¿Por dónde abordar la vida de John Huston? Cuarenta y seis años de carrera, 42 películas, cinco mujeres, cuatro hijos y una obra que merece repasarse en su totalidad
"Siempre creí que a John (Huston) lo manejaban brujas internas”, dijo alguna vez la actriz Olivia de Havilland, quien alguna otra vez fue amante del famoso director. No sé si eran brujas, brujos, una potencia que resiste vendavales o los promueve, los crea y luego los filma, pero lo cierto es que Huston es, sin dudas, el director de cine de la desmesura. Una desmesura vital que no es la huella que dejó en celuloide, aunque ambos ámbitos están indivisiblemente unidos. Los múltiples demonios de su vida personal se traducen en una filmografía de 46 años de extensión con 42 películas bajo el brazo (varias de ellas, obras maestras absolutas), a lo que hay que sumarle cinco matrimonios, decenas de amantes circunstanciales, cuatro hijos biológicos y una adoptiva, y una catarata de talento en cada encuadre de su obra. ¡Cómo admirar a un tipo así!
Huston comenzó como periodista, luego como escritor, luego saltó al mundo de guión de cine y finalmente a la dirección. Empezó haciendo cine negro, negrísimo, policiales de antología. Pero vino la guerra y desde el ejército le pidieron que filmara documentales sobre los entrenamientos de los soldados y sobre el combate. Filmó piezas maravillosas, sobre la vida de los soldados y sobre el frente de batalla, estuvo en Alaska y en la campaña de Italia, por primera vez filmó muertos reales en el cine de Estados Unidos; todo esto puso incómodos a quienes se las encargaron.
Salió de la guerra ileso y con la creatividad limada por el peligro y las pulsiones al máximo. Filmó historias sobre lo inútil de una utopía, como El tesoro de la Sierra Madre; sobre los destinos erráticos de los exsoldados, como en Cayo Largo y El extraño, que terminó dirigiendo Welles. Volvió al cine clásico de gánsteres en Mientras la ciudad duerme, donde filmó por primera vez con Marilyn Monroe. Ya en ese final aparecían los caballos, un elemento recurrente en su obra, que volverán, tanto ellos como una Marilyn baqueteada y decadente, en Los inadaptados.
Filmó una tremenda historia de la guerra de Secesión en Alma de valiente. Pero su espíritu bacanal no lo dejaba asentarse en un proyecto, ya que en poco tiempo saltaba a otro muy diferente (aunque con los inevitables toques de algo que Huston calibró: el estilo). Se fue a África a rodar La reina africana, donde le sacó a Bogart la gabardina y el sombrero de detective y lo puso con una musculosa sudada y una Katharine Hepburn de encaje sobre un río lleno de cocodrilos.
Solo unos meses después metió su cabeza en el París del 900 y filmó Moulin rouge, con las bataclanas revoleando sus piernas en el aire y Mel Ferrer como el conflictuado Toulouse Lautrec. Y de nuevo la desmesura. Su cabeza volcánica lo llevó a acometer la empresa de poner en cine Moby Dick, una obsesión con la que venía luchando desde hacía una década. Volvió a filmar sobre la guerra, sobre las diferencias culturales en un país ocupado, en el medio coló un wéstern con indios que rodean un rancho desde donde Burt Lancaster dispara su rifle una y otra vez y siempre cae un indio al piso. Hizo que Montgomery Clift domara caballos pero también lo puso en la piel de Sigmund Freud. Adaptó a Tennesse Williams en medio de litros de alcohol y noches mexicanas calurosas; puso a su hija en la Edad Media para luego hacerla ganar un Oscar por un papel en una de mafiosos. Hizo que Marlon Brando castigara un caballo hasta hacerlo sangrar. Filmó a boxeadores decadentes, vaqueros descarriados y niñas huérfanas que bailan al compás. Incluso dirigió a Stallone jugando al fútbol con Pelé y Ardiles. ¿Qué más se le puede pedir? Ser Noah Cross, en Chinatown, de Polanski.
Siempre persiguiendo una ballena blanca que supo atrapar y volver a liberar, solo para volver a abrazarla entre sus brazos. Él fue Ahab, obsesionado y buscador, intuitivo y bestial, desde las colinas de Hollywood a las del África lejana, desde las guerras más atroces a los mares más salvajes y las solitarias calles finales de un Dublín joyceano, con el retumbar de los adoquines que anteceden a la muerte. Ver sus películas es casi una obligación ética y estética para cualquier ser humano que quiera aprender a contar historias.