Se termina un extenso ciclo político. En las elecciones de 2019 la ciudadanía ordenó que el Frente Amplio (FA) volviera a la oposición y asignó la Presidencia a Luis Lacalle Pou, encabezando una coalición de gobierno de cinco partidos. Ya tendremos tiempo de profundizar en los grandes desafíos del gobierno electo. Uno de ellos, fundamental, es el de contribuir a mejorar la calidad de la democracia uruguaya. Pero esto nunca depende únicamente de las decisiones sobre orientaciones y procedimientos de los gobernantes. También es función del comportamiento de la oposición. En este caso, dado que el FA sigue siendo el principal partido político de Uruguay, su responsabilidad en los tiempos que vendrán es de primer orden.
La coalición de izquierda tiene al menos tres desafíos muy importantes. El primero de ellos es entender las razones de su derrota. La autocrítica es imprescindible si quiere volver a encontrarse con los electores que ha ido perdiendo. El FA dejó un legado positivo. Pero debe aceptar sus errores y fracasos si quiere poder volver. Primer ejemplo: el FA pudo realizar el sueño socialdemócrata, el de combinar altas tasas de crecimiento con mejoras en la distribución del ingreso, solamente durante los primeros ocho o nueve años. Al FA no le gusta que se diga que esto fue posible mientras duró el viento de cola de la demanda internacional. Tiene razón. Pero del mismo modo debe reconocer que el freno ulterior no se explica solamente por el viento en contra. Segundo ejemplo: el FA debe asumir que fracasó en materia de seguridad ciudadana. Se tomó el asunto en serio y trabajó muchísimo. Pero fracasó. Y debe aceptar que es perfectamente lógico y absolutamente legítimo que la gente quiera vivir sin miedo. Podría seguir poniendo ejemplos para ilustrar el concepto central: si quiere recuperar la confianza de la mayoría debe abandonar su inclinación a la soberbia y asumir sus errores. El segundo gran desafío es acertar en su estrategia respecto al nuevo gobierno. Esta discusión tiene una primera dimensión, obvia y legítima, de cálculo electoral: ¿qué tipo de oposición le conviene hacer? Para responder a esta pregunta vale la pena que los frenteamplistas repasen su propia historia. Como explicara Jaime Yaffé, después de la dictadura el FA logró aumentar su caudal electoral hasta convertirse en partido de gobierno porque combinó moderación programática y oposición sistemática. Pero, además, porque Vázquez y Astori, pese a coincidir en el impulso a la moderación programática, tuvieron estrategias distintas que terminaron siendo complementarias: “Mientras Vázquez reforzaba la captación del creciente descontento con los gobiernos de coalición, Astori permitía establecer una cabecera de puente hacia el electorado más moderado, probablemente más reticente y temeroso frente al radicalismo opositor de Vázquez”.1 La segunda dimensión del desafío de cómo vincularse con el nuevo gobierno es menos obvia pero tan o más importante que la primera. En la región, y en el mundo, son tiempos de “grietas”. Hay señales preocupantes también en nuestra polis. El FA, como partido, debe asumir su cuota parte de responsabilidad en la preservación de un clima respirable. Si opta por dinamitar los puentes no solamente dañará la democracia. Se hará daño a sí mismo.
El tercer desafío es el de procesar la renovación de liderazgos. Hasta ahora el FA ha tenido dos generaciones de dirigentes. A la primera, que sintetizo en la figura de Líber Seregni, le correspondió el mérito de construir la coalición y sostenerla, contra viento y marea, en los peores tiempos. A la segunda, en la que descollaron Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori, le tocó convertir la coalición en un partido cabal, liderar el crecimiento electoral, y asumir la responsabilidad de gobernar. Durante los últimos años ha venido asomando una tercera generación, en la que por ahora se destacan cinco nombres: Daniel Martínez, Carolina Cosse, Óscar Andrade, Mario Bergara y Yamandú Orsi. Supongo que, como ya ocurrió en el pasado los nuevos líderes no necesariamente tendrán las mismas posiciones. Supongo que la competencia interna los obligará a diferenciarse. En todo caso, a esta tercera camada le corresponde mirar la derrota a los ojos y procesar la autocrítica. A ella le corresponde también resolver el enigma de cómo recuperar la confianza de la mayoría de los electores y de contribuir a mejorar la calidad de la democracia.
Leonardo Carreño
1Dice Yaffé: “Entre 1996 y 2003, la confrontación entre Vázquez y su desafiante Astori fue un dato permanente, que tuvo una funcionalidad para la estrategia de acumulación política del FA. La discrepancia no estribaba en la moderación ideológica y programática, ya que Astori convergió en este punto a la apuesta de Vázquez. Las diferencias giraban en torno al tipo de oposición que debía ejercerse frente a los gobiernos de turno y sus reformas. Astori era más partidario de cooperar y negociar que de confrontar y vetar como lo hacía Vázquez. Por ello, al tiempo que ambos líderes convergieron en el impulso a la renovación ideológica y programática, su distanciamiento reforzó el potencial electoral del FA”.
1Ver: Yaffé, Jaime, Al centro y adentro. La renovación de la izquierda y el triunfo del Frente Amplio en el Uruguay, Linardi y Risso, Montevideo, 2005, p. 184.
Adolfo Garcé es doctor en Ciencia Política, Docente e Investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR
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