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26 de mayo 2023 - 5:04hs

"Una biblioteca no es otra cosa que un domicilio o ilustre asamblea en que se reúnen todos los más sublimes ingenios del orbe literario o por mejor decir, el foco en que se reconcentran las luces más brillantes que se han esparcido por los sabios de todos los países y de todos los tiempos. Estas luces son las que el ilustrado y el Gobierno vienen a hacer comunes a sus conciudadanos". Estas fueron las palabras de Dámaso Antonio Larrañaga aquel 26 de mayo de 1816 en el que se inauguró la Biblioteca Nacional, con el cometido de suplir con buenos libros la falta maestros e instituciones.

La primera Biblioteca Pública fue instalada en los altos del fuerte de Montevideo, donde actualmente se encuentra la Plaza Zabala y fue dotada de libros gracias al legado del presbítero José Manuel Pérez Castellano, José Raimundo Guerra, los padres franciscanos y el donativo del propio Larrañaga, quien tenía en aquella época una vasta colección.

Pasaron 207 años desde la inauguración de este "templo de las ciencias y las artes", como lo llamó en la Oración Inaugural su flamante director, y hoy es una institución viva que tiene como cometido no solo poner en contacto la población con los textos y las ideas de los "ingenios del orbe literarios" sino resguardar la memoria cultural del país.

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Inés Guimaraens Biblioteca Nacional

Primeras ediciones, incunables y códices: las joyas literarias

En el primer piso la Sala de Materiales Especiales de la Biblioteca Nacional está en silencio. El ruido de los ventiladores apenas se percibe como un murmullo persistente que acaricia las hojas de los textos bajo la luz de tungsteno.

Gabriela Jaureguiberry, licenciada en bibliotecología y  encargada de la sala, explica qué tipo de materiales resguardan y restauran mientras se cubre las manos con un par de guantes azules con precisión quirúrgica. “Esta sala contiene libros extranjeros anteriores a 1850. Pero no solo libros tiene, tienen una gran colección de fotografías, de mapas, de afiches, de partituras, de manuscritos. Y buena parte de la pinacoteca de la Biblioteca también está acá”.

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En estos estantes, ficheros, muebles, cajas y anaqueles se resguarda a penas una parte del archivo de la Biblioteca Nacional, que también se conforma por el Archivo Literario y la Sala Uruguay. Para acceder a esta parte de la biblioteca es necesario contar con un carnet de investigador. Y aunque el esfuerzo de digitalización de los materiales ha ido en aumento en los últimos años, y muchos realizan consultas vía mail, aún reciben visitas de investigadores tanto uruguayos como extranjeros.

¿Cuál es el libro más antiguo que hay en la Biblioteca Nacional? La respuesta no es tan sencilla como podría parecer, ya que la determinación de las fechas de publicación de algunos de los libros más antiguos de la colección no es totalmente clara.

“Es difícil de determinar las fechas. Tenemos acá el cantoral, que es un himno de salmos y antífonas, que es para el siglo XV. En un momento pensábamos que podía ser del año 1300. Se usaba para cantar en la iglesia, se le ponía en un facistol y de ahí leían los cantos. Pero como tiene más de cinco pentagramas nos dijeron que es de alrededor del 1400”.

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Hace unos meses los bibliotecarios de la Sala de Materiales especiales recibieron la visita de una congregación de El Pinar. En ese momento pudieron escuchar el canto de esos himnos que durante tanto tiempo habían visto escritos con grandes letras rojas y negras sobre los pentagramas. La sonoridad y la melodía de uno de los libros más antiguos del archivo.

Jaureguiberry señala además uno de los siete libros incunables que guardan entre las joyas de la biblioteca. “Vení que te muestro”, dice la bibliotecóloga y se acerca a uno de esos raros ejemplares que fueron publicados en la primera etapa de la imprenta. "Este, por ejemplo, es un incunable que según la Incunabula Short Title Catalogue [ISTC] sería la única que existiría en América Latina". Se trata de un repertorio jurídico de 257 páginas de Johannes Calderinus, publicado originalmente en 1474 impreso en dos columnas con letra capital de color verde, azul y rojo.

Pero también tienen códices anteriores a 1400, como el manuscrito del breviario nocturno del Monasterio de la Celestina.

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Cuando se trata de estos libros la mayoría de sus procedencias son inciertas, aunque la encargada de la sala señala quela mayoría llegaron a la biblioteca como donaciones más que por compras de la institución.

La minerva La Galatea, la prensa tipográfica y sello editorial creado por José Pedro Díaz y Amanda Berenguer en 1944 se exhibe en el primer piso de la Biblioteca Nacional. Por esa máquina pasaron parte de los textos más importantes de la Generación del 45 y este viernes a las 11:00 se presentarán sus últimas publicaciones; tres títulos que fueron impresos y publicados después de su restauración: La antología poética Otro 45, Contra el murallón de Carlos Maggi y La historia de La Galatea de Alfredo Alzugarat.
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Junto a los incunables y los códices se exhibe un cuaderno del artista Juan Manuel Besnes e Irigoyen de 1700 y un facsímil de la primera edición de Don Quijote de la Mancha de 1615. 

Uno de los libros más curiosos es también el más pequeño. Se trata de una carta de Galileo Galilei a la duquesa de Toscana, que originalmente fue escrita en 1615 y se guarda en el Vaticano. "Después se hizo una edición rara que es esta. Es una edición numerada y son pocos números los que se han hecho. Este ejemplar es el número 21 y es de 1836", explica la bibliotecóloga y señala que llegó a manos de la Biblioteca Nacional como parte de una donación del historiador Armando Pirotto.

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Para conservarlo se hizo una "caja con cuna". Una caja en un material libre de ácido con un pequeño hueco en el medio donde entra el librito que permite que se mantenga intacto a pesar de tener algunos detalles en la encuadernación. Pero nadie se anima a moverlo ni reencuadernarlo por su valor y su tamaño.

"Tenemos todo un proceso de conservación con cajas libres de ácido que se hacen acá en la biblioteca. Cada tanto se limpian y se mantienen en una temperatura adecuada para que no haya humedad ni mucho calor. El otro tipo de material que tenemos se conservan a través de un material que se llama maila", explica Jaureguiberry. Además de la conservación, se trabaja en la restauración de los ejemplares que así lo requieran, aunque los ejemplares a restaurar sobrepasen la cantidad de restauradores que trabajan actualmente en la biblioteca.

En una mesa apartada se exhiben una serie de primeras ediciones autografiadas de grandes títulos nacionales que pertenecen a la Sala Uruguay, como Chico Carlo y Las lenguas de diamante de Juana de Ibarbourou, Esta Mañana de Mario Benedetti, La Suplicante de Idea Vilariño, El Pozo de Juan Carlos Onetti, El libro blanco de Delmira Agustini, Canto a Lamartine de Julio Herrera y Reissg y Ariel de José Enrique Rodó.

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Junto a los libros se puede ver la edición original del primer número del primer periódico de la Banda Oriental: Estrella del sur. El ejemplar fue impreso el 23 de mayo de 1807 por los ingleses en Montevideo y se puede leer en dos idiomas, con una columna en inglés y otra en español.

Entre las joyas de la colección también se encuentra un manuscrito de Dámaso Antonio Larrañaga donde escribía sobre la importancia de crear una biblioteca y la Oración Inaugural de la Biblioteca Nacional. Junto a ellos también se muestra la primera edición del primer texto constitucional de 1830.

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Mapas, fotografías y pinturas desconocidas

En los ficheros, los estantes y los cajones de la sala se guardan algunos de los documentos que cuentan detalles de la vida cotidiana del Uruguay del pasado, como un afiche de la Intendencia Municipal de 1918 que advertía sobre los cuidados y el tratamiento de la gripe española, revistas antiguas, posters de Carnaval, grandes mapas y listas electorales.

"Allá tenemos la parte de revistas, allá tenemos los libros, acá tenemos los manuscritos y aquello es un gabinete de fotografías", dice Jaureguiberry parada en medio de la sala después de señalar un conjunto de pinturas de Delmira Agustini que se exhiben en la pared del archivo y forman parte de la expresión artística más desconocida de la escritora y poetisa uruguaya. 

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Solo en la Sala de Materiales Especiales hay alrededor de nueve mil libros y más de 50 mil fotografías que se guardan en condiciones ambientales controladas. Hay, por ejemplo, una colección que se le compró al historiador Barrios Pintos con imágenes del interior de Uruguay, las fotografías de la guerra paraguaya capturadas por la compañía Bates y se está procesando el archivo fotográfico del diario El Día.

Cada pieza que llega al área de Materiales Especiales debe ser limpiada correctamente e inventariada por los funcionarios del sector. "Últimamente la compra está bastante restringida, lo que más tenemos son donaciones. Después la biblioteca recibe por Ley de Depósito Legal todo lo que es publicado en el Uruguay o en el extranjero que refiere al Uruguay", señala la bibliotecóloga. Legalmente las imprentas tienen obligación de ceder dos ejemplares de cada libro a la Biblioteca Nacional y uno a la Biblioteca del Palacio Legislativo.

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Hacia el fondo de la sala se encuentra el área de restauración y digitalización. Allí un funcionario trabaja en la digitalización del tomo 21 de una colección de 266 libros encuadernados de folletos antiguos que fueron donados por el ensayista Luis Melián Lafinur.

Hace más de dos siglos la Biblioteca Nacional abrió sus puertas para que allí pudieran concurrir los jóvenes y todos aquellos que quisieran acceder al saber. Actualmente la Biblioteca Nacional tiene como objetivo digitalizar la mayor cantidad del material posible para poder democratizar el acceso a las colecciones y hacer más accesible el contacto de los uruguayos con la información que se guarda en la institución. Hacer llegar el conocimiento allí donde haya alguien interesado.

La casa de los "más sublimes ingenios del orbe literario" mantiene tiene sus puertas abiertas. Y el acervo es cada vez más profuso.

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