Esta no es la historia de un debut sexual. Pero sí es la historia de cómo alguien se imaginó su debut sexual, y de cómo se estremeció ante la perspectiva de pasar por una experiencia que, a priori, le resultaba inexplicablemente traumática.
El punto de partida es un hotel en las termas de Arapey. Y el año es el 2003 o 2004, aunque eso no está muy claro. Son las vacaciones de invierno y cada noche el hotel propone un espectáculo para sus huéspedes. El de esa noche es un dúo de cómicos que hoy ya no transitan por los escenarios del interior del país, pero que por aquel entonces gozaban de una popularidad incipiente. Ambos se dedicaban a cantar coplas subidas de tono y relatar, entre chistes de dudoso gusto, algunas andanzas propias por los campos de la patria. Y esa noche decidieron contar lo que sucedió el día que su padre los llevó a debutar al prostíbulo del pueblo.
Entre risas, los hombres comienzan aclarando que tenían unos 13 o 14 años, apenas unos cinco o seis más que el niño que escucha entre el público sin entender demasiado. Pero que entiende lo suficiente. Los cómicos continúan con su historia, y se aprestan a describir lo que vieron cuando entraron al local de “la Chola”, por llamarlo de alguna manera. Entre el público que se descostilla de risa ante sus ocurrencias desacatadas, el relato pone a sus yo preadolescentes frente a frente con mujeres grandes, despreocupadas, un tanto bruscas y desganadas, que de repente les empiezan a lavar las partes en una palangana de plástico como si estuvieran fregando la ropa sucia. Y tras eso, un desfile de situaciones incómodas, un poco brutales, desprovistas de cualquier tipo de atractivo posible y, sobre todo, capaz de espantar hasta el más libidinoso.
Esta no es la primera vez que el niño se enfrenta a un relato que tiene al sexo como protagonista, pero sin embargo esa truculencia en forma de humorada algo le produce ¿Para qué pasar por algo así? ¿Vale la pena? Claramente, en pocos años entenderá que en su generación esa forma de iniciarse no es la recurrente, y al igual que muchos de sus amigos, cumplirá con el rito en un entorno mucho más amable y cercano, aunque casi igual de incómodo. Pero el niño seguirá con esa escena en mente y muchos años después, cuando el tema del debut sexual llegue a la redacción en la que trabaja y entre las generaciones se empiece a debatir acerca de las distintas particularidades del hecho, volverá a estar frente a frente con historias de iniciación que, más o menos, van por el lado de aquellos humoristas. Esta vez el destino recurrente es Pando y el quiebre parece ser claro: quienes tienen más de cuarenta pasaron por ello; quienes tienen menos o alrededor de 30, en general no. Y de ahí solo surgen más dudas: ¿La costumbre de que un familiar te “lleve a debutar” ya está obsoleta? ¿Qué sucede con la iniciación sexual de las mujeres? ¿Hay alguna norma o solo podemos encadenar anécdotas individuales? ¿Cómo cambió las cosas el feminismo?
Otros comienzos
Todos los caminos conducen a Pando. O al menos eso se desprende de los comentarios de un puñado de hombres mayores de 40 que se animaron a testificar para esta nota. Sí: la iniciación sexual todavía es un tema ríspido y sensible del que la mayoría intenta escapar entre risas, pero de todas formas alguna palabra suelta o comentario sarcástico se cuela entre dientes. Aunque no más que algún “preguntale a aquel” o un “la cosa era así”.
Ese tipo de experiencias también están arraigadas en los recuerdos de, por ejemplo, mujeres que convivieron con esa generación. Una mujer de alrededor de 40 años, por ejemplo, recuerda especialmente a sus compañeros de liceo organizando “excursiones sexuales” a la ciudad canaria y proclamándolo en voz alta en medio de un salón de clases.
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En la generación de los veinte y tantos, en cambio, ese tipo de experiencias parece brillar por su ausencia. Y en las menores, más aún. La pulsión por iniciarse existe y la presión se mantiene, pero a pesar de algunas excepciones –algunos consultados que tienen entre 25 y 30 años aseguraron que algunos pocos amigos llegaron a hacerlo– las costumbres han cambiado. Hoy ya no es tan frecuente que un tío o padrino busque acarrear al debutante hasta uno de estos lugares y para así impulsarlo a la vida adulta. Y si lo hace será, al menos, un anacronismo que cada vez está más obsoleto.
“Por suerte esas costumbres ya no están tan arraigadas. La primera relación sexual siempre queda muy marcada, en varones y mujeres. Hay un mito que dice que en la mujer está más presente, pero no es así, porque para el varón también es el inicio de una nueva vida. El recuerdo siempre está, no hay persona que no recuerde su primera situación sexual”, explica la sexóloga Magdalena Joubanoba. “La presión de que te tenían que llevar a debutar estaba incluso en las personas mayores. Ahora se ha transformado en algo mucho más voluntario. Nadie te obliga a hacerlo; se hace cuando aparece el deseo. Y en general se hace con un par, con alguien que comparte alguna circunstancia. Un compañero de liceo o una novia o novio, por ejemplo”, agrega.
En Uruguay, el último censo que explicita datos sobre la edad de iniciación sexual tiene varios años. En 2015 el Ministerio de Desarrollo publicó una serie de índices que se derivaban de la última Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud, realizada en 2013. En ese informe, se daba cuenta de que los adolescentes varones debutaban sexualmente a los 15 años en promedio, mientras que las mujeres lo hacían a los 17. Aunque ya ha pasado un tiempo desde esa publicación, Joubanoba confirmó que la época de debut sigue ubicándose entre los 15 y los 19 años.
“El debut femenino es más tardío que el masculino, pero esa brecha se está acortando cada vez más. Las mujeres se están iniciando más temprano y esto es porque las concepciones ya no son las de antes. Ahora la equidad de hombres y mujeres en determinados ámbitos es un hecho; es una cuestión generacional”, dice Joubanoba.
Que esta brecha se acorte tiene varias causas, pero para la sexóloga han sido cruciales dos factores determinados: la educación sexual, que se ha implementado en distintas etapas de la infancia y la adolescencia, y también la paulatina supresión de una cultura falocéntrica, coitocentrista y heteronormativa. “Es un tema que para los jóvenes está zanjado: ni los varones y ni las mujeres miran a una chica que debuta tempranamente de manera acusatoria”, explica.
Meter presión
El graduado, la película de Mike Nichols que catapultó a la fama a Dustin Hoffman en 1967, estará clavada en el imaginario popular para siempre. Puso en imágenes la desesperanza y la falta de entusiasmo de una generación anestesiada, y dejó a la posteridad una de las relaciones más sórdidas e hilarantes de la gran pantalla: la del inestable Ben Braddock y la señora Robinson. Pero El graduado también ilustró la presión del debut sexual como pocas otras películas lo hicieron.
Hay una escena que los tiene a los dos, al fin y después de varias insinuaciones, en la habitación del hotel. Ben es un manojo de nervios y no tiene idea para donde agarrar. La señora Robinson trata de calmarlo, pero en un arrebato de hormonas el joven le da un beso forzado y después pone aparatosamente sus manos sobre los pechos de la mujer. Obviamente no hay reacción recíproca, y Ben se pone a dar vueltas por la sala, hundido en la vergüenza.
Aunque la escena parezca exagerada, la presión del debut todavía no ha sido aplacada en las generaciones de hoy, incluso con las actualizaciones culturales de los últimos años. Esa escena de El graduado es un ejemplo claro y un poco antiguo ya, pero más acá en el tiempo también podemos encontrar otras situaciones similares en la ficción, entre ellas la serie Sex Education, cuya trama se dispara en parte por un hecho similar.
Sex Education
Es claro que quienes más sufren por esa presión son los varones, que continúan atados a un mandato que requiere de su eficiencia y potencia sexual desde el primer encuentro y de ahí a la eternidad. En ese sentido, el miedo al fracaso sigue siendo uno de los principales muros que aparecen en el momento del acto sexual, y es comprensible que al pobre Ben Braddock se lo coman los nervios.
“Los hombres jóvenes siguen teniendo la misma presión que antes. Es algo que sigo viendo en las consultas. Los varones vienen al consultorio con mucho miedo al debut sexual y a las posibilidades de su rendimiento. Si bien hoy impera un discurso diferente, en el momento de la actuación la presión social se ve reflejada. Es algo transversal a las generaciones y se mantiene a pesar de los cambios culturales. El mandato machista sigue impregnado en la sociedad y eso sigue repercutiendo en los jóvenes”, aclara Joubanoba.
En el fondo, esta presión se relaciona también con lo poco que se habla en las familias del tema. Según la experta, los padres todavía tienen dificultades en entablar una conversación sobre la iniciación sexual con sus hijos, sobre todo porque hablar sobre ello es, a la vez, interpelar su propia sexualidad. Asegura además que hay que empezar a hablar más y a transmitir mayor tranquilidad, porque después de todo, el debut sexual no es el fin del mundo. Es, más bien, el comienzo de uno nuevo. Y un paso tan sencillo podría ser el catalizador que destrabe la que al parecer es la última frontera traumática que queda en pie.