Año cargado de centenarios este, si los hay. Desde el punto de vista histórico la primera guerra mundial se llevó todos los lauros. Desde el punto de vista literario, el nacimiento de Julio Cortázar es una fecha importante, que incluso en Montevideo se festeja con un interesante concurso. Pero si salimos del trazo grueso y nos metemos bajo la piel de los aniversarios se pueden encontrar detalles jugosos que habilitan, por un lado el recuerdo, y por otro el homenaje de volver a la lectura.
Uno de los libros que cumple 100 año de vida en 2014 es Dublineses, la colección de 15 historias ambientadas en la capital de Irlanda por parte del mayor narrador que ha dado al mundo esa isla de verdes pastos: James Joyce.
En 1914, Joyce era un escritor de 32 años, ya maduro, pero estos cuentos que recién logró publicar en ese año maldito para Europa los había escrito una década antes, cuando era un joven que recién pisaba el terreno de una literatura todavía bastante provinciana y pacata. Joyce decidió salir de esa isla que lo constreñía y junto a su familia vivió en varios países del “continente”, como le llaman los británicos a Europa. Suiza, Austria e Italia fueron su hogar en un peregrinaje que cada tanto lo hacía regresar a Irlanda para ver si podía publicar. Luego de muchas idas y venidas entre casa editoriales, Dublineses ve la luz de la publicación, y el efecto de su lectura es removedor.
Todavía hoy, un siglo después de estos sucesos, su lectura conmueve por la cercanía, a pesar de las distancias de tiempo y espacio. Varias de sus historias tienen como personajes principales a muchachitos y jóvenes que salen de la infancia para entrar en el mundo real de los adultos. Son cuentos de aprendizaje, de aventurarse desde la casa familiar hacia el mundo exterior, de construcción de una personalidad, y quienes las llevan adelante son sobre todo hombres.
Los cuentos con mujeres tienen en muchos casos un contenido amoroso profundo, aunque hay excepciones, como Araby, donde es un chico quien en demostración de su amor desea comprar un regalo caro en un bazar. Las fuerzas femeninas y las masculinas se mezclan y se entrelazan. Las anécdotas a veces son bastante nimias pero su valor está en la forma de narrar, con atención en los detalles que funcionan como símbolos, en esos irlandeses que dentro de su medianía buscan un lugar en el mundo, un camino en la vida. Algunos cuentos se interpretan como rasgos autobiográficos de Joyce, como cuando describe algunas sociedades literarias de la ciudad. Es indudable que buena parte de los argumentos de la historias surjan de situaciones que Joyce vivió o conoció de oídas en la ciudad, que reina por detrás mucho más que solo como marco.
Cuento a cuento, Dublín se despliega en sus barrios y sus calles, desde el primer cuento, Un encuentro, donde dos adolescentes salen a recorrer el puerto y los prados cercanos, hasta la última historia, Los muertos, que si bien se desarrolla dentro de una casa, el protagonista sale al exterior y camina por las calles heladas de un invierno para entender el sentido de su vida. (En 1987 John Huston lo llevó al cine de forma maestra.)
Dublineses tuvo tal impacto en el mundo que pronto muchos escritores comenzaron a utilizar la técnica estructural de crear colecciones de cuentos cortos protagonizados por diferentes personajes pero todos ambientados en la misma ciudad, con el fin de que se cree una obra coral con un trasfondo urbano que de manera inevitable tomará el protagonismo que dejan pendiente las pequeñas situaciones que se narran. Eso sucedió, por ejemplo, en Montevideo, cuando en 1959 Mario Benedetti, siguiendo fielmente los preceptos de la escuela joyceana, publicara sus cuentos Montevideanos.
Volver a pasar los ojos por las páginas de Dublineses es la mejor manera de decirle, sin pronunciar palabra, “feliz siglo”.