiro por la Copa Libertadores.

“Venía alternando con los titulares en los entrenamientos, pero me sorprendió el día del partido cuando entré a la cancha. No podía creerlo. Estaba ahí adentro enfrentando a estrellas como Ricardo Oliveira, o el colombiano (Yimmi) Chará y el ecuatoriano Juanito Cazares, quienes se consolidaron en Brasil”.

Cuenta que los rivales se reían de él cuando en pleno partido, se le escapó Chará y al no poder tomarlo de la camiseta, lo agarró de los pelos, lo que le valió la amarilla del árbitro.

 Para ir a practicar, siempre pasa algún compañero de Danubio y a la vuelta, lo dejan a ocho cuadras. Entonces, si está muy cansado, se toma el ómnibus para volver a su casa.

Con su primer sueldo recuerda que invitó a cenar a su madre. “Como jugábamos al otro día, comimos pasta, no quise comer nada pesado”, explica.

Recuerda cuando entrenaba en la Séptima y al mismo tiempo, en la Cuarta de Danubio lo hacía José María Giménez. Se destacó tanto que en poquísimo tiempo lo subieron a Primera.

“Un día vino con Emiliano Velázquez y Salvador Ichazo a brindarnos una charla a los más chicos, respecto a cómo había sido la experiencia de jugar un Mundial sub 20, aquel que se perdió la final ante Francia por penales. Pensar que antes lo veía entrenar cerca de mí y hoy está consolidado en Atlético de Madrid y en la selección. Ahora lo veo por televisión”.

Quiere terminar este año las tres materias que le quedan de cuarto para cursar quinto y sexto de Derecho porque más adelante, pretende hacer el curso de técnico, “pero cuando tenga más experiencia”.

Alejandro Garay, hoy técnico de la sub 17 que juega el Sudamericano de Lima, lo citó a una preselección sub 15 y se vistió de celeste en algunos amistosos que jugaron en el interior. Si bien un año antes había sido campeón invicto de Séptima división con Danubio, justo cuando lo citaron no le estaba yendo bien en la Sexta.

Cuenta que Garay les hablaba “mucho de la importancia que tiene el estudio para los futbolistas, que para ellos –los técnicos del proceso– ese tema es muy serio porque puede darnos muchos frutos a largo plazo”.

El primer gol en el plantel principal todavía no llegó en estos nueve partidos que jugó. “Ojalá se dé contra Peñarol, pero lo llevo con tranquilidad. En inferiores convertí muchos y siempre se los dediqué a mi papá. Obviamente que cuando me toque en Primera, también van a ser para él”, indicó.

Cuando terminan los partidos, siempre se va con sus hermanas en el ómnibus hasta su casa porque le gusta charlar con ellas de lo que sucedió en la cancha. Mamá Malvina no va porque le tiene temor a las patadas que pueda sufrir Denis.

Tiene mucha autocrítica porque cree que “con los golpes de la vida, uno trata de darse cuenta de los errores”.

Normalmente los 11 de cada mes va rezar a la virgen de Lourdes –se crió muy cerca de allí– y sostiene que es muy familiero. “Todos los meses hacemos una comida en familia. No tengo ídolos en el fútbol. Mis ídolos son ellos, mi familia”.

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