22 de junio de 2015 5:00 hs

La sensación reinante en estas primeras horas tras el cierre de listas de candidatos a renovar el gobierno es que Daniel Scioli sigue pagando su carísimo peaje para competir por la Presidencia: Cristina Fernández le impuso nombres "del riñón K" en los principales lugares en un intento por "coparle" la bancada legislativa de un gobierno sciolista.

No es difícil imaginar la escena de la eventual asunción de Scioli: mientras el nuevo presidente jura, los "pibes para la liberación" copan las barras y entonan cánticos de apoyo a Cristina mientras, desde sus bancas, los diputados de La Cámpora sonríen y saludan con los dedos en V.

A fin de cuentas, ese fue el cuadro en el que le tocó asumir a Scioli en 2011 su segundo período como gobernador bonaerense, en una jornada bochornosa donde no faltaron las trompadas. Eran los tiempos en los que Gabriel Mariotto aparecía como el "caballo de Troya" que, desde dentro del gobierno, lideraría la tarea de desgastar al gobernador.

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Nombres como Máximo Kirchner, Eduardo De Pedro, Andrés Larroque y Axel Kicillof no dejan mucho espacio para las dudas: habrá una potente avanzada cristinista en el Congreso. Sin olvidar, claro, al dueño de la campanita del Senado, el probable vicepresidente Carlos Zannini.

Esto confirma que no existe en la cabeza de Cristina la "doctrina Bachelet". Es decir, esa estrategia a la chilena consistente en favorecer el triunfo del contrincante de centro derecha (Sebastián Piñera, en su caso), que se haría cargo de pagar el costo político del ajuste de la economía, mientras ella lideraría la oposición para volver a competir cuatro años después.

En cambio, sí parece tomar cuerpo la otra alternativa de los politólogos: la "doctrina Putin-Medvedev". O sea, la de emular la táctica del líder ruso, quien cuando no pudo ser reelecto permitió que un dirigente de su confianza fuera presidente, pero manteniendo él las riendas del poder, dado que todos los resortes gubernamentales le mantenían lealtad.

Claro que en el caso argentino habría un detalle importante que lo tornaría diferente: cuando no fue presidente, Putin fue primer ministro y siguió actuando desde dentro del gobierno. En cambio, Cristina permanecerá en el llano.

Acaso ese sea, en este momento, el principal alivio y motivo de festejo de Scioli, después de haber tenido que hacer tantas concesiones: la sola idea de una Cristina en el Congreso dando discursos combativos, criticando las políticas sciolistas –con todo lo que eso significa desde el punto de vista de la atención mediática y desde la influencia sobre el resto de los legisladores–, debía ser una imagen de pesadilla para el presidenciable.

El copamiento kirchnerista

El gran tema a analizar en los próximos días es qué tan certera es la afirmación de que Cristina logró "coparle el Congreso" a Scioli. La sensación de las primera horas es que sí, pero se trata de un análisis más influido por nombres que por números.

Claro, los nombres rutilantes son 100% cristinistas en varias provincias. Pero los votos se cuentan de a uno y en el Congreso valdrá lo mismo el voto de Máximo Kirchner que el del más ignoto diputado que haya entrado último. Esos desconocidos para el gran público serán los que, en definitiva, marcarán el margen de gobernabilidad que tendrá un eventual gobierno sciolista. Serán 130 diputados y 24 senadores los que renovarán sus bancas; mitad de la cámara baja y la tercera parte del Senado.

Hay relativa certeza de que el peronismo seguirá manteniendo su predominio en el Senado, dado que quienes dejan sus puestos habían sido electos en 2009, cuando el oficialismo votó muy mal. Sería raro que ahora se pierda aún más representatividad parlamentaria.

En cambio, las cosas serán diferentes en Diputados. La mitad de las bancas que quedarán vacías corresponden a legisladores electos en 2011, cuando el kirchnerismo arrasó en la primera vuelta con el 54% de los votos. Y nadie, ni el más optimista de quienes impulsan la candidatura de Scioli, cree que esa cifra puede repetirse esta vez.

El día después

De manera que la lupa deberá ser puesta en la conformación de las bancadas legislativas. Esto no deja de llamar la atención en Argentina, un país tan apegado al presidencialismo extremo y tan alejado del estilo de los sistemas parlamentarios.

Sin embargo, empiezan a acumularse las señales en el sentido de que será en el Congreso donde se juegue gran parte de la suerte del próximo gobierno. Por caso, el diputado kirchnerista Carlos Kunkel adelantó que "los legisladores nacionales vamos a darle la gobernabilidad que merezca a quien ejerza el Poder Ejecutivo".

Hay mucha gente inquieta por esta situación. El economista Dardo Gasparré cree que el panorama es oscuro, gane quien gane: "Ninguno de los dos candidatos podrá per se negociar la deuda externa, privativo del Congreso, ni el presupuesto. Ninguno tendrá la ventaja de la cesión inconstitucional de poderes que hizo el Congreso a favor de Fernández".

En la misma línea, el economista Federico Muñoz cree que hay que descartar que un gobierno de Scioli pueda corregir las distorsiones del Instituto Nacional de estadísticas y Censos (INDEC) ni avanzar contra la inflación ni, sobre todo, recortar el déficit fiscal, que estima en 8 puntos del PIB.

Pero los análisis están marcados por la ansiedad. Todavía es pronto para saber qué ocurrirá. Primero, claro, porque hay que esperar el resultado de la votación. Y después, porque hay que esperar los realineamientos del día después de la votación. La historia reciente ha dado muchas muestras en ese sentido.

A fin de cuentas, ya pasó –primero con Carlos Menem y luego, con Néstor Kirchner– que un presidente logró ganarse la fidelidad de legisladores que durante la campaña no habían demostrado gran entusiasmo por la figura del candidato presidencial.

Y, en el caso del propio Scioli, contó con la ayuda de su anterior rival electoral, Francisco de Narváez, quien le prestó su apoyo cuando el gobernador sufrió por el "fuego amigo".

Ya pasó muchas veces y puede volver a pasar. En la próxima elección puede ocurrir que triunfe una corriente política con legisladores que, al día siguiente, se fracturen en una facción oficialista y en una opositora. Y que los diputados que ahora entren por el PRO y por el sector de Sergio Massa sean quienes se terminen alineando con el sciolismo.

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