13 de septiembre de 2013 20:25 hs

El restaurante Mariskonea fue, durante muchos años, un punto icónico de Punta del Este. Fundado en 1944 por Ascención Iturria y su esposa, Manuela González, apostaba por una carta con los mejillones y el pescado como protagonistas. Contaba con su propio vivero para mantener frescos los mariscos y se convirtió en un punto de referencia. En 1994 pasó a manos de uno de los hijos de Iturria, José Luis, y de su esposa, Lissie Boldarenko. En 2003 el restaurante cerró. Varios años después, la nieta del fundador, Gabriela Iturria Boldarenko, se embarcó en la misión de volver a abrirlo. Junto a su marido, Gonzalo Ramos, logró el objetivo en diciembre pasado.

¿Cómo influyó Mariskonea en su vida?
Tuvo una influencia muy grande porque lo viví desde que era chiquita y mientras crecía me iba metiendo más y más en el restaurante. Hice un curso de gastronomía profesional en el Crandon, y antes había hecho cursos de repostería en Argentina. Desde el momento que se cerró Mariskonea tenía la tarea pendiente de volver a abrirlo.

¿A qué se enfrentó para volver a abrir Mariskonea?
Todo fue un desafío, porque el restaurante estuvo toda mi vida, y cuando lo tuvimos que volver a abrir con Gonzalo tuvimos que armarlo de cero. Compramos una propiedad nueva, porque la vieja se vendió después que falleció mi abuela. Y en la gastonomía el desafío fue enorme también; tuve que empezar a probar los platos y acordarme de cómo eran las recetas.

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¿Qué diferencias tiene el nuevo Mariskonea?
Ya no tenemos vivero, todos los días nos traen los mejillones y el pescado fresco. La carta sigue igual que hace 20 años. Cambiamos cosas mínimas de la decoración y tratamos de adaptarnos a lo que la gente quiere, pero buscamos hacer un equilibrio porque queremos mantener nuestra esencia y nuestra historia.

¿Cómo fue la recepción?
Muy buena. Estamos hablando de un restaurant que hace casi diez años que no tiene referencia, pero fue mucha gente que se acordaba de nosotros. Yo antes trabajaba en la recepción con mi tía, y cuando volvimos a abrir vi muchas caras conocidas, y algunos nietos de antiguos clientes que les habían contado anécdotas de cuando iban al restaurant cuando mis abuelos eran los dueños. Por ese lado fue muy positivo.

¿Cuánto cambió el público?
Antes venían familias y se quedaban tres meses. Eso ya no es así y hay mucho público nuevo. El público que viene ahora es más joven.

¿Cómo logra mantener las tradiciones frente a ese público?
Es difícil, pero lo estamos haciendo de a poco. Por ejemplo, nuestra carta no tenía ensaladas; si un cliente pedía la hacíamos. Ahora las incorporamos en la carta, junto con platillos light porque la gente se preocupa mucho más por la figura. Tratamos de conjugar tradición y modernidad. Mucha gente viene porque sus padres y abuelos lo hacían y entonces tienen muchas anécdotas, sobre todo del vivero, que quedó en el recuerdo de la infancia de muchos.

¿Cómo ve el futuro de Mariskonea?
Volver a incorporar el vivero sería lo ideal, pero por el momento no podemos. Tenemos un proyecto para hacer piletones para mantener frescos los mariscos. En esta propiedad no se puede, pero es algo que nos gustaría para el futuro. Nos gusta seguir la historia de Mariskonea; mis hijos, Iñaki y Avril, tienen 10 y 6 años, y están creciendo con el restaurant. Si les preguntas ellos te dicen que les gustaría trabajar aquí. Son chicos todavía, pero me alegra que les guste y que se sientan parte de algo.

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