17 de enero de 2012 12:44 hs

Punta del Este en verano tiene sus personajes típicos, sus infaltables golondrinas de temporada que cada enero se instalan en las playas, asisten a las fiestas, se dejan ver haciendo “vida común” por alguna vereda perdida o esas visitas sorpresivas e imprevistas de alguna figura de relevancia mundial, sea empresario, actor, deportista, gobernante o padre de gobernante.


Pero por debajo de las caretas conocidas hay otras personas que llegan a vacacionar a la ciudad balneario y que pintan las características de un lugar exclusivo y excéntrico en América del Sur.

Tal es el caso de Folco Landini, un empresario agropecuario ítalo argentino que veranea con su esposa y sus tres hijas en un gigantesco quincho del barrio del Golf junto a otro casi integrante de la familia: su Morgan 4/4 de 1947, descapotable y restaurado como zapatilla de aluminio que resbala por el asfalto de las calles de Punta del Este como si les diera lustre. El auto de Landini tiene una historia venerable: entre otros perteneció a Eduardo VIII de Gales, el príncipe que abdicó a la corona para casarse con la plebeya Wallis Simpson. Pero el detalle que describe el perfil de Landini, que vive entre Argentina, Inglaterra, Francia y Uruguay, es que el Morgan es auto en cada uno de estos países. El auto viaja con él a donde vaya, embarcado en un contenedor.

El Observador se cruzó de casualidad con Landini, en una estación de servicio de la avenida Roosevelt, mientras le ponía aire a las ruedas del auto.

Una joya del príncipe
A nivel autos, Punta del Este le ofrece tanto al ojo tuerca como al neófito un espectáculo casi de museo del automóvil en movimiento. Por ejemplo, en materia de descapotables, no es raro encontrar en un estacionamiento o en la roja de un semáforo un Audi, un Porsche o un Mercedes dignos de dejarle la boca abierta a cualquiera con mínimo sentido estético. En cuanto a autos clásicos, en lugares como José Ignacio o Garzón viven coleccionistas, en general argentinos o europeos, que cada verano exhiben sus máquinas y le dan colorido y clase a rutas y eventos. Entre esos autos, el Morgan turquesa de Landini se destaca por su elegancia y sus líneas delicadas y aerodinámicas.

¿Cómo llegó el auto a sus manos? En 2008, la empresa Morgan, en homenaje a su centenario, ofreció chasis de modelos antiguos reciclados, que fueron usados por personalidades famosas. Landini compró por 70 mil pounds (unos
US$ 120 mil) el que manejó el príncipe Eduardo. “Por un lado, me gustaba la idea de que hubiera sido de él, pero además, me gusta la rareza del modelo, porque es más largo y más angosto que los clásicos Morgan”, explica Landini.

El nivel de artesanía del Morgan es impresionante. El chasis del auto es de madera tratada a mano, revestido de aluminio. Tiene el motor nuevo, así como todos los apliques y detalles niquelados, así como los rayos de las ruedas, que se calibran a pulso. La tapicería de cuero también está cosida a mano, así como el trabajo casi de ebanista del tablero. Según la reglamentación europea, el auto debió sufrir algunos cambios con respecto al modelo original, como por ejemplo el agregado de los cinturones de seguridad y los apoyacabeza.

El dueño eligió el color, pero prefirió inclinarse por el tono de un Bentley de 1936. “Es un turquesa, pero en Italia le decimos carta de zucchero, porque teníamos un envase de azúcar de ese mismo color”, cuenta Landini, quien compró en 2008 y le entregaron las llaves en marzo de 2009, en una ceremonia especial donde estaban presentes todos los operarios que habían participado en la restauración. “Fue como si nos entregaran un niño”, dice Carolina Soto, paisajista y esposa de Landini.

La familia ha realizado varios viajes por Europa en el Morgan, que tiene todas las habilitaciones para transitar tanto en autopistas como en ciudad. “Es complicado en las autopistas por los enormes camiones. También se complica con la lluvia”, agrega Landini. Este modelo de cinco velocidades alcanza en ruta los 185 kilómetros por hora.

Para que viaje con ellos a Europa, Landini lleva el Morgan hasta el puerto de Montevideo y lo embarca en un contenedor que en unos 20 días y a un precio entre los US$ 1.800 y los US$ 2.000 llega a Inglaterra o al sur de Francia, dependiendo de dónde vayan a pasar el verano boreal. “Es como si fuera un pasaje más”, recalca el dueño.

Como si se tratara de una bodega boutique, la fábrica de Morgan produce muy pocas unidades, todas muy selectas. Se fabrican solo unos 250 al año y sus líneas de diseño no tienen modificación desde 1928. “Él (refiriéndose al Morgan) no conoce el invierno”, dice Landini.

Landini le compró hace unos años una enorme residencia en el coqueto barrio del Golf al empresario del azúcar Ramón Jorge, quien vivió un enorme auge en la década de 1990 durante las presidencias de Carlos Menem, aunque luego cayó en desgracia. Detrás del portón de la casa, hay una pequeña rotonda que en realidad es una fuente de agua con un chorro en el medio. A un costado está el garaje donde hoy duerme el Morgan. l

unta del Este en verano tiene sus personajes típicos, sus infaltables golondrinas de temporada que cada enero se instalan en las playas, asisten a las fiestas, se dejan ver haciendo “vida común” por alguna vereda perdida o esas visitas sorpresivas e imprevistas de alguna figura de relevancia mundial, sea empresario, actor, deportista, gobernante o padre de gobernante.
Pero por debajo de las caretas conocidas hay otras personas que llegan a vacacionar a la ciudad balneario y que pintan las características de un lugar exclusivo y excéntrico en América del Sur.
Tal es el caso de Folco Landini, un empresario agropecuario ítalo argentino que veranea con su esposa y sus tres hijas en un gigantesco quincho del barrio del Golf junto a otro casi integrante de la familia: su Morgan 4/4 de 1947, descapotable y restaurado como zapatilla de aluminio que resbala por el asfalto de las calles de Punta del Este como si les diera lustre. El auto de Landini tiene una historia venerable: entre otros perteneció a Eduardo VIII de Gales, el príncipe que abdicó a la corona para casarse con la plebeya Wallis Simpson. Pero el detalle que describe el perfil de Landini, que vive entre Argentina, Inglaterra, Francia y Uruguay, es que el Morgan es auto en cada uno de estos países. El auto viaja con él a donde vaya, embarcado en un contenedor.
El Observador se cruzó de casualidad con Landini, en una estación de servicio de la avenida Roosevelt, mientras le ponía aire a las ruedas del auto.
Una joya del príncipe
A nivel autos, Punta del Este le ofrece tanto al ojo tuerca como al neófito un espectáculo casi de museo del automóvil en movimiento. Por ejemplo, en materia de descapotables, no es raro encontrar en un estacionamiento o en la roja de un semáforo un Audi, un Porsche o un Mercedes dignos de dejarle la boca abierta a cualquiera con mínimo sentido estético. En cuanto a autos clásicos, en lugares como José Ignacio o Garzón viven coleccionistas, en general argentinos o europeos, que cada verano exhiben sus máquinas y le dan colorido y clase a rutas y eventos. Entre esos autos, el Morgan turquesa de Landini se destaca por su elegancia y sus líneas delicadas y aerodinámicas.
¿Cómo llegó el auto a sus manos? En 2008, la empresa Morgan, en homenaje a su centenario, ofreció chasis de modelos antiguos reciclados, que fueron usados por personalidades famosas. Landini compró por 70 mil pounds (unos
US$ 120 mil) el que manejó el príncipe Eduardo. “Por un lado, me gustaba la idea de que hubiera sido de él, pero además, me gusta la rareza del modelo, porque es más largo y más angosto que los clásicos Morgan”, explica Landini.
El nivel de artesanía del Morgan es impresionante. El chasis del auto es de madera tratada a mano, revestido de aluminio. Tiene el motor nuevo, así como todos los apliques y detalles niquelados, así como los rayos de las ruedas, que se calibran a pulso. La tapicería de cuero también está cosida a mano, así como el trabajo casi de ebanista del tablero. Según la reglamentación europea, el auto debió sufrir algunos cambios con respecto al modelo original, como por ejemplo el agregado de los cinturones de seguridad y los apoyacabeza.
El dueño eligió el color, pero prefirió inclinarse por el tono de un Bentley de 1936. “Es un turquesa, pero en Italia le decimos carta de zucchero, porque teníamos un envase de azúcar de ese mismo color”, cuenta Landini, quien compró en 2008 y le entregaron las llaves en marzo de 2009, en una ceremonia especial donde estaban presentes todos los operarios que habían participado en la restauración. “Fue como si nos entregaran un niño”, dice Carolina Soto, paisajista y esposa de Landini.
La familia ha realizado varios viajes por Europa en el Morgan, que tiene todas las habilitaciones para transitar tanto en autopistas como en ciudad. “Es complicado en las autopistas por los enormes camiones. También se complica con la lluvia”, agrega Landini. Este modelo de cinco velocidades alcanza en ruta los 185 kilómetros por hora.
Para que viaje con ellos a Europa, Landini lleva el Morgan hasta el puerto de Montevideo y lo embarca en un contenedor que en unos 20 días y a un precio entre los US$ 1.800 y los US$ 2.000 llega a Inglaterra o al sur de Francia, dependiendo de dónde vayan a pasar el verano boreal. “Es como si fuera un pasaje más”, recalca el dueño.
Como si se tratara de una bodega boutique, la fábrica de Morgan produce muy pocas unidades, todas muy selectas. Se fabrican solo unos 250 al año y sus líneas de diseño no tienen modificación desde 1928. “Él (refiriéndose al Morgan) no conoce el invierno”, dice Landini.
Landini le compró hace unos años una enorme residencia en el coqueto barrio del Golf al empresario del azúcar Ramón Jorge, quien vivió un enorme auge en la década de 1990 durante las presidencias de Carlos Menem, aunque luego cayó en desgracia. Detrás del portón de la casa, hay una pequeña rotonda que en realidad es una fuente de agua con un chorro en el medio. A un costado está el garaje donde hoy duerme el Morgan. l

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