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Duelo de gauchos y malevos, la secta del cuchillo y del coraje

Los duelos en Uruguay: la cultura de la pradera y del bajo, las guerras civiles y el quisquilloso honor de los políticos (II)

Escena de "Barry Lyndon”, de Stanley Kubrick (1975)

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08 de abril de 2020 a las 05:04

El legendario duelo entre José Batlle y Ordóñez y Washington Beltrán, hace 100 años, fue solo uno entre muchos, aunque destacó por la importancia de los personajes y el resultado mortal. 

Se denomina duelo (justa o combate singular) al enfrentamiento entre dos personas, más o menos formal, por cuestiones de honor, un concepto difícil de definir, pues refiere a cierto tiempo y cultura, pero de enorme fuerza en todas las civilizaciones.

Los duelos formales fueron moneda corriente en Uruguay al menos hasta la década de 1970, y aún más allá, de manera espontánea, en la campaña y en la periferia de los pueblos. 

Entre otros protagonistas civiles de la vida política uruguaya de fines del siglo XIX y principios del XX se batieron José Pedro Varela, Eduardo Acevedo Díaz, Julio Herrera y Obes, José Pedro y Carlos María Ramírez, Luis Alberto de Herrera y José Batlle y Ordóñez.

El duelo también fue un asunto común entre los militares —como puede apreciarse en películas como “Los duelistas”, de Ridley Scott (1977), o la magnífica “Barry Lyndon”, de Stanley Kubrick (1975).

Timoteo Aparicio, el duelista

El 11 de marzo de 1866 el colorado radical José Cándido Bustamente, quien sería jefe político de Montevideo, mató con pistola a un joven capitán correligionario, Servando Martínez. En 1893, en Paso del Molino, el militar colorado Guillermo Ruprecht, quien sería ministro de Guerra durante el gobierno de Baltasar Brum, mató de un balazo en la frente al también militar Joaquín Tejera. Todos ellos eran veteranos de las guerras civiles.

El duelo muchas veces se basaba en el concepto fatalista, implícito o explícito, de que Dios guiaría la mano de quien tenía razón u honor: el “juicio de Dios”. 

El duelo también podía reforzar o confirmar el liderazgo de un caudillo político y militar, que en el Uruguay del siglo XIX dependía fuertemente del valor personal. 

En la batalla de Pedernal, librada el 9 de setiembre de 1863 cerca de la actual ciudad de Tacuarembó, entonces llamada San Fructuoso, el caudillo blanco Timoteo Aparicio se batió a lanza con el caudillo colorado Gregorio Suárez, conocido como “Goyo Jeta”. 

El enfrentamiento entre esos dos hombres, que entonces rondaban los 50 años, se hizo a la vista de sus respectivos ejércitos. Aparicio hirió gravemente a Suárez, que quedó tendido con dos heridas de lanza y un balazo, pero no lo remató y permitió que fuera retirado del campo por sus hombres. 

Gregorio Suárez se repuso en Brasil y se incorporó a los revolucionarios de Venancio Flores, alzados contra el gobierno de Bernardo Berro, a tiempo para participar del sitio de Paysandú a fines de 1864 y ordenar el fusilamiento del líder de los defensores, el general Leandro Gómez.

Poco después, en otro enfrentamiento singular, Timoteo Aparicio, un valeroso leñador y caudillo, mató de un lanzazo a un jefe correntino.

El 14 de mayo de 1870, durante la Revolución de las Lanzas que precisamente Timoteo Aparicio lideró contra el gobierno de Lorenzo Batlle, los blancos tomaron el poblado de Porongos, actual Trinidad. En una escaramuza, el caudillo blanco José María Pampillón se batió a duelo singular a caballo y lanza con el coronel colorado Gil Aguirre. Las tropas observaban a la distancia. Ambos resultaron seriamente heridos, aunque continuaron la lucha desmontados y con cuchillo. Al fin Gil Aguirre huyó en el caballo de Pampillón, mientras éste le tiraba su facón, su lanza y sus boleadoras, sin fortuna. 

Gauchos, malevos y compadritos

En la cultura gauchesca el valor era objeto de culto, como el facón o el derramamiento de sangre. El naturalista inglés Charles Darwin, que recorrió el sur de Uruguay en 1832, describió así a los gauchos que conoció en una pulpería de la zona del arroyo Barriga Negra, actual departamento de Lavalleja: 

“Su apariencia es chocante. Son por lo general guapos, pero tienen en su rostro los signos de la altivez y el desenfreno; usan a menudo el pelo y el bigote muy largo. Sus trajes de brillantes colores, sus formidables espuelas sonando en sus talones, sus facones colocados en la faja, de los que hacen uso con frecuencia. Son en extremo corteses; nunca beben una copa sin invitar a que los acompañen: pero se hallan dispuestos a acuchillarte si se presenta la ocasión”.

En la cultura latina mediterránea los duelos fueron frecuentes desde el origen de los tiempos, vinculados siempre al concepto del honor, y trascendieron las clases sociales, los ámbitos de convivencia y los niveles culturales. En el Río de la Plata el “duelo criollo”, reflejado en la literatura y las canciones, se basaba en un susceptible sentido del honor, o bien de guapeza u hombría.

El periodista e historiador Lincoln Maiztegui pintó así esa cultura del suburbio: “Al constituirse las ciudades y generarse los cinturones arrabaleros, surgió un nuevo tipo humano, el ‘malevo’ o ‘compadrito’, que valoraba más que cualquier otra cosa la custodia de su propio honor. Jorge Luis Borges evocó magistralmente, en algunos de sus célebres romances, la épica del duelo suburbano, librado siempre con arma blanca (‘esa víbora, el cuchillo’ —dice en el romance de Jacinto Chiclana—) y con un desprecio viril por la propia vida, que se valoraba menos que la custodia del propio honor (‘Alejo Albornoz murió/como si no le importara’ —dice en otro de sus poemas—). Para Borges, el duelo con arma blanca de las orillas urbanas equivale a la canción de gesta de las nacientes sociedades del Plata, y en sus romances evoca el nombre, más o menos mitológico, de algunos legendarios adalides de esa práctica corajuda y brutal, como Muraña, o Iberra, que, avergonzado o celoso porque su hermano tenía más muertos en duelo que él, lo mató ‘y así igualó los tantos’”. 

Aún hoy, en el medio rural o en la periferia de los pueblos, o en “el Bajo” o zona prostibularia, se libra de tanto en tanto algún duelo criollo: por pundonor, por no aflojar, por una mujer, por el puro gusto de la violencia. Sin saberlo, esos duelistas son tributarios de aquellos compadritos muertos a los que cantó Borges:

Cuando el último sol es amarillo
en la frontera de los arrabales,
vuelven a su crepúsculo, fatales
y muertos, a su puta y su cuchillo.

Perduran en apócrifas historias,
en un modo de andar, en el rasguido
de una cuerda, en un rostro, en un silbido,
en pobres cosas y en oscuras glorias.
En el íntimo patio de la parra
cuando la mano templa la guitarra

Ricardo Borges, domador de caballos

Transcribo a continuación parte de una nota que publiqué en El Observador en setiembre de 2007:

Conocí a Ricardo Borges, de profesión domador, en la zona del arroyo Tres Árboles, Río Negro, en la década de 1960, cuando yo era un niño. Flaco, huesudo, puro músculo, sufría de asma y la espantaba con un amuleto inusitado: una pata de tortuga que envolvía y colgaba con un cordel de su cuello.

Ricardo Borges representaba mucho de lo que yo admiraba entonces. Los domadores solían tener tropilla propia e iban de pago en pago y de estancia en estancia, siempre doblegando potros con una combinación de brutalidad absoluta y paciencia infinita. 

Los días de fiesta, o cualquier domingo de sol, Ricardo los montaba y se lucía como jinete invicto ante los ojos de la paisanada.

Seminómadas, ariscos, curtidos, los domadores son de lo poco que queda parecido al gauchismo, ese tipo humano que comenzó a desaparecer en la segunda mitad del siglo XIX, atrapados entre el avance de la producción moderna y el estiramiento del brazo del Estado.

Ricardo Borges, el domador, tenía fama de respetuoso pero también de pocas pulgas y cuchillo rápido. No era cuento. Se entrenaba en forma típica: mientras un paisano le tiraba piedrecitas directas a su cuerpo, él las desviaba con su tremendo cuchillo de hoja larga y angosta. Así mantenía “la mano experta y el ojo avizor”, como cantó El Mago refiriéndose a Irineo Leguisamo, un gauchito de Salto que se volvió leyenda en Buenos Aires.

Cierto día, allá por 1973 o 1974, Ricardo Borges liquidó a un tal Lucero en la calle, frente al bar La Perla, en Paso de los Toros. El duelo criollo se desencadenó por cuestiones de polleras. Mató por honor, por amor y calentura. 

No presencié ese lance, pero asistí como curioso a su reconstrucción. Había que verle la cara a la jueza, arquetipo de otra cultura, recién egresada de la Facultad de Derecho, cuando don Ricardo le contaba con parquedad cómo había cosido a puñaladas a su rival, esta vez con un cuchillito corto y fino, de esos que no se llevan a la vista en la parte de atrás de la cintura sino adelante, escondido en las verijas; esa daga discreta que por precaución se carga cuando la muerte anda al acecho.

Otro Borges, el porteño, escribió unos versos que le calzan a don Ricardo, el domador:

¿Dónde estará, repito, el malevaje
que fundó en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones
la secta del cuchillo y del coraje?
…………………………………..
Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
una canción de gesta se ha perdido
en sórdidas noticias policiales.

Tercera y última nota: La insólita ley de duelos uruguaya; Batlle Berres, el general Ribas, Enrique Erro, Manuel Flores Mora, Julio Sanguinetti y tantos otros.
 

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