Vi a algunas de las mejores mentes de mi generación, destruidas por los videojuegos y las redes sociales, abalanzarse en esta semana sobre sus teclados y escribir de forma más o menos histérica sobre la muerte de Eduardo Galeano, sobre lo ridículo de sus argumentos, sobre su simplismo y maniqueísmo, sobre su espectro demodé, sobre sus causas perdidas y sobre su discurso oxidado. Mucha de esa gente que hoy mira con desprecio a Galeano y sobre todo a su obra, en 1971 hubiera sido capaz de poner bombas revoleando Las venas abiertas de América Latina.
Como el protagonista del sketch American Psycho Bolche de Diego Capusotto, hay muchos que hoy la posan de superados a nivel ideológico, y luego, cuando hay que poner el voto en la urna (si es que esto acaso supone algún tipo de cambio social o cultural), siguen al rebaño bajando la cabeza y adhiriendo a lo políticamente más correcto que existe.
Es por lo menos sorpresiva la reacción de muchos intelectuales o pseudointelectuales, en fin, seres humanos que opinan democráticamente, que ante la noticia de la muerte de Galeano salieron con la guadaña a tirar fintas y a alardear con ocurrencias más o menos cómicas, dependiendo del grado de cercanía con el fallecido. Sorpresiva porque antes de la muerte no criticaban tanto al autor y seguramente hasta comulgarían con varias de sus posturas.
Sorpresiva la reacción también, porque aparentemente compartían o comparten los mismos espacios “de izquierda” (vaya a saber uno qué significa eso hoy) donde Galeano se movió, cultivó, cosechó y hasta fue “guionista”, como tituló el diario El País esta semana con puntería. Si hasta el propio Galeano había reculado en chancletas...
Es demasiado fácil pegarle a Galeano. ¿Se puede cabalmente defender el régimen cubano hoy? ¿Todos los problemas de las tres Américas son culpa del imperialismo yanqui? ¿Vivían los pueblos precolombinos en un Edén de paz y amor antes de que llegara el hombre blanco (y malo) con la cruz y la espada a saquearlos y esquilmarlos?
En las maravillas que tiene hoy América, ¿no tiene nada que ver ese barbudo de ojos claros, enlatado en petos de hierro? Sin dudas, mató, violó y desgarró con virulencia, pero también legó un idioma, mil formas del arte y las costumbres, una manera de ver la vida, la muerte y el mundo todo.
Por estos días leí algunos fragmentos de Las venas abiertas… Lo que me saltó a primera vista, más allá del estilo envolvente y el manejo de la prosa justo y con ritmo trepidante, es que Galeano amaba afirmar. Casi todas sus oraciones son aseveraciones. Una tras otra. Sin por un momento detenerse a pensar y a dudar de lo que estaba escribiendo. No sé si lo hizo o no, pero esa es la impresión más fuerte. Quizá consideraba que el momento exigía premura. Quizá era el estilo, el contexto, la estética.
Es lo que más ruido hace hoy, con la ventaja de leerlo 44 años después, con un mundo que cambió muchísimo en algunos sentidos y en otros sigue siendo el mismo de siempre. Se nota hoy que cuestionarse y dudar en aquella época hubiese sido un acto de entrega al enemigo. Creo que quienes critican a Galeano y su legado desde una especie de progresismo aguachento deberían ser un poco más sinceros, barrer hacia adentro y hacerse cargo.
El otro día, en el velatorio en los Pasos Perdidos, hablé con un señor de 64 años que había estado preso durante la dictadura y había quedado rengo. Se había hecho militante luego de leer Las venas abiertas… y se convenció de que el camino contra la injusticia era con las armas en la mano. En el acierto o el error, el tipo se la jugó porque el escritor lo sedujo y lo convenció. La lectura le modificó la vida para siempre, solo con palabras. Y fue a rendirle al autor el último tributo, solo y callado. A pesar de mil divergencias, por esto respeto a Galeano.