1 de octubre de 2017 5:00 hs
Por Park Chan-Kyong, AFP

Fue condenado a muerte dos veces por espionaje y pasó tres décadas entre rejas en Corea del Sur. Ahora, a los 90 años, Seo Ok-Ryol solo tiene un deseo antes de morir: volver a casa, a Corea del Norte.

Seo nació en el Sur, donde tiene familia, pero fue soldado y espía del Norte, donde dejó mujer e hijos. Simboliza las divisiones de la península y la forma en la que los coreanos se vieron zarandeados por la historia.

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Demacrado y encorvado, el exespía camina con bastón. Pero su mente es ágil y sus modales airados.
"No he hecho nada malo, no he hecho más que amar a la madre patria", un concepto que, para él, comprende al Sur y el Norte, afirmó en su primera entrevista con un medio de comunicación internacional.

Después de una cumbre intercoreana histórica en 2000, Seúl envió al Norte a unos 60 prisioneros de larga duración, sobre todo soldados y espías.

Pero Seo había firmado una promesa de lealtad a Seúl para poder salir de la cárcel, lo que le supuso la obtención automática de la nacionalidad surcoreana y no pudo acogerse al programa.

En la actualidad, la izquierda surcoreana hace campaña por el exespía de Pionyang y otros 17 presos (uno de ellos de 94 años) para que puedan regresar a casa.

Historia de película

Nacido en una isla del Sur, Seo se hizo comunista cuando estudiaba en la prestigiosa universidad Korea de Seúl. Durante la guerra de Corea (1950-1953) se unió a las fuerzas del Norte, con las que se batió en retirada a medida que avanzaban las tropas de Estados Unidos y de la ONU.

Se inscribió en el Partido de los Trabajadores en el poder y trabajó como profesor en Pionyang hasta su envío a una escuela de espionaje en 1961.

"Tuve que irme sin siquiera poder despedirme de mi mujer", contó ya resignado.

Lo enviaron al Sur con la misión de intentar reclutar a un responsable gubernamental cuyo hermano se había marchado hacía tiempo al Norte.

Cruzó la frontera de forma ilegal, a nado, y se reunió con sus padres y sus hermanos y hermanas.
Pero no logró entregar al responsable gubernamental una carta de su hermano.

"Para mí es como si mi hermano estuviera muerto. Dije a las autoridades que había muerto durante la guerra", le dijo el hombre, mientras rechazaba la carta.

El hombre no denunció a Seo pese a que los contactos no autorizados con norcoreanos podían generar penas de cárcel.

Después del fracaso de su misión, Seo se quedó un mes en el Sur, siempre alerta para ocultar el libro que contenía los códigos, hasta la difusión por radio de una serie de números que lo llamaban de nuevo al Norte.

Pero llegó tarde al lugar previsto para transportarlo en barco. Intentó llegar a nado pero la corriente lo llevó al Sur y fue detenido.

Treinta años preso

"Como espía, se supone que nos teníamos que suicidar tragando una cápsula de veneno o con armas. Pero no me dio tiempo".

Contó que durante meses fue sometido a interrogatorio, palizas, además de privaciones de sueño y comida. Finalmente un tribunal militar lo condenó a muerte por espionaje.

Aislado, con escasas raciones de croquetas de arroz y rábanos salados, vio como varios espías y simpatizantes del Norte se iban a la horca.

Dos condenas a muerte

En 1963, su condena fue conmutada porque era novato en espionaje y su misión había fracasado. Pero en 1973, volvió a ser condenado a la pena capital, esta vez por haber intentado convertir un preso al comunismo.

"Escuché en seis ocasiones las palabras pena de muerte en boca de los fiscales y de los jueces. Mi madre se desmayó varias veces", recordó.

Sus padres vendieron la casa para financiar su defensa y la pena de Seo volvió a ser conmutada. Murieron antes de que su hijo pudiera ser liberado.

A mediados de los años 1970, la política de reeducación de los prisioneros norcoreanos aplicada por la dictadura surcoreana estaba en pleno auge. Los antiguos presos afirman haber sufrido golpes, ahogamiento simulado y las "celdas de castigo" minúsculas.

Perdió un ojo

Pero él aseguró no haber cedido, ni siquiera cuando su ojo izquierdo sufrió una infección. "Me dijeron que me convirtiera, me prometían tratamiento. Me negué, diciendo que no podía cambiar mi fe política por un ojo", comentó convencido.

Perdió la vista de ese ojo pero jamás se arrepintió: "Mi ideología política es más valiosa que mi propia vida".

En 1991, aceptó un acuerdo y se comprometió a respetar la legislación surcoreana. Lo liberaron bajo control judicial y se instaló en la localidad meridional de Gwangju, bastión de la izquierda surcoreana, cerca de su lugar de nacimiento, con la esperanza de poder reunirse con su mujer e hijos en una Corea reunificada.

Su fidelidad al Norte permanece intacta, y también su anhelo de una sociedad "igualitaria".

En su pequeño apartamento, Seo justificó las ambiciones nucleares de Pionyang por la necesidad de defenderse de Estados Unidos y de su presidente Donald Trump, "un loco de remate".

Su lucha por volver

Veinticinco organizaciones lanzaron una petición para dejar marchar a Seo –quien estuvo dos meses hospitalizado este año por problemas cardíacos– y a sus camaradas disidentes.

Años después de su liberación, una coreana residente en Alemania que viajó a Pionyang le dijo que su familia seguía viva pero le desaconsejó contactarla para que no resultara perjudicada.

Seo no se volvió a casar. A la pregunta de qué le diría a su esposa si la volviera a ver, se tardó en contestar.

"Le diría 'gracias por seguir viva", respondió. "Te he echado de menos. No contaba con vivir separado de ti tanto tiempo".

Noventa años

Es la edad que tiene actualmente Seo Ok-Ryol, el espía de Corea del Norte que espera volver a Pionyang y reencontrarse con su esposa y el resto de la familia.

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