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El deporte uruguayo tiene cada vez más acento caribeño

entre los miles de venezolanos que llegaron en los últimos tiempos a Uruguay, hay futbolistas y rugbistas quIenes buscan en el deporte amateur una manera de hacer comunidad 

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21 de octubre de 2018 a las 05:01

Montevideo ha vuelto a ser ciudad de inmigrantes. Cómo a lo largo de su historia, una urbe acostumbrada a recibir personas que buscaban una nueva vida, ya sea por razones económicas o huyendo de algún conflicto. Ahora es el acento caribeño el que evidencia una nueva oleada, los que antes fueron gallegos, tanos o “turcos”.

“Somos una especie en viaje. No tenemos pertenencias, sino equipaje”. Canta Jorge Drexler en la canción Movimiento. 

Venezuela también supo ser un país que recibía personas. En la década de 1940, el General Marcos Pérez Jiménez, por entonces presidente, impulsó la llegada de europeos. Llegaron unos 300 mil italianos por ejemplo. Un hijo de aquellos inmigrantes fundó un equipo llamado Juventus, que luego se transformaría en el Deportivo Táchira, que adoptó los colores amarillo y negro porque su primer entrenador fue el “Pocho” Gil, uruguayo e hincha de Peñarol. Historias del deporte como herramienta de integración.

En Uruguay hay unos 8.600 venezolanos. Cuatro de ellos juegan al rugby en Pucaru Stade Gaulois.

Supieron ser cinco, pero uno de ellos no pudo con el invierno y las distancias. Todo surgió hace tres años cuando Daniel Viñas, actual secretario general de la Unión de Rugby del Uruguay (URU) acordó de palabra con Erickson Bermúdez, presidente de la Federación Venezolana de Rugby, la llegada de algunos rugbiers venezolanos para que jugaran el torneo local uruguayo, de esta manera subir el nivel de los deportistas. Eso tan típico del rugby, donde el rival de mayor nivel ayuda a quienes están por debajo.

El primero en llegar en 2015 fue Robert Torres, “Bebote” para los amigos. Un pilar derecho que desde un primer momento anda con el termo y mate. Cuenta Bebote que empezó a jugar al rugby a los 18 años por un amigo de la Universidad que lo invitó. Formó parte del Maracaibo Rugby Football Club hasta que llegó a Uruguay luego de participar en un cuadro invitacional (Sudamerica XV) con el que estuvo jugando en Uruguay y en Argentina.  “Decido venir a Uruguay en 2015 para aprovechar la oportunidad que me brindaban y probarme a un nivel más alto de rugby que en Venezuela” dice Bebote, que además de jugar al Rugby trabaja en una empresa de prótesis y material quirúrgico, en la parte de logística y cadetería.

Pero lo que comenzó como un acuerdo meramente deportivo fue mutando a causa de la coyuntura venezolana. Cuenta Bebote que al principio “se quería llevar a cabo un  proyecto de enviar a varios jugadores venezolanos a jugar acá, desempeñarse a más nivel para luego reflejar eso en el seleccionado de Venezuela. Estos tendrían algo como una beca o algo parecido para sostenerse acá, pagado por el Ministerio de Deporte de Venezuela, cosa que era utópica debido a la realidad que hay allá”.

Ese proyecto con becas gubernamentales nunca llegó a concretarse, el rugby en Venezuela está lejos de ser un deporte popular, y además la situación económica fue empeorando año a año. Viñas cuenta que a los jugadores al llegar se les brinda un lugar donde quedarse y una manutención los primeros meses, hasta que puedan encontrar un trabajo. Tarea en la que colaboran todos los jugadores del equipo, atentos a cualquier posibilidad laboral que se ajuste a los perfiles de los nuevos compañeros. 

Atrás de Bebote comenzaron a llegar otros jugadores venezolanos, como Luis Romero, que coincidió con Torres en un equipo de Maracaibo llamado los Oil Blacks. Hace un año y medio que está en Uruguay, es además instructor de Cross Fit y asegura que al principio no entendía nada de las expresiones usadas acá. Es que aunque sea español “no es lo mismo conversar con los guachos en el vestuario” dice Luis. Cuando decidió irse, eligió Uruguay por el rugby, y al preguntarle por la situación en Venezuela, la define de la siguiente manera:  “Pasamos de un país próspero a uno logísticamente complicado”.

Otro Luis, este Zabala, llegó a Uruguay gracias a que un entrenador venezolano hizo un curso en Argentina y conoció a un entrenador uruguayo. Este le comentó que ya estaba Bebote, y le preguntó si no conocía otro jugador. Zabala mandó currículum y el PSG decidió traerlo.  Es ingeniero civil, cuenta que su vida en Venezuela era tranquila, por la inseguridad no salía mucho a la calle y vivía con su madre. No estaba ejerciendo debido a los bajos sueldos que se ofrecían, ya tenía decidido irse, y viendo las opciones, cuando surgió Uruguay no lo pensó dos veces. “Es un lugar donde puedo desarrollarme profesionalmente y como atleta” dice Zabala, que luego de unos primeros trabajos de poca duración, ahora ejerce de lo que estudió. 

Zabala es caraqueño, y por eso ve en Montevideo una ciudad tranquila. “Subirse a un ómnibus y sacar el celular es algo que me sorprendió, en Venezuela es algo que no se puede hacer”. Los tres destacan la calidez con la que fueron recibidos en PSG y lo importante que ha sido el vestuario a la hora de integrarse.

El rugby hace rato se sacó el mote de deporte de clase alta y exclusivo. Ha sabido transformarse en herramienta de inserción social, trabajando en las cárceles y yendo a los barrios. Y con ese mismo ánimo ahora se transforma en puerta de entrada a la sociedad uruguaya de aquellos que vienen de afuera. Bebote, el adelantado, reflexiona: “el rugby juega un papel importante para la integración. Ahora tengo muchos buenos amigos que no te dejan morir y siempre te dan una mano”. Finaliza diciendo: “El rugby es amateur, no te pagan pero te abre puertas, da muchas oportunidades que te suman tanto como la plata o hasta más”.  “Es más mío lo que sueño, que lo que toco” dice Drexler. Bebote y los dos Luis, vinieron cargados de sueños, empacados al lado de un short corto y una pelota ovalada desinflada. 

Ellas juegan

María Gabriela Bonfanti (19 años) juega en Colón y llegó a Uruguay en marzo para disputar el Campeonato Apertura. Nadie le dice María o Gabriela, es “la choco”. Juega de volante central, y dice que acá se va mucho más al choque que en Venezuela. Vino siguiendo los pasos de Oriana Altuve, jugadora que pasó por Colón en 2016, en su primera salida. De allí pasó al fútbol colombiano que es profesional y actualmente juega en el Rayo Vallecano español.

La Choco vive en la casa de Romina Cháves, hija del presidente de Colón, junto a otra venezolana, Idanis Mendoza, zaguera, que ya había estado en el club el año pasado y que este primer semestre viene de jugar en Alianza Petrolera de Colombia. A ellas dos hay que sumarle Crisbelis Abraham.

Danae Millán (22 años) también llegó para jugar en Colón, pero ahora está en Progreso, equipo que se consagró campeón invicto de la segunda. Llegó a Uruguay en el 2014, luego de jugar el campeonato sub 20 con la selección vinotinto. Colón le ofreció sumarla a sus filas, aceptó. Luego pasó por Nacional.

Génesis Carrasco (20 años) llegó en enero de este año. Jugaba en Deportivo Lara, cuando un amigo se contactó con el novio de Danae para comentarle la posibilidad de llegar a Uruguay. Tenía como sueño jugar fuera de fronteras, aunque admite que no conocía mucho de la realidad del fútbol femenino en Uruguay.

 

VENEZOLANOS QUE DEJARON HUELLA

Dos apellidos pueden venir rápidamente a la memoria si uno piensa en Venezuela son Andreé “Varilla” González y los hermanos Cichero. El Varilla, hijo de uruguayos que nació en Venezuela pero hizo las juveniles en Peñarol, jugó desde finales de los 90 en los aurinegros, Liverpool, Fénix, Defensor, River Plate, Central Español y Cerrito.

Gabriel Cichero comenzó su carrera en Wanderers hasta que se fue al Lecce. Su hermano mayor, Alejandro, jugó en Central Español, Cerro y Nacional. Otros futbolistas venezolanos: Félix Hernández (Wanderers), Heber García y Alain Baroja  (Sud América) y Timshel Tabárez (River).

 

LA CIFRA

1.600.000

La Organización Internacional para las Migraciones, organismo de la ONU, está siguiendo muy de cerca el proceso migratorio venezolano. Estima que en 2017 había aproximadamente 1.600.000 venezolanos viviendo en el mundo, en comparación con los 700.000 que había en 2015.

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