Había que llegar temprano. Y no era broma. Los primeros ómnibus —en su mayoría repletos de jóvenes de comunidades parroquiales— arribaron sobre la 1:00 de la madrugada y coparon los accesos a Florida, junto a la rambla. No eran los únicos: a esa misma hora ya descansaban delegaciones venidas desde Brasil y Maldonado. El intento de dormir duró poco; el desfile incesante de ómnibus y camionetas no dio tregua hasta el amanecer.
A las 6 se abrían los accesos a la plaza Asamblea y noventa minutos después, no cabía un alfiler en los sectores preferenciales. Aun así, los más rezagados se abrían paso a codazos amables, buscando ganar unos centímetros para enfocar mejor el altar.
Al borde de las vallas de contención, un sacerdote improvisó un confesionario al aire libre. Con su estola morada sobre el pecho y una mochila colgada de los hombros, atendía en voz baja a los fieles. Provenía de Cerro Largo, donde atiende las capillas de 11 pequeñas localidades diseminadas entre ese departamento y Treinta y Tres, contó a El Observador.
Unos metros más hacia el centro, el paisaje era puramente uruguayo: termos bajo el brazo, rondas de mate. Una familia rodeaba un tupper lleno de pebetes. Alrededor se cruzaban los acentos: fieles de Rivera que habían viajado toda la noche disputaban espacio con vecinos de Minas que lamentaban haber salido a las cuatro de la madrugada y quedar relegados tras la multitud.
La plaza se quedó chica pronto. La comitiva del Vaticano lo había anticipado, pero la decisión de mantener la misa al pie del santuario fue innegociable por el peso simbólico del lugar que custodia a la Virgen de los Treinta y Tres. Más de 40.000 personas colmaron la ciudad, duplicando por un día la población local y obligando a miles a seguir el oficio desde pantallas gigantes en las calles adyacentes.
Hacia las 8:00, con el sol ya haciéndose sentir, comenzó la animación previa de la mano del comunicador Juan Carlos “Lopecito”, Betina Solari y el sacerdote salesiano Adrián “Cholo” García, conocido como el cura gaucho. “¡Bendecida Florida entre las tres jornadas! Por algo la Virgen está acá”, celebró Lopecito ante un cielo sin una sola nube.
El Cholo García aportó la dimensión histórica: «La Virgen no salía desde 1992». En medio del silencio expectante, dos religiosas del Monasterio de Carmelitas Descalzas trasladaron la imagen original de cedro —la pequeña talla de 36 centímetros modelada por manos guaraníes— hasta un pedestal junto al altar.
La ocasión lo ameritaba. La presencia papal coincidió con la fiesta patria y religiosa del 8 de noviembre, uniendo fe e historia nacional al son del himno tradicional: “Estrella del alba del paterno día, que el sol de la Patria miraste nacer...”.
A las 8:39 las pantallas anunciaron el paso del pontífice por Juanicó, donde está la primera parroquia dedicada a Santa Teresita de Jesús. Quiso orar allí brevemente por ser esa santa una devoción arraigada en su propio hogar que su padre le transmitió. Minutos después, arribó a la Piedra Alta para el saludo protocolar junto al intendente Carlos Enciso y el obispo diocesano Alfonso Bauer.
El trayecto hacia la plaza en el papamóvil desató el clamor popular por la calle Batlle y Ordóñez: una marea de banderines amarillos y blancos, teléfonos en alto y el cántico unánime: “Papa León, te queremos un montón”.
León XIV correspondió con cercanía, bendiciendo niños a su paso antes de ingresar a la catedral para colocarse la mitra y el báculo mientras sonaban los acordes del Avemaría y la plaza se quedaba en silencio que fue interrumpido por los aplausos que brotaron al ver al pontífice dirigirse al altar.
El reconocimiento a las mujeres
La homilía estuvo estructurada por un sentido reconocimiento al papel de las mujeres. Apoyándose en las lecturas bíblicas, el pontífice evocó el valor de Judit y la entrega de María, a quien enlazó con los orígenes del país: aquella devoción de 1825 en la que los patriotas encomendaron su causa a la Virgen, y el coraje de las mujeres que mantuvieron viva la fe desde los orígenes de la patria.
Ensalzó a figuras como la primera santa del país, María Francisca Rubatto, y las beatas Dolores y Consuelo Aguiar-Mella, destacando su fidelidad inquebrantable. No obstante, el acento más íntimo estuvo en las mujeres cotidianas: abuelas, madres, madrinas y catequistas que transmiten el testimonio cristiano sin hacer ruido.
Como reflejo de su propia espiritualidad agustiniana, evocó a Santa Mónica y su perseverante plegaria por la conversión de su hija, San Agustín, quien se convirtió al catolicismo a los 33 años, junto a su hijo, luego de una vida alejada de Dios.
Tampoco olvidó a los varones en la transmisión de la fe a quienes lo animó a ser ejemplo para sus hijos de oración, frecuentar los sacramentos, “tratar con respeto a sus esposa, pedir perdón y vivir con honradez, también cuando hacerlo exige sacrificios”.
Volviendo a poner el ejemplo de María, que no dudó en ir a visitar a su primera Isabel cuando se enteró que estaba embarazada, exhortó: “¡Uruguay hay que ponerse en camino! ¡Hay que entrar de nuevo en las casas, acercarse a las personas, escuchar sus preguntas y llevarles a Cristo”.
El elogio a los uruguayos: "Pueblo capaz de cosas grandes"
Hacia el tramo final, después de que el obispo Bauer le dirigió unas palabras de agradecimiento en nombre de la Diocesis, el papa reconoció el esfuerzo organizativo de voluntarios, autoridades y medios de comunicación que hicieron posible la multitudinaria visita.
“Me habían dicho que aunque Uruguay es un país relativamente pequeño, su pueblo tiene un corazón generoso y es capaz de cosas muy grandes. Eso quedó de manifiesto durante estos días. Han preparado todo muy bien. Gracias de corazón”, dijo el papa y fue ovacionado con un aplauso.
Lo que vivimos en Montevideo, Paysandu y Florida se irradia al resto. “Así son las matemáticas de la fe; lo que hemos recibido y ofrecemos gratuitamente,conr la gracia de Dios, se multiplica, abre horizontes y enriquece nuestras vidas, dándoles un sentido nuevo”.
Con un sencillo "Muchas gracias, Uruguay", el pontífice concluyó públicamente su visita, dejando en Florida el eco de una jornada donde la devoción, la memoria histórica y el alma de un pueblo se fundieron bajo el mismo cielo.