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El acuerdo con la Unión Europea, centro del debate en la campaña electoral argentina

El gobierno de Macri lo exhibe como un logro propio, pero no logra despertar el entusiasmo de los empresarios, que temen no poder competir

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17 de julio de 2019 a las 05:04

Por Fernando Gutiérrez (desde Buenos Aires)

Si algo es consenso en Argentina es que el punto fuerte de Mauricio Macri –entre muchos débiles- es la política exterior.

Desde que asumió ha hecho gala de un fuerte apoyo de las grandes potencias, que contrasta notablemente con la situación de aislamiento y de tensión permanente que caracterizó a la diplomacia durante el gobierno de Cristina Kirchner.

Macri ha gozado de un apoyo que no se limitó a la retórica de los discursos, sino que se tradujo en dólares en el momento en que parecía que el gobierno se tambaleaba. Sacando provecho de su amistad de tres décadas con Donald Trump, tuvo línea directa para pedir que el presidente estadounidense influyera sobre el ala dura del Fondo Monetario Internacional y lo forzara a hacer concesiones que hasta contradicen el propio estatuto del organismo.

Ya con el acuerdo que le garantizaba 58 mil millones de dólares en el bolsillo, Macri fue en diciembre anfitrión del G20, un evento que significó una impensada inyección anímica para un gobierno que venía golpeado.

Y ahora, ya en el tramo final de la campaña electoral, está claro que el gobierno quiere seguir explotando el filón. En parte, porque no hay muchas otras cosas que mostrar: este año se proyecta una nueva caída de la actividad económica –los más optimistas hablan de un 1,4%- y la inflación seguirá en el top five a nivel mundial, mientras la pobreza supera el 30% y el desempleo volvió a los dos dígitos.

Con ese marco, los estrategas de campaña del macrismo tienen en claro que la clave pasa por hablar poco del presente y mucho del futuro. Básicamente, que los sacrificios de esta recesión son la base para un período de crecimiento prolongado.

Y ahí, otra vez, la agenda internacional hizo un aporte inestimable: el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, después de dos décadas de negociaciones tensas, postergaciones y tironeos, tiene todos los ingredientes para volver a insuflar un poco de épica a la gestión macrista. La expresión “hecho histórico” se ha repetido cientos de veces en los últimos días –empezando por el propio presidente-, y el acuerdo se ha presentado como parte de ese futuro venturoso.

Para completar la estrategia publicitaria, el gobierno viralizó videos en los que Macri es felicitado por los líderes de varios países, desde la alemana Angela Merkel hasta el chileno Sebastián Piñera. Y destacó el español Pedro Sánchez, quien le dijo “de no haber sido por tu liderazgo, no se habría logrado”.

En los días siguientes, prueba del entusiasmo que esta situación generó en el gobierno, se anunció el inicio de negociaciones conjuntas con Brasil para la integración comercial con Estados Unidos. También que es inminente el cierre de acuerdos con Canadá y con Corea.

“La demanda de nuestros productos se va a multiplicar y tenemos que prepararnos para producir más. Al mundo le interesa relacionarse con nosotros”, dijo el presidente, en el marco de la celebración por el día internacional de las pymes.

¿Hecho histórico o tragedia?

La alegría del gobierno creció en proporción directa con la incomodidad del kirchnerismo. Hubo expresiones que dejaron en una posición incómoda. Hubo dirigentes como Axel kicillof –ex ministro de ecnomía de Cristina Kirchner y ahora candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires- que directamente calificó como “tragedia” el tratado.

El candidato presidencial Alberto Fernández escribió en su cuenta de Twitter que el acuerdo comercial no implicaba nada para festejar, que podría contribuir a profundizar la crisis de algunos sectores y que, en caso de ser presidente, pondría a revisión los términos del tratado.

Pero rápidamente se viralizaron viejos videos y Cristina con enviados de la Unión Europea durante su mandato, junto con frases de la ex mandataria en la cual alentaba un buen final para las negociaciones de integración comercial. De manera que las críticas de ahora quedaron bajo sospecha de estar teñidas más por una conveniencia electoral que por un genuino convencimiento de que se trata de una política exterior errada.

Pero esa estrategia del gobierno, que parece estar dando rédito en el ámbito político, tiene un talón de Aquiles: los presuntos beneficiarios de los acuerdos comerciales son los que más están expresando su preocupación ante la caída de los aranceles y otras medidas proteccionistas.

Los empresarios, con más temor que entusiasmo

Y ahí reside la dificultad y el desafío del gobierno de Macri: convencer a los empresarios argentinos de que ahora disfrutarán del acceso al gran mercado europeo y que sus negocios no desaparecerán aplastados por una competencia de mayor poderío.

Ya las primeras críticas surgieron por la forma de negociación, en la que los dirigentes de las cámaras empresariales se quejaron de no haber sido tenidos en cuenta. Aspiraban a que se aplicara la tradición de “next door”, consistente en que, en una habitación al lado de la de los diplomáticos hubiera una delegación empresarial a la que los funcionarios fueran consultando para corregir, en tiempo real, las posibles cláusulas problemáticas.

En cambio, se quejan de que se enteraron de la “letra chica” del acuerdo cuando ya todo estaba firmado. Y varios sectores dicen haber sido la variable de ajuste que el gobierno argentino sacrificó en pos de un logro político. 

Ante la andanada de protestas, el gobierno convocó a los empresarios para tratar de calmar los ánimos. Pero se encontró con un listado de temores y reclamos.

Incluso en sectores donde Argentina tiene ventajas competitivas, como la agroindustria, hay temores por la dificultad para competir. Es el caso de la industria láctea, que está en una fuerte crisis, con cierres de tambos y un quebranto financiero de empresas emblemáticas del sector.

Lejos de ver una oportunidad en el viejo continente, temen un ingreso masivo de productos lácteos europeos, y señalan que, por ejemplo, un yogur en España cuesta hoy la mitad de lo que cuesta uno argentino.

El lobby por la “letra chica”

Ante esa situación, es claro cuál es el objetivo de los empresarios: poner en primer plano la necesidad de un alivio impositivo. Un punto sobre el cual el gobierno de Macri tiene una postura ambigua: adhiere desde lo ideológico pero disiente en la práctica. La cruda realidad marca que hay un compromiso explícito con el Fondo Monetario Internacional para llevar a cero el déficit fiscal, y a duras penas se pudo contener el reclamo del organismo para que hubiera una suba adicional de impuestos.

El argumento que los funcionarios argentinos plantean es que habrá un lapso lo suficientemente largo como para que todos se puedan adaptar. En la mayoría de los rubros sensibles la caída de aranceles a cero llevará un período de siete años, y en casos especiales podría llegar a 15 años.

Aun así, hay muchos que dicen que no alcanza. Los textiles, por ejemplo, que están entre los más golpeados por la recesión, quieren que sigan vigentes los cupos de importación con un sistema de licencias sin renovación automática. Es decir, un ingreso manejado a discreción por el gobierno.

Pero es algo que está explícitamente prohibido en Europa y difícilmente se apruebe en la letra chica del acuerdo con el Mercosur.

Y hasta entre los grandes exportadores del rubro agrícola hay inquietud. Si bien se ampliarán los cupos para el ingreso de carnes y granos, la sospecha recae en la posibilidad de frenos para-arancelarios. Concretamente, está el temor de que bajo el argumento de temas fitosanitarios –un tema de alta sensibilidad en Europa- se imponga un arancel encubierto. De hecho, ese es un punto que ya se está agitando en los medios de comunicación franceses, bajo la influencia del fuerte lobby del sector rural.

Con este marco, el acuerdo con la Unión Europea se ha transformado en un tema protagónico de la campaña electoral. El macrismo lo destaca como una prueba de la reinserción internacional, mientras el kirchnerismo lo presenta como una tragedia que llevará al desempleo y a la “primarización” de la economía. En suma, un nuevo capítulo de la “grieta” política argentina.

La sospecha de la Europa “made in China”

Una de las principales preocupaciones es la falta de transparencia en las reglas de origen, especialmente por la posibilidad de una triangulación comercial que permita el ingreso de productos asiáticos.

"No queremos que el día de mañana compren zapatos de cuero de China y luego le pongan el sello 'Made in Italy'”, dijo uno directivo de la cámara de fabricantes de calzado. Y denunció que los europeos quieren poner un umbral de precios a partir del cual no se exija la certificación de origen al producto.

Su planteo es que todo producto que salga de Europa y pretenda ingresar a Argentina sin aranceles tenga que acreditar un contenido europeo de al menos 60 por ciento, que es la norma que rige para el comercio intra Mercosur.

Otro sector industrial muy preocupado por el efecto UE es el de autopartes, al cual ya le cuesta mucho competir contra la más potente industria brasileña.

Los empresarios del sector se alarmaron tras leer el acuerdo con el bloque europeo. El comercio de autopartes con esa región ya asciende a 1.700 millones de dólares, a pesar de que los aranceles llegan a 18 por ciento –cuatro veces más que el que los europeos le imponen al Mercosur-. Es fácil imaginar la preocupación de estos empresarios, que si ya hoy tienen dificultades, se preguntan qué ocurrirá cuando todos los aranceles bajen a cero.

Y, una vez más, hay temores por la “inflitración asiática”. Plantean que el libre ingreso de autos “made in Europe” esconderá el ingreso de un 50 por ciento de piezas de fabricación china.

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