El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
14 de octubre de 2023 5:04 hs

El sábado pasado cuando desperté y prendí el celular para leer las noticias me topé con el horror. El grupo terrorista Hamás había penetrado la frontera de Israel y asesinado a sangre fría a cientos de jóvenes inocentes cuando bailaban al aire libre en una fiesta electrónica convocada, justamente, para reclamar por la paz entre palestinos e israelíes. Otros tantos fueron secuestrados.

La catarata de noticias y confusión mientras la matanza continuaba en los kibutz fronterizos a la Franja de Gaza se multiplicaba entre fragmentos horripilantes de videos en TikTok que mostraban la verdadera cara del terror. Todo mezclado con comunicados de condena, exigencias de pedidos de reprobación, silencios llamativos y hasta justificaciones increíbles del hecho barbárico, cobarde y salvaje perpetrado por los terroristas de Hamás contra una población civil y desarmada.

A las pocas horas en Uruguay, país que tiene una cercana relación con los israelíes y en el que tenemos amigos judíos, brotaron como hongos las interpretaciones del conflicto. Lo mismo pasó en el resto del planeta. 

El debate se instaló con fuerza en los medios, en las redes y terminó en el Parlamento donde no hubo unanimidad para llegar a una declaración conjunta de condena. Antes muchos quedaron en falsa escuadra; unos callaron mientras otros rechazaron y condenaron el ataque sin medias tintas como lo hizo nuestro presidente de la República.

Desde el sábado pasado a la fecha he procurado leer todo lo que puedo para intentar comprender la irracionalidad de la matanza y procurar entender: ¿qué fue lo que pasó?, ¿por qué pasó? y ¿cómo puede terminar? A la hora de escribir estas líneas el ejército israelí viene bombardeando a la Franja de Gaza sitiada. Acaba de solicitar a la población que se instale en el sur del territorio. Las bajas civiles se cuentan por cientos. La electricidad está cortada, los suministros también y se han cerrado los pasos fronterizos. Se anunció que no van a abrir hasta que los rehenes de Hamás sean liberados. Egipto, por su lado, se niega a abrir su propio paso de frontera con Franja de Gaza para la salida de los palestinos. 

En estos días hubo tres autores que rondaron mi cabeza. En ellos me apoyé para tratar de hilvanar esta columna por demás compleja buscando aportar una reflexión. 

Ellos son Francis Fukuyama, quien en 1989 planteó la tesis del “fin de la historia”, Samuel P. Huntington, quien se hizo mundialmente conocido después del atentado contra las torres gemelas de Nueva York cuando su libro “El Choque de las civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial” (1996) tuvo su tardío reconocimiento; y el filósofo austríaco Karl Popper, con sus ensayos de la década del cuarenta sobre “los desafíos de la sociedad abierta y sus enemigos”.

Fukuyama planteó la "tesis del fin de la historia", argumentando que la caída del comunismo en 1989 marcaba el triunfo final de la democracia liberal como la forma de gobierno más efectiva y deseable. Sostenía que la lucha ideológica global había llegado a su fin, y que no habría sistemas políticos más avanzados que el liberalismo democrático. Según Fukuyama, la historia había alcanzado su punto culminante en términos de evolución política.

Su tesis ha sido objeto de críticas. Resulta obvio que la historia no ha llegado a su fin y que tanto el autoritarismo como el populismo cuestionan y socavan la estabilidad de las democracias liberales. 

Desde entonces, a la luz de los hechos, Fukuyama ajustó su posición. Admite la persistencia de desafíos y pide mejorar y fortalecer las instituciones democráticas para evitar que caigan en el autoritarismo y el populismo: las dos caras de una misma moneda. 

El devenir de los tiempos desde que auguró “el fin de la historia” demuestra que esta sigue siendo un proceso dinámico y un constante cambio.

Por su parte Huntington con “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial" sostuvo que las futuras tensiones y conflictos en el mundo no se basarán principalmente en la ideología o la economía, sino en las diferencias culturales y religiosas. 
Huntington identifica a las civilizaciones como unidades culturales y religiosas más amplias, como la occidental, islámica, china y otras, y argumenta que estas tienen valores, creencias e identidades distintas que necesariamente chocarán en el escenario global.

En 1996 Huntington predijo que los enfrentamientos entre civilizaciones serán una característica en la política mundial en el futuro, y que las líneas de conflicto no serán solo geográficas o ideológicas. La tesis del estadounidense es cuestionada por quienes aún creen en la fortaleza de las instituciones internacionales como las Naciones Unidas y el poder de la diplomacia. La realidad parece demostrar con este ataque contra Israel y la invasión del ejército ruso a Ucrania que la fuerza de la diplomacia es débil, y que Huntington tenía razón.

Por su lado, la "sociedad abierta" es un concepto clave en la filosofía política de Karl Popper. En sus escritos defendió la idea de una sociedad abierta como un ideal político que promueve la libertad individual, la tolerancia y la crítica racional. En contraste con las "sociedades cerradas" o totalitarias, donde el gobierno busca imponer una única verdad y restringe la libertad, la sociedad abierta es aquella en la que las instituciones permiten la diversidad de opiniones y fomentan la participación ciudadana.

Argumentó que ninguna sociedad puede tener un conocimiento completo y definitivo de la verdad, por lo que es crucial permitir el debate abierto y la corrección de errores a través del método científico y la crítica racional. Esto implica la existencia de instituciones democráticas, derechos individuales protegidos y una prensa libre. Popper también advirtió sobre la paradoja de la tolerancia, donde la sociedad debe ser intolerante con la intolerancia para preservar sus valores democráticos y liberales.

La sociedad abierta que plantea Popper es un modelo de convivencia que busca equilibrar la libertad individual con la necesidad de limitar las amenazas a esa libertad, promoviendo la tolerancia y la crítica racional como pilares de la democracia.

En estas horas de confusión, dolor y ruido recordar a estos autores me permitió tomar algo de distancia. Hasta imaginé una tertulia entre los tres donde soñaban con una paz duradera en un mundo donde los individuos ―sin importar nacionalidad, raza o religión― vivían sin miedo y en libertad.

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