20 de septiembre de 2013 21:02 hs

La minúscula esfera que contiene el universo, fantástica creación de Jorge Luis Borges en el cuento El Aleph, inspiró una mágica muestra que el artista inglés Anthony McCall instaló en Buenos Aires.

Se trata de una rara mancomunión plasmada entre la ficción del escritor argentino y la creatividad de un artista especializado en experimentos cinematográficos, que explora las cualidades escultóricas de los rayos luminosos.

“Me impresionó el momento en que el personaje entra al sótano y ve la luz, y a través del destello, descubre el universo”, comentó McCall, nacido en 1946.

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El artista, que integró los movimientos de vanguardia en Nueva York y Londres en las décadas de los 60 y 70, explicó que en su inspiración estuvo “el trabajo con la luz”.
Casi como un homenaje al cuento, el británico se sentó en el piso de la sala de exposición del Faena Arts Center, en medio de la oscuridad de la ambientación, igual que el protagonista se acuesta a ciegas en el suelo para poder maravillarse con la epifanía de el Aleph.

McCall dijo que le interesó “la poética del cuento más que la resonancia o la interpretación”.

A pocos metros de donde se reclinó, reluce el haz de luz de uno de los cuatro conos gigantescos que integran la instalación en una sala de paredes negras del tamaño de un estadio de básquetbol. Entrar en los conos es sumergirse en la aventura de sentir que los rayos lumínicos forman una velada cortina que cambia de forma y de lugar a medida que uno se mueve dentro.

“Es el público el que le da sentido a la obra, que está entre la escultura, el cine y el dibujo”, contó McCall, cuyo trabajo fue curado por el artista alemán Alfons Hug, compatriota de Mischa Kuball, que completa la muestra en otra sala.

La instalación de Kuball, nacido en 1959 en Düsseldorf, consiste en tres bolas de disco que giran, en un efecto que evoca la esfera iridiscente que representa “el punto que contiene todos los puntos del universo”.

La metafísica y el alma borgeana reviven en esta muestra con la oscuridad rigurosa del salón que alude indirectamente a su ceguera, a los tenebrosos laberintos que lo obsesionaron, a los espejos y a la delgada línea que separa la realidad de la ficción, e incluso se mezclan con un narrador del cuento que es el mismo Borges.

Borges, motivo de estudio y admiración en todo el mundo, murió en Ginebra a los 86 años en 1986, fue Premio Cervantes de literatura en 1980.

Su legado late en cada nuevo lector que lo descubre o en cada artista que lo toma como musa. (AFP)

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