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El diablo a todas horas, un violento thriller de Netflix no apto para todos los estómagos

La película, que funciona como un vistazo al corazón más depravado y oscuro de la América rural, se metió en el top 10 de la plataforma en las últimas semanas

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26 de septiembre de 2020 a las 05:03

El padre cierra la puerta del auto y se limpia los nudillos ensangrentados. “Hay muchos hijos de perra sueltos ahí afuera”. El niño lo mira curioso. “¿Más de cien?”, pregunta. “¡Ja!”, ríe el hombre, “de seguro hay más de cien, sí”. La escena aparece promediando la media hora de El diablo a todas horas. Las manchas de sangre son de la cara de un tipo que el hombre martilló a trompadas hasta que se cansó. O hasta que vio que estaba a dos golpes de matarlo. Los ojos del padre no están vacíos, están llenos de rabia; los del niño, manchados por la curiosidad y el hambre. La violencia se espesa a su alrededor y el monte los engulle en su sopor. El diablo, que anda suelto y a sus anchas, sonríe desde el fondo. Su baile acaba de comenzar.

Habrá más episodios de este tipo. Más violencia y más hijos de perra sueltos. Aparecerá un predicador desequilibrado que se tira arañas en la cabeza para probar su fe y que elige matar a su esposa con un destornillador. Una pareja de asesinos seriales que opta por la fotografía como medio de expresión. Un cura pedófilo y resbaloso. Un soldado crucificado en Japón. Un perro crucificado en EEUU. Un sheriff corrupto. Un vengador despidadado. Este caleidoscopio de bajezas y personajes ruines y oscuros quedará reunido bajo un título, El diablo a todas horas, y un concepto: ser uno de los estrenos más recientes y ambiciosos de Netflix. Está disponible desde hace algunas semanas, se metió entre los diez más vistos de Uruguay y, antes de todo esto, era una de las películas más esperadas del segundo semestre en el universo del streaming.

El que firma El diablo a todas horas es el cineasta Antonio Campos, que nació, creció y desarrolló su cine en Nueva York, pero que tiene un padre brasileño y una madre italoamericana. Campos adapta junto a su hermano Paulo la novela homónima de Donald Ray Pollock, un veterano que empezó a escribir de viejo y que ha logrado retratar en un puñado de historias la sordidez del medio semirural del estado de Ohio. Pollock, que conoce bien los parajes en donde la película se desarrolla, es el encargado de narrar en off y con un acento cerradísimo las peripecias de estos personajes que pueblan y trillan las rutas, los moteles, las cabañas y las iglesias de la zona.

Acento cerradísimo también tienen los protagonistas, pero en su mayoría adquirido y aprendido para la ocasión, porque entre el elenco –enorme y ambicioso– hay varios rostros británicos y algún que otro europeo colado. Las caras que vemos pasar son las de Tom Holland, Bill Skarsgård, Robert Pattinson, Eliza Scanlen, Jason Clarke, Riley Keough, Sebastian Stan y Mia Wasikowska, un desfile de nombres que hace pensar en un abultadísimo presupuesto para el casting.

Pero por fuera de estos aspectos que posiblemente hayan funcionado bien como gancho para los espectadores de la plataforma y los agentes de venta de Netflix, lo que importa en El diablo a todas horas es otra cosa. De hecho, el propio Campos lo explicitó en una entrevista reciente: el peso acá lo tiene el mal, sus maquinaciones, la razón por la que aparece y aquellos que surgen para hacerle frente, pero también la búsqueda de la humanidad en un escenario que, a golpe de vista, no es otra cosa que una gran colección de depravaciones: “Siempre tengo la esperanza de que, al empezar a trabajar en un personaje, al final seré capaz de encontrar la humanidad en su interior. Y a veces no puedo”, dice el director. “Pero eso es parte del recorrido, ir a lo más profundo, a los rincones y grietas de sus mentes y ver qué hay allí, encontrar ese lugar donde han encerrado a su humanidad durante un tiempo.”

La historia tiene varias líneas de tiempo y su foco baila entre personajes. Es, podríamos decir, una película coral. Está Willard (Skarsgård), un soldado que llega de combatir a los japoneses en la segunda guerra mundial y acarrea algunos traumas del campo de batalla. También se pasean por ahí Carl (Clarke) y Sandy (Keough), una pareja siniestra con intenciones homicidas y un extraño ritual para concretarlas. El hermano de Sandy es Lee (Stan), un jefe de policía que quiere escalar posiciones en el pueblo de Knockemstiff y se junta con mafiosos. Y deberíamos rescatar también la historia de Roy Laferty, el predicador desquiciado, su esposa Helen (Wasikowska) y su hija, Lenora (Scanlen), que cumplirá un rol especial en la película y en la vida de todos.

Pero la película sí tiene un protagonista central: Arvin, el hijo de Willard. Como si uno de vengadores neoyorquinos de Scorsese se trasladara a las faldas de las montañas de Ohio, Tom Holland se calza el enterito de jean de este personaje y sale a tratar de que el mundo no sea una porquería, al menos para las personas que no se lo merecen. Él –y su familia– es lo que genera la poca luz que entra en esta película poco amable, áspera y sanguinolenta, y en este mundo de bandidos y asesinos, las cosas no se arreglan por las buenas. Arvin lo sabe, y por eso siempre lleva una nueve milímetros bien cargada y los puños listos.

El diablo a todas horas fue recibida por la crítica internacional con tibieza. La mayoría aduce que se desperdició una buena oportunidad de contar una historia compleja y que se tiró al tacho un cast increíble. Y en parte es cierto. Quizás por la propia dificultad de adaptar una novela que se apoya mucho en los procesos internos de los personajes –y en las motivaciones que los llevan a cometer actos atroces–, los hombres y las mujeres de la película parecen hacer las cosas porque sí, apenas quizás espoleados por la ausencia de un Dios al que le rezan sin parar y que nunca responde. Y es posible que quienes hayan transitado las líneas de Pollock en papel en lo previo tengan un acercamiento más satisfactorio.

Sin embargo, la película alcanza contrapuntos que la elevan más allá de la mentada tibieza y logra, en sus largas dos horas y pico, capturar al espectador dentro de esta coctelera que el demonio agita con sorna y de la que no se puede apartar la mirada. Sí, hay personajes que quedan en la superficie y poco importan, pero es por eso mismo que resultan funcionales para una premisa que sale de la boca de uno de los personajes y le da sentido a todo: “Algunas personas solo nacen para ser enterradas”. Así, a caballo de una cámara que sabe mostrar la belleza en el horror y apartarse en el momento justo, Campos engarza una cadena de seres humanos destinados al silencio, al olvido y entrega un gran espectáculo de miserias bucólicas que resultan hipnóticas. 

En efecto, El diablo a todas horas no es para cualquier estómago y el surco que deja es negro y profundo. Es una carnicería sin piedad llena de muertes y pesares, un verdadero valle de la sombra. Pero casi como si el salmo 23:4 se hiciera realidad –“Aunque camine en el valle de la sombra de muerte, no temeré mal alguno porque tú estarás conmigo”–, una luz trémula alcanza a iluminarlos y, al menos, les da alguna esperanza de que la vida es más que solo dolor. Pero está claro: esa luz no viene de Dios, viene de las personas. Porque Dios sigue en silencio. Y acá manda el diablo. Nadie menos. Nadie más.

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