Un amigo me pasó el link del artículo de la revista New Yorker con el que el chef Anthony Bourdain saltó a la fama fuera de las cocinas. Se trata de un texto relativamente breve, donde explica algunos de los fenómenos que suceden dentro de esos extraños micromundos llamados cocinas, donde se crean y se producen los platos que abastecen a la clientela de un restaurante.
El artículo en cuestión tiene fecha de 1999 y, en él, Bourdain, que entonces se confesaba un exchef arruinado, le quita el velo a un montón de mitos y de leyendas de la cocina neoyorquina, y además describe la fauna que ronda y acecha los restaurantes de la Gran Manzana (y buena parte de los restaurantes del mundo entero), y todavía se da el lujo de tirar piques como si fueran dardos venenosos a los lectores.
Lo cierto es que la vida de Bourdain luego de este artículo de New Yorker cambió de manera radical e hirvió como si se tratara de un caldo hiperespeciado. El artículo pegó tanto que fue la base de su libro de crónicas del mundo gastronómico titulado Kitchen confidential, publicado en 2000.
Este libro fue un éxito de ventas y entonces vino el salto a la televisión, pues un grupo de productores del canal de cable Food Channel se dieron cuenta de que este lungo yanqui canoso y con aspecto similar a Mario Vargas Llosa podía estar frente a una cámara y resistir con creces la conducción de un programa. Así surgió A cook’s tour, el primer show donde Bourdain viaja por el mundo de la mano de la comida exótica. El programa tuvo dos temporadas y fue un suceso.
En 2005, Bourdain da su salto cualitativo y lanza la serie que le dará notoriedad mundial: Sin reservas, en el Travel Channel, que se puede ver en Uruguay en el canal Travel & Living. El formato y la estructura es similar, porque como se dice en fútbol: “Equipo que gana no se toca”.
Bourdain viaja tanto por los lugares más estrafalarios del planeta como por las ciudades más turísticas (y en el medio, entre otras, visita Montevideo, donde vivieron algunos de sus antepasados), encuentra un amigo que lo introduce en las costumbres locales mientras él narra en voz en off y en vivo la experiencia y los gustos de ese destino.
“Soy Anthony Bourdain. Yo escribo, viajo, como, y estoy hambriento de más”, era su grito de guerra en la presentación de cada capítulo. El anzuelo estaba lanzado y la carnada de verdad prometía.
Su mirada penetrante y su lengua procaz, su humor y su autocrítica no rehúyen la realidad si esta supera los platos gastronómicos, como cuando en el capítulo de Beirut, de 2006, la guerra se cruza en su camino y realiza un programa tan audaz que compitió a mejor show de televisión en los premios Emmy de ese año.
No reservations (Sin reservas) duró la friolera de nueve temporadas y le costó a Bourdain varios problemas graves de salud, un divorcio, un nuevo casamiento y una paternidad. Puso su marca registrada en las pantallas chicas de todo el planeta y lo transformó en una celebridad dentro del cada vez más grande mundo foodie.
Pero, como en cada plato, todo lo bueno se termina. Sin reservas culminó pero no las aventuras de Bourdain, que mudó su chiringuito nada más y nada menos que para CNN Internacional, donde comenzó a realizar su show Parts unknown, que ya lleva dos temporadas de duración.
Aquí el formato es diferente, aunque tiene algunas especialidades de la casa que no pueden faltar. Si bien el conductor viaja por el mundo (incansablemente), ya no es la comida, aunque está presente, el principal punto de enfoque, sino algunas realidades sociales de sitios más diferentes como Las Vegas y Marruecos, el Congo e Irán.
Los programas se pueden ver en vivo en CNN, o las versiones que están colgadas en internet. Si antes de ver a Bourdain daba hambre y ganas de mundo, ahora su mirada un poco menos sibarita nos permite saber qué lugares es mejor conocerlos a través de la frontera cristalina y líquida de una pantalla de televisión. La calidad sigue intacta, pero el sabor es bastante más amargo.