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El difícil ingreso sudaca a Europa

El tratado Mercosur-UE puede ser una magnífica oportunidad para Uruguay y la región, pero aún está muy verde

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03 de julio de 2019 a las 05:01

La firma el viernes 28 de junio de un acuerdo de comercio entre la Unión Europea y el Mercosur es un suceso político de consecuencias económicas incalculables, en un mundo temeroso y a la defensiva. 

De todos modos, pasarán años antes que los 708 millones de ciudadanos del super bloque comiencen a notarlo.

En primer lugar: el amplio acuerdo, que involucra a 32 países en los que se hablan 24 idiomas, compromete al 9,5% de la población del mundo y al 20% de su economía, deberá ser aprobado por cada Estado antes de regir.

En segundo lugar, en Europa y en América del Sur hay muchos temores y privilegios proteccionistas. Por eso el tratado base requirió 20 años de engorrosos debates, y pasarán algunos años más, en el mejor de los casos. Los negociadores debieron seguir un camino serpenteante para no herir mucho a nadie pero, a la vez, no conforman demasiado a ninguno.

Por qué ahora

Los burócratas europeos de Bruselas deseaban un triunfo moral después del bajón del “Brexit”: la salida del Reino Unido. Luego, grandes líderes como Angela Merkel, quien trata de jugar en grande y mirando lejos, desean una Europa fuerte en el concierto internacional, ante la emersión de China y el creciente “aislacionismo” estadounidense. Fue también un gesto político a favor del multilateralismo y la interdependencia global, en contraste con el Estados Unidos mojigato y agresivo que propone Donald Trump. 

La UE ya firmó acuerdos similares con Canadá y con Japón, lo que fue visto como una respuesta a Trump, que está desestabilizando el comercio mundial.

Pero la Europa liderada por Berlín y París también cree que la interdependencia económica, la integración y el libre movimiento de las personas son la mejor medicina contra los prejuicios nacionalistas, la pobreza y la ignorancia, que la llevaron a dos horrendas guerras durante el siglo XX.

A la vez, en los dos grandes países del Mercosur, Brasil y Argentina, se alinearon gobiernos que creen que un capitalismo en serio y el libre comercio son las únicas vías hacia el desarrollo.

En suma: después de dos décadas de chapuzas y charlatanería, los astros se alinearon favorablemente a ambos lados del Atlántico. Pero hay que ver cuánto tiempo perdura la coincidencia y cómo se tejen los intereses.

Hay que ubicarse

La Unión Europea conforma el espacio económico más gran del mundo, más o menos en pie de igualdad con Estados Unidos y China. Reúne 512 millones de personas, aunque quedará en 446 millones tras el “Brexit”.

El Mercosur, una zona de libre comercio parcialmente fracasada, con un grado de integración efectiva muy inferior al de la UE, y que incluso perdió a Venezuela, comprende 262 millones de personas, el 80% en un solo país: Brasil. 

Los países de la Unión Europea, en general, integran la “clase alta” del mundo en el ranking de desarrollo humano; en tanto los del Mercosur se ubican entre las clases “media-alta”, como Argentina y Uruguay, y “media”, como Brasil y Paraguay. 

Pero, ante todo, los países del Mercosur son muy desiguales para los estándares europeos.

La economía de la Unión suma unos 23 mil millones de dólares (casi 20 mil millones sin el Reino Unido), en tanto la del Mercosur es de unos 4,5 mil millones: cinco veces menos. De igual manera, el producto per capita de los europeos es 2,5 veces superior al de los pobladores del Mercosur.

Uruguay es insignificante. Representa el 1,3% de la población del Mercosur y el 1,8% de su economía. Si se considera a la UE y el Mercosur como un solo espacio económico, algo que podría cristalizar en el largo plazo, entonces Uruguay significaría el 0,03% de la economía del bloque: muy por debajo incluso de países pequeños como Lituania o Croacia, aunque por encima de Eslovenia y Letonia.

Voces en contra de la integración

El acuerdo Mercosur-UE es un evento político y económico de gran importancia histórica, que podría devenir en un polo mundial tan significativo como China o América del Norte. Sin embargo han habido pocas muestras de entusiasmo.

El tratado deberá aprobarse en el Consejo de la Unión, en Bruselas, y por unanimidad (hace poco un esbozo de acuerdo fue vetado por Valonia, que no es un país sino apenas una región de Bélgica). Luego tiene que votarlo el Parlamento Europeo, lo que significaría una entrada en vigor provisional. Y por último requiere la aprobación de cada Estado miembro: un total de 28 (27 sin el Reino Unido).

El novel acuerdo también requiere ser aprobado en Brasil, donde el presidente Jair Bolsonaro no tiene mayoría propia en el Congreso, y en Argentina, donde Mauricio Macri está en la cuerda floja y puede perder pronto la Presidencia. (Se supone que no habrá mayores problemas en Paraguay y Uruguay, cuyas economías son más abiertas que las de sus vecinos). Por último, y no menos importante, la desgravación arancelaria se aplica en cascada, gradualmente, y su vigencia plena requiere una década y aún más.

Uruguay debería ser uno de los países más beneficiados. En general, sus agroindustrias son competitivas y obtendrían mejores precios (carnes, cereales, lácteos, celulosa, químicos), así como un enorme estímulo a la inversión extranjera y al turismo. El límite son las cuotas, especialmente en carnes y lácteos, que la UE protege con altas barreras, o la amenaza para industrias locales ineficientes y monopólicas, como la refinación de petróleo de Ancap, que los negociadores uruguayos protegieron a texto expreso, como a otras empresas públicas. (En Brasil y Argentina hay libre competencia para refinar e importar combustibles, lo que mantiene tarifas más bajas).

Es muy común hallar frutas, vinos o salmón chilenos en cualquier país de Europa. Ocurre que Chile ya tiene desde 2002 un acuerdo increíblemente amplio con la UE.

Uruguay, preso del Mercosur, no ha logrado avanzar mucho en acuerdos de libre comercio, salvo con México e Israel, y paga grandes sumas para ingresar a los mercados más significativos, como China, Estados Unidos o Europa occidental. Además hay claras tendencias proteccionistas en algunos sectores del oficialismo, como el MPP, el Partido Comunista o el Partido Socialista, en contra de las concepciones aperturistas y modernizadoras del ministro de Economía, Danilo Astori, o de los partidos de oposición.

Industriales, agricultores, ecologistas, políticos

Los núcleos más resistentes a este tipo de acuerdos suelen entre los nacionalistas de izquierda y de derecha, los populistas y los industriales beneficiados por la protección, amantes solo en parte del capitalismo liberal y de su secuela globalizadora. 

Las protestas y los temores van desde los ecologistas, que cuestionan el “agronegocio” sudamericano, hasta los industriales paulistas, mimados y asociados a los gobiernos desde la era Getúlio Vargas y la ditadura; el Peronismo argentino y los voceros K; y los países europeos de gran producción agropecuaria bajo el paraguas de la PAC (Política Agrícola Común), como Francia, Irlanda o Polonia.

Así, por ejemplo, el economista Felipe Queiroz, de la Universidad de Campinhas, advirtió que “la productividad industrial del Mercosur es menor que la europea. Sin algún tipo de barreras, la tendencia es que la desindustrialización se acentúe”.

El auge económico de Brasil entre 2002 y 2014 se produjo en base a las exportaciones de materias primas y productos agropecuarios, no en torno a la industria (“primarización”).

También hay críticas por el momento del acuerdo. La oposición peronista y K no desea concederle un triunfo estratégico al presidente Mauricio Macri en vísperas electorales.

Alfredo Zaiat resumió el martes 2 en el diario porteño Página 12, que expresa los puntos de vista de los Kirchner: “No es un acuerdo final. La letra chica no se definió. Los supuestos progresos se mantienen en secreto. Es un anuncio político en tiempos de campaña electoral. No tiene beneficios generales para la economía argentina”.

Alberto Fernández, candidato a la Presidencia en las elecciones del próximo octubre, opinó que “no quedan claros los beneficios pero sí los perjuicios” para “la industria y el trabajo de los argentinos”.

El kirchnerismo cerró a cal y canto la economía de Argentina, especialmente durante la Presidencia de Cristina Fernández, entre 2007 y 2015. Las exportaciones uruguayas hacia ese país cayeron del 18% del total en 2000 al 4% en 2015. Y ahora Cristina puede volver.

Próxima nota: La guerra privada de los agricultores europeos y de ciertos sectores industriales sudamericanos.

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