Me estás jodiendo”, le dijo Joe Biden, incrédulo, a quien le informó el lunes por la mañana –al bajar del Marine One en la Casa Blanca– que los socialdemócratas iban ganando en las elecciones de Alemania para suceder a Angela Merkel.
Es un poco más complicado. El ascenso definitivo de los socialdemócratas y la eventual proclamación de su líder Olaf Scholz como canciller de Alemania dependerá de cómo se forme ahora el gobierno. Su partido, el SPD, obtuvo el 25.7% de los votos, frente al 24% de los conservadores democristianos de la CDU (el partido de Merkel), el 14.7 de los ecologistas del partido Verde y el 11.5% de los liberales del FDP.
Tanto socialdemócratas como democristianos han descartado la posibilidad de formar otra vez una “gran coalición”, como le dicen en Alemania cuando gobiernan estos, los dos partidos más grandes del país, en alianza; cosa que en el siglo XX sucedió solo una vez, entre 1966 y 1969; y este siglo, en buena medida gracias a la excelente relación de Merkel con su antecesor Gerhard Schroder, de 2005 a 2009, y luego de 2013 a la fecha.
Ambas agrupaciones acusan ahora el desgaste del poder y sienten que es hora de partir de adioses. Aunque también es cierto que los conservadores todavía albergan alguna esperanza de hacer valer sus exiguas chances de formar un gobierno tripartito con verdes y liberales. Y entonces se habla de todas las coaliciones posibles de acuerdo a los colores con que se identifican las distintas formaciones: la coalición “semáforo”, que sería el SPD (rojo) con el FDP (amarillo) y los Verdes (verde); o la coalición “Jamaica”, que estaría integrada por la CDU (negro) y los otros dos; la coalición “Kenia”, etcétera.
El caso es que hoy son estos dos partidos más pequeños (verdes y liberales) los que poseen la llave para encumbrar un canciller, así como durante toda la posguerra, y hasta no hace mucho, eran solo los liberales del FDP los grandes hacedores de reyes en Alemania, coronando indistintamente a democristianos, como Konrad Adenauer y Helmut Kohl; o a socialdemócratas, como Willy Brandt y Helmut Schmidt.
Ahora mismo verdes y liberales están en conversaciones para acercar posiciones y decidir a quién dan el apoyo. Pero lo más probable, y también lo más lógico, sería que terminaran formando gobierno con los socialdemócratas y que Scholz sea el nuevo canciller.
Por mucho que las denominaciones partidarias sugieran un cambio más o menos radical en la conducción del país y que el partido de Merkel no haya quedado primero, la realidad es que los resultados del domingo marcan un espaldarazo de los votantes a su longeva gestión de 16 años al frente de Alemania. A pesar de ser el candidato de la socialdemocracia, Scholz no solo es hoy por hoy su vicecanciller y ministro de
Finanzas, sino que además es visto por los alemanes como el más ‘merkeliano’ de todos los candidatos, su alter ego, que hasta ha incorporado algunos de los gestos más típicos de la canciller, como dibujar una “o” con las dos manos unidas al hablar en público, una marca registrada en el muy sobrio estilo de Merkel.
Llenar esos zapatos, empero, no será fácil. Esta física de formación, mujer sencilla, con escasas dotes para el histrionismo y el autobombo tan propios de la política moderna, que se cocina ella misma en casa y en la caja del supermercado hace la cola como cualquier hijo de vecino, terminó, por una de esas carambolas del destino, como la líder mundial más destacada del nuevo milenio, acumulando tras de sí un poder continental y haciendo que la capital de Europa, ese “teléfono rojo” que pedía Henry Kissinger, esté hoy en Berlín más que en Bruselas. Deja un vacío enorme.
Es muy probable que Sholz (63), de llegar finalmente a la Cancillería Federal, sea también un gran líder. Su currículum eso parece presagiar.
El socialdemócrata hizo un excelente trabajo en la alcaldía de una gran ciudad como es Hamburgo. Luego ha recibido elogios de todas partes por su gestión al frente de la cartera de Finanzas. Y no nos engañemos: el ministro de Finanzas de Alemania es el que dicta la política económica de Europa. Así que hace tiempo que viene jugando en la cancha grande. Pero la verdad es que no tendremos la real medida de su liderazgo hasta tanto esté gobernando.
En lo que hace a la gran geopolítica, es de esperar que profundice los lazos con Rusia y China, como hace tiempo que Merkel ha marcado el camino. Si bien con Moscú la relación de la canciller saliente ha sido un tanto ambivalente –después de todo, fue ella quien impuso las sanciones al Kremlin por la anexión de Crimea–, en los últimos años, con la concreción del gasoducto Nord Stream 2 a despecho de Washington y demás proyectos energéticos en curso, ha presidido sobre una larga etapa de distensión en las relaciones. Y según la prensa rusa, en Moscú esperan que un gobierno socialdemócrata les sea aun más favorable.
Y ni hablar de China, el principal socio comercial de Alemania, donde está instalada la emblemática Beijing Benz y otras 5.000 grandes empresas alemanas. Esa relación bilateral solo puede ir a más. Al tiempo que el liderazgo y la confianza en Washington y en la alianza atlántica flaquean en toda la Europa continental.
Tiene motivos Biden para sentirse entre sorprendido y preocupado por el triunfo de la socialdemocracia alemana, como sugiere su coloquial primera reacción a la noticia el lunes: “I’ll be darned”.