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El cambio de Cambiemos: un retrogusto a viejas recetas

Argentina. Más sombras que luces asoman en el horizonte político de Macri

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02 de octubre de 2018 a las 13:43

Mauricio Macri desembarcó en la Casa Rosada en noviembre de 2015 en medio de una gran esperanza de los argentinos por dejar de una buena vez atrás la corrupción sistemática, el aislamiento del mundo y la división social que jalonaron la era kirchnerista. En un principio la frescura de Cambiemos y su equipo de gobierno y la sinceridad con la que hablaban de los problemas que enfrentaba el país le abrieron una carta de crédito aun mayor entre la opinión pública.

Macri creyó que con transparencia y eso que llaman “gobierno de gestión” (una aproximación de corte gerencial a los asuntos públicos), aunado a una fuerte y constante inyección de inversión extranjera, sería suficiente para reinsertar a Argentina en el mundo, echar a andar otra vez la economía y cerrar “la grieta”.

El tiempo ha demostrado no solo que no era suficiente, sino también la orfandad de ideas y la ineficacia tanto del equipo de gobierno como del propio presidente. Es cierto que junto con la banda presidencial, que Cristina Kirchner le dejó tirada para que se la pusiera él solo o como pudiera, la exmandataria le dejó también una pesada herencia que remontar, con numerosas bombas de tiempo en la política económica de peligrosa desactivación. Pero que muchos de sus seguidores sigan hoy culpando a esa herencia de todos los males del gobierno Macri, los acerca peligrosamente al fanatismo y la ceguera ideológica de los militantes K, hoy reducidos a una pequeña minoría de sicofantes capaces de negar lo innegable y justificar lo injustificable.

Con el tiempo también, y a medida que aumentaban los reveses del gobierno en el manejo de la economía, se fue evidenciando entre los integrantes del que Macri en su día presentara como “el mejor equipo de gobierno de los últimos 50 años” otro rasgo bastante chocante que había signado el accionar de la administración anterior: la soberbia. Si bien han estado lejos de la arrogancia maniquea y confrontativa que exhibían los funcionarios kirchneristas y la propia Cristina, la humildad no ha sido precisamente una de sus virtudes.

Irrita particularmente a los argentinos la soberbia que perciben en el jerarca más resistido del gobierno Macri: nada menos que su jefe de Gabinete y mano derecha, Marcos Peña. A principios de mes, en medio del terremoto político que desató la crisis cambiaria y la escalada alcista que terminó con el dólar a 40 pesos, sus aliados radicales y un importante sector de su propia agrupación, además de buena parte de la opinión pública, le pedían al presidente la cabeza de Peña. Es verdad que los radicales querían un poco más; tal vez se les fue la mano pidiendo encima tres cargos de gabinete. Pero, dadas las circunstancias, la salida de Peña parecía lo más lógico.

Macri lo sostuvo contra todo pronóstico. Luego trascendió que en esa hora aciaga, reunido con su círculo íntimo en la Rosada, el presidente explicó su decisión a uno de sus interlocutores con una pregunta retórica:

—En el ajedrez, si vos entregás la reina, ¿sabés lo que tenés que entregar después, no?

—El rey —repuso el otro, dando por buena la alegoría.

Si Macri fuera un buen jugador de ajedrez, como su colega chileno Sebastián Piñera, sabría que hay ocasiones en que es preciso sacrificar la reina para salvar la partida, incluso para ganarla.

Sin embargo, el alfil que más tenía que preservar en ese ajedrez para mandar una señal clara a los mercados del rumbo económico por el que pretende encauzar a la Argentina, que era el expresidente del Banco Central Luis Caputo, fue el que terminó entregando.

Caputo, hombre del riñón del PRO y amigo personal de Macri, quería seguir interviniendo en el mercado cambiario para frenar la disparada del dólar. Esto lo enfrentó amargamente con la ortodoxia de los directores del FMI, que rechazan ese tipo de operaciones y tienen desde siempre la idea de una receta única, que va a funcionar en todos los países por igual. Así, le prohibieron terminantemente a Caputo que el Banco Central interviniera en el mercado cambiario, sin tener en cuenta la singularidad de la economía y de la cultura monetaria argentinas, con su inveterado fenómeno de atesoramiento de dólares; algo que por sus dimensiones no tiene parangón en ningún otro país del mundo. Es lo que los economistas llaman un país bimonetario de facto, como en menor medida lo son también Uruguay y Perú. Pero lo de Argentina es un caso aparte, donde en cada barrio operan tres o cuatro “cuevas” del mercado negro de dólares.

En esas condiciones, no permitir las intervenciones del Banco Central es lo mismo que ponerle un chaleco de fuerza a la política monetaria ante un dólar y una inflación desbocados. Así lo entienden también los inversores de Wall Street, que apoyaban la gestión de Caputo al frente del Central y, en particular, su idea de las intervenciones en el mercado cambiario. Esos inversores a los que Macri tanto ha cortejado, cuyos capitales considera parte esencial de la recuperación económica de la Argentina y a los que esta semana dio más importancia en Nueva York que a su intervención ante Naciones Unidas.

Así y todo, se terminó decantando por el plan del Fondo, con el que el miércoles firmó un nuevo acuerdo para el desembolso de otros siete mil millones de dólares, que se suman a los US$ 50 mil millones que el organismo ya le había entregado en junio pasado. Con ello, el presidente argentino aleja por fin el fantasma del default; pero por el camino ha dejado al hombre que él mismo había elegido para conducir la política monetaria, quien el lunes ante la inminencia del acuerdo y la reafirmación de la cláusula de no intervención, renunció.

De ese modo, Macri ha puesto su futuro político enteramente en manos de los burócratas del FMI. Si no logra estabilizar el dólar, difícilmente podrá ser reelecto en los comicios del año que viene. Lo único que lo puede salvar es el temor a Cristina, que según las encuestas concita el rechazo del 70% de los argentinos y hoy está procesada por corrupción, involucrada en la causa de los cuadernos que ha sacudido a los argentinos con la evidencia más minuciosa del grotesco saqueo perpetrado durante 12 años de gobierno K.

Parece muy poco para un presidente que venía a “dejar atrás los años de enfrentamiento”, que venía “a cambiar a la Argentina para siempre”, y que desde el propio nombre de la coalición que lo llevó al poder, planteaba ese cambio como un imperativo moral.

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