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El efecto Mujica: el presidente, el acarreador de votos

La era progresista tuvo en el tupamaro el caudillo que la izquierda necesitaba para vencer a los partidos fundacionales

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22 de febrero de 2020 a las 05:00

La fundación del Frente Amplio en 1971 encontró a José Mujica en la clandestinidad. Recién en 1989 los tupamaros ingresaron a la coalición de izquierda ante ante el mal humor de muchos y las severas críticas de referentes de la talla del general Líber Seregni y el comunista Rodney Arismendi. Aquellas diferencias ideológicas de fondo persisten hasta el día de hoy, pero la colcha de retazos encontró en Mujica el arraigo popular que años más tarde abrigó los pies de muchos.

La era progresista tuvo en este tupamaro al gran acarreador de votos que la izquierda necesitaba para vencer a los partidos fundacionales. Los mismos dirigentes frenteamplistas que lo critican cuando las elecciones están lejos, se abrazan a él frente a los fotógrafos de los diarios apenas la Corte Electoral comienza a acondicionar las urnas. Su sector, el Movimiento de Participación Popular (MPP), fue el más votado en la interna frenteamplista en todas las elecciones desde 2004.

Poco antes de esa campaña, en agosto de 2002, Mujica concedió una larga entrevista al semanario Brecha. Allí dijo que si el Frente Amplio ganaba las elecciones, se refugiaría en su chacra de Rincón del Cerro. “Me voy a tomar mate y a jugar al billar en el barrio. Que duerman tranquilos. Yo no le voy a sacar el puesto a nadie, ¿ta? No voy a ser ministro de esto, canciller de aquello, no voy a aceptar ningún cargo. Me voy a la mierda”, declaró. En marzo de 2005, sin embargo, asumió como ministro de Ganadería. Explicó en ese entonces que su barra se lo había pedido, un argumento que repitió hasta el hartazgo en los años siguientes, pues la resistencia a los archivos no es una de sus virtudes. 

Su mayor fortaleza jamás estuvo en la gestión, sino en la política. A Mujica le gusta enaltecer a los militantes y quizá él fue el más aguerrido de ellos, el que ha sufrido innumerables dolores de espalda luego de recorrer miles de kilómetros rumbo a las ciudades y pueblos, donde a fuerza de selfis, besos y abrazos cosechó los votos que hasta entonces le eran esquivos a la izquierda.

Detrás de una aparente despreocupación, la construcción mediática de su personaje lleva mucho trabajo. Durante su gestión como ministro de Ganadería, los informativos de televisión corrían para entrevistarlo y en las redacciones los jefes respiraban aliviados cuando los noteros tenían lo que todos llamaban “el Mujica nuestro de cada día”. Sus reflexiones filosóficas subían el rating. La gente quería escucharlo. 

Hacia el fin del primer gobierno de Vázquez, la izquierda buscaba un candidato capaz de retener el poder. El presidente puso su liderazgo sobre la mesa y eligió al ministro de Economía, Danilo Astori, como su sucesor. Por aquellos días comenzó una de las telenovelas mediáticas más entretenidas de la interna frenteamplista de los últimos tiempos. Mujica declaraba no tener ningún interés en lucir la banda presidencial. “¿Usted me vio cara de prócer a mí? Un presidente es un hombre adusto, que no se ríe y no eructa”, dijo en una de las tantas entrevistas en las que habló del asunto. Pero de a poco, en silencio, Mujica fue tejiendo con paciencia tupamara las alianzas que lo transformaron en el candidato de la coalición.

Puso en marcha una estrategia típica de viejo pillo, con mil horas de boliche encima, que tomó por sorpresa a propios y ajenos. Juntos, dos enemigos históricos, los comunistas y los tupamaros, humillaron a Vázquez y a Astori en un congreso realizado en diciembre de 2008 y allanaron la candidatura del exguerrillero. Los partidos de oposición dijeron hasta el cansancio que esa alianza era la antesala de un gobierno que volcaría al país hacia la izquierda más radical, pero Mujica los acusó de querer asustar viejas.

De la mano del magistral trabajo realizado por el publicista Francisco Vernazza, ese tupamaro de aspecto desprolijo que conoció todos los calabozos de las dependencias militares durante la dictadura, se puso el traje de presidente. Derrotó en las urnas nada menos que a un exmandatario que nació en el seno de una de las familias políticas más importantes del Uruguay: el blanco Luis Alberto Lacalle Herrera. 

Luego de que la Corte Electoral oficializara el triunfo del Frente Amplio, Lacalle cumplió con la tradición uruguaya y fue a saludar al vencedor, pero no permitió que los fotógrafos registraran la escena. La historia uruguaya se quedó sin la foto del momento en que el nieto de Herrera estrechó dentro de un despacho del Palacio Legislativo la mano del tupamaro que marcaría el destino del país. 

Antes de empezar, Vernazza le dijo a Mujica que la mayoría de los uruguayos lo percibía como un tipo impresentable, impredecible y radical. Al igual que los periodistas deportivos, el publicista le explicó lo que sucedería en las elecciones tomando como referencia al Estadio Centenario. Le dijo que vencería sin esforzarse en las tribunas Colombes y Ámsterdam, mientras que no tendría ninguna suerte en la América. “Pero nadie gana sin la Olímpica”, le advirtió. Mujica adecuó su discurso para captar a la clase media y cuando quiso acordar estaba festejando el triunfo. Atrás quedó el “festejen, uruguayos” de Vázquez y llegó el “¿sabés una cosa, pueblo?” de Mujica. A esa altura, el Pepe, como le dicen todos, ya era el caudillo más popular del país.

En 2004, el MPP había logrado 327.947 votos, casi el 30% del total de los sufragios del Frente Amplio. Quince años más tarde, en 2019, el sector volvió a cosechar el mismo porcentaje, aunque cayó respecto a los últimos comicios en unos 70.000 votos. La pregunta del millón es qué pasará con esa máquina de captar adhesiones que es el MPP el día que la foto de Mujica no aparezca impresa en las listas. 

Como gobernante, Mujica, a quien le gusta filosofar y decir que la tierra es de la nación y que el Estado debe ser el arrendador, aceptó sin chistar las reglas del capitalismo y apeló a facilitar la llegada de la inversión extranjera. Solo le prendió una vela al socialismo con el Fondes, un mecanismo para apoyar a las empresas autogestionadas que dejó intensos dolores de cabeza y muchas preguntas sin contestar. Durante su gobierno, creció la economía y el déficit fiscal. Uruguay cobró una mayor relevancia mundial de la mano del interés que el personaje despertó en la prensa internacional. También hubo algunos discursos virales en YouTube repletos de prédicas contra el consumo, el mismo consumo que mejoró los números económicos de su gestión a fuerza de televisores planos cada vez más grandes y teléfonos de última generación.

Cuando terminó su mandato, Mujica le devolvió la banda presidencial a Vázquez, un líder con quien tiene la misma relación que los barrios Sur y Palermo: por momentos rivales, por momentos hermanos. 

Mujica está más viejo y en esta campaña hizo menos kilómetros que en las anteriores. Tampoco era que lo entusiasmara demasiado partirse el lomo en la ruta militando por Daniel Martínez, un líder que forma parte de la generación que reclama que haya una renovación en el Frente Amplio. Pero sobre la recta final de la campaña, cuando el panorama era negro para la izquierda, Martínez apeló a la mística de Mujica y anunció que sería su ministro de Ganadería. 

Y Mujica, a quien no le cuesta mucho pegarles a los socialistas, aceptó pero dijo a la prensa que no estaba ni en edad ni energía de durar mucho. Un periodista le preguntó si había pedido entrevistas con las gremiales del agro. “¿Pero cómo voy a pedir si me enteré ayer que iba a ser ministro?”, contestó.  

El 1° de marzo, Mujica le tomará juramento a Luis Lacalle Pou en el Parlamento. Al parecer deberá esperar un poco más antes de ir a jugar al billar en Rincón del Cerro. Ahora le toca volver a la oposición y debatir durante largas horas en el Senado, que para eso está.

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