21 de noviembre de 2012 12:36 hs

A dos años de la próxima elección nacional, los expertos no vacilan en señalar que el Frente Amplio (FA) es, una vez más, el gran favorito. Sin embargo, discrepan en un punto relevante. Algunos sostienen que, cuando llegue el momento, podrá retener o incluso incrementar su votación de 2009. Otros, en cambio, piensan (pensamos, debí decir) que lo más probable es que su apoyo electoral vuelva a disminuir. En el fondo, los dos pronósticos se apoyan, en lo esencial, en interpretaciones diferentes (me parece un exceso elevarlas al distinguido rango de "teorías") del comportamiento electoral. Para decirlo muy rápidamente, los primeros le asignan al candidato (y sus atributos más salientes) más influencia en la decisión final de los electores que los segundos.

Quienes piensan que la principal clave de la elección es el nombre de los candidatos tienen, como mínimo, dos buenos argumentos. El primero de ellos es de carácter puramente teórico. En el presidencialismo, dada la trascendencia institucional y simbólica del cargo presidencial, el perfil de los candidatos está llamado a tener una trascendencia muy especial. El segundo argumento es de carácter empírico. Si el candidato del FA fuera, como todo indica, Tabaré Vázquez, dados los altísimos niveles de aprobación con que finalizó su gestión y su comprobada capacidad para liderar la compleja interna frenteamplista, su ventaja sobre los demás sería todavía más obvia.

Según este enfoque no hay un vínculo demasiado estrecho entre la gestión del partido de gobierno y el resultado electoral. Un partido puede tener una gestión considerada regular por la mayoría de la opinión pública y, sin embargo, ampliar su electorado. En el fondo, de acuerdo a esta mirada, el elector vota más prospectivamente (imaginando los posibles escenarios futuros) que retrospectivamente (haciendo un juicio sobre la gestión que finaliza). Traducido al caso que estamos examinando: con un buen candidato (como el expresidente Vázquez), el FA podría retener (o incrementar) su votación de 2009 aunque el balance final de la gestión de Mujica no sea demasiado bueno.

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El argumento anterior está lejos de ser descabellado. Pero el repaso de la historia electoral del país sugiere otra cosa. En el gráfico se presentan los saldos electorales del partido de gobierno. Por saldo electoral entiendo la diferencia entre la votación obtenida por el partido cuando ganó la elección y la que recibió una vez finalizada su gestión. Como puede verse, en general, los saldos son negativos. Es, casi, una "ley de hierro": gobernar cuesta votos. La serie muestra que cuando un partido gobierna con viento en contra (como el Partido Colorado [PC] en 1955-1958 o en 2000-2004) pierde más apoyo que cuando sopla viento a favor (Luis Alberto Lacalle 1990-1994 o Vázquez 2005-2009). Pero, más allá de diferencias, la evidencia es abrumadora: el partido de gobierno pierde en promedio siete puntos porcentuales durante su gestión. Hubo dos excepciones. La primera se registró durante el lapso 1947-1950 cuando el PC incrementó su votación casi en cinco puntos. La segunda se verificó más recientemente, al finalizar el segundo gobierno de Sanguinetti cuando el PC pasó de 32% a casi 33%. Tengo la impresión de que el costo de gobernar, en este caso, lo pagó la coalición de gobierno y no el partido del presidente: la suma de votos al PC y Partido Nacional (PN) pasó de 63% en 1994 a 55% en 1999.

El FA, durante su primera gestión, se benefició del mejor contexto económico internacional en décadas. Asimismo, tuvo inmejorables condiciones de gobernabilidad. En el plano político, además de disponer de una holgada mayoría parlamentaria, tuvo a su favor que, por primera vez en la historia, la Presidencia fue ocupada por el líder de todo el partido de gobierno, y no por el de su fracción mayoritaria como es habitual en Uruguay. En el plano social, contó con el apoyo, crítico pero en esencia benevolente, del poderoso movimiento sindical. A pesar de todas estas ventajas, no logró retener su votación de 2004. Teniendo en cuenta estos antecedentes, me parece lógico esperar que el FA disminuya su apoyo electoral en la próxima elección. La gestión de José Mujica generó muchas más expectativas que las que ha logrado satisfacer. Algunas decisiones muy polémicas del gobierno, como el intento de anulación de la ley de Caducidad (2011) o el cierre de Pluna (2012), están llamadas a tener un impacto electoral negativo.

El "factor Vázquez", como argumenté hace unas semanas, es muy importante. Si el expresidente no fuera candidato, el favoritismo del FA se atenuaría notoriamente. Pero ni la candidatura del expresidente ni otros factores electoralmente relevantes como los buenos resultados económicos o la continua expansión del gasto público social deberían impedir una nueva disminución de su apoyo electoral.

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