Cada uno lleva el amuleto que quiere. La selección tiene a Óscar Washington Tabárez. Peñarol tenía a Diego Aguirre. Hasta junio, cuando colgó los botines, Nacional a Marcelo Gallardo, pero los tricolores necesitaban algo a qué aferrarse y en qué creer para el inicio del incierto camino del argentino como técnico. Entonces, sin que lo fueran a buscar –porque llegó un día a la sede de 8 de Octubre y pidió para jugar en el club– Álvaro Recoba volvió a vestir de blanco y aceptó un sueldo menor a pesar de su talento. Así fue como, con unos pocos minutos por partido –porque es lo que le permite su condición física para rendir al máximo nivel–, el Chino se transformó en el talismán del campeón. Porque desde sus pies surgió siempre la asistencia o el gol capaz de encontrar luz en los momentos más oscuros, incluso el domingo en la última presentación ante Liverpool, en la que la presión de tener que ganar pasaba factura y pesaba como nunca, porque Danubio era campeón por los resultados que se registraban. Y allá recibió Recoba en la media luna cuando el reloj ya apretaba con 78 minutos jugados, enganchó, hamacó el cuerpo, acomodó el balón para la izquierda y puso la pelota contra el palo: 1-0 y asunto arreglado, la copa iba otra vez para las vitrinas de Nacional, aunque Liverpool peleó por el empate hasta la última pelota.
El Chino de la suerte
Nacional contrató a Recoba para que hiciera lo mismo que Gallardo en 2010-2011, se transformó en el amuleto futbolístico y aportó su clase