Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

El médico y entre libros

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16 de diciembre de 2018 a las 05:05

El médico de libros
 

 

Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford.
Estimado Magdalena 

La diferencia entre la visión que uno tiene del futuro cuando está aún en el pasado, y la visión que uno tiene del pasado cuando ya está en el futuro, suele ser grande. Es natural que nos equivoquemos sobre el futuro, pues imaginamos lo que desconocemos esencialmente. Más curioso resulta que nos equivoquemos sobre el pasado -pero ahí están la memoria selectiva o los recuerdos recuperados para sostener la hipótesis. Hay una diferencia muy grande entre ese pasado -que, como dice Kowalska, está sellado para la eternidad y del cual, como dice Frankl, ningún perro ha de venir a mordernos- y lo que de ese pasado queda flotando en nuestro espíritu. 

Cuando elegí el camino de la Bibliotecología, suponía que mi elección profesional habría de permitirme inmensas horas de lectura financiadas por el Estado. Me proyectaba retirando y devolviendo libros de los estantes y requiriendo silencio a los charlatanes inoportunos. Pero, más que nada, leyendo.

Algo de todo eso he hecho. Pero -y ahora  permítame que mire desde el futuro hacia el pasado- creo que en estos años he aprendido a conocer los libros. Quizás no lo mejor de los libros que es el contenido que revelan sus signos, pero sí aquel otro aspecto sin el que no habría ni signos ni lectores. Me refiero al libro como objeto, como cosa que debe ser producida, guardada, preservada y hecha disponible para muchos. Vaya, esto ha sonado muy feo, pero puedo decirle que en esto ha consistido mi vida: en ser, como sugiere aquel famoso título, El guardian de los libros, y quizás también su médico.

Mi primer destino como Bibliotecario fue en la British Library, cuando aún era estudiante. La Biblioteca se encontraba entonces en los mismos edificios del British Museum, cerca de Trafalgar Square, en Londres. Allí trabajé varios veranos, en el sector de Archivos & Manuscritos, junto a un hombre extraordinario: Alyoshka Karamasov. 

Quédese tranquila, no estoy loco -o no, al menos, por esto que acabo de decir. Alyoshka no era, y nunca pretendió ser como ese personaje de La Rosa Púrpura del Cairo que sale de la pantalla hacia la vida real. No era, pues, ni pretendía ser, el hijo del infame Fyodor Pavlovich. 
Alyoshka, era un ciudadano del Zaire, huido del brutal régi-men de Mobutu. En alguna frontera remota, un buen (y culto) funcionario de la ONU, con la intención de protegerlo bajo un seudónimo, eligió aquél. Luego, como suele suceder, lo provisorio se convirtió en definitivo. Y Alyoshka se convirtió en el permanente negativo  (por color de la piel lo digo) de un mito literario.

Él me enseñó, con iguales dosis de paciencia y sabiduría, algo en lo que poco había yo pensado: y es que los libros son seres frágiles y amenazados. Un libro, no es, como podría parecer, un objeto destinado a durar siglos en las bibliotecas; es un ser que muy rápidamente llega a la senilidad, con síntomas muy parecidos a los humanos -incluyendo la incapacidad de retener y transmitir contenidos intelectuales. 
Si el hombre no interviniera con su maravillosa tecnología y sus asombroso ingenio, todas las bibliotecas del mundo no serían más que un montón de polvo, los restos de la enorme comilona del tiempo, en la que los libros habrían sido un pequeño -aunque a veces indigesto- entremés. 

Alyoshka Karamasov me enseñó -junto a las mejores técnicas de restauración de papel y de encuadernación- que los libros que hoy disfrutamos, pero muy especialmente los que nos llegan del pasado, son como Moisés, el niño que la hija del Faraón recogió de las aguas: ellos también han sido salvados de una muerte segura.

Ahora veo que mi vida de restaurador y de médico de libros ha sido muy distinta de la que alguna vez proyecté -aunque no he carecido de agradables lecturas en los trenes, como sabe. Pero las sorpresas han resultado, en este caso, mejores que los proyectos juveniles. 
¿Puedo pensar que esto es así, y aceptar la vida, no como el mero desarrollo de los que programé cuando era un ignorante condenado al fracaso, sino como un don que me ha superado y mejorado? Entonces habrá valido la pena llegar a viejo -tan viejo como aquellos volúmenes que Alyoshka acariciaba con sus manos negras y sabias en la sección de Archivos & Manuscritos de la British Library.

Ahora veo que mi vida de restaurador y de médico de libros ha sido muy distinta de la que alguna vez proyecté -aunque no he carecido de agradables lecturas en los trenes, como sabe. Pero las sorpresas han resultado, en este caso, mejores que los proyectos juveniles. 

 

Entre libros
 

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College
Estimado Leslie

 

Pensar puede ser muy abrumador, y hasta el mismo Nietzsche reconoció la necesidad de tener un “amigo” que pudiera rescatarlo cada tanto de esas profundidades abismales en las que lo sumergían sus elucubraciones filosóficas.  Claro que la tarea de Nietzsche fue ciertamente excepcional –hasta Freud lo reconoció como el filósofo que más se conoció a sí mismo-.  Pero todo ser humano (incluso los pensadores más aguzados) necesitan responder, tarde o temprano, al llamado a la quietud del alma, abrazando ocasionalmente lo que puede darse por sentado.  “No sólo de pan vive el hombre”, y tampoco solamente de pensamiento.


El intelectual típico es popularmente concebido como una persona seria y preocupada, con poca facilidad para reírse o tomarse las cosas a la ligera. Y aun siendo un mero prejuicio, es cierto que los caminos del pensamiento profundo e incisivo conducen a paisajes donde la angustia ya no encuentra ropaje alguno bajo el cual camuflarse.  Sí, pensar es un deleite, pero también puede ser sumamente agobiante…  
Si bien la frivolidad no goza de buena prensa, es posible que la lucidez intelectual encuentre, en la liviandad de lo superficial, un reducto eventual donde recuperarse y descansar.  Matizando un poco la sentencia de Milan Kundera, podemos conceder que la levedad no es siempre necesariamente insoportable: a veces es una ocasión propicia para liberarnos del agobio de una gravedad que se siente excesiva. No en vano Émil Cioran se definió a sí mismo como un hombre “frívolo y disperso”, después de  conocer a fondo “el inconveniente de haber nacido”. 

Pero no quiero desviarme del cometido al cual me siento convocada, así que retomaré el hilo de su misiva tan seria y profunda,  sospecho que precisamente debido a su alto contenido autobiográfico. Porque aunque pueda haber abundancia de muchas cosas, vida sólo hay una. 
¿Acaso existe un monumento a la seriedad más emblemático que una biblioteca pública? Salvando las distancias que, presumo, existen entre la British Library y nuestra Biblioteca Nacional, imagino que en ambas puede respirarse ese aire entre mágico y vetusto que inviste a lo que supo ser magnífico y se resiste a ser abolido, sosteniéndose en un prestigio que el paso del tiempo se esmera en eclipsar. El imposible afán de inmortalidad. ¿Existe algo más grave que esto?  Las bibliotecas son una especie en claro riesgo de extinción: la prueba más fehaciente es el asombro de los jóvenes (incluso los más leídos) cuando escuchan que, hasta no hace mucho tiempo, éstas eran un sitio obligado para ac-ceder a obras que hoy se encuentran a sólo un click de distancia. Es cierto que la tecnología nos asiste en la manutención de esos “seres frágiles y amenazados”, pero también es verdad que su impetuoso desarrollo representa la amenaza más ostensible contra la supervivencia de los libros. 

Imagino que, como bibliotecario, no le debe bastar con velar por la conservación material o física de esos niños indefensos amparados en los anaqueles de su biblioteca. Este es un cometido de lo más loable, ¡ni qué hablar!, pero intuyo que nada debe de complacerle más que prestarse a alzar a alguno de sus pequeños moiseses de sus cunas –esos estantes pletóricos de obras que ustedes recorren con total desenvoltura-  para ponerlo en las manos de un lector entusiasta. No solo de deshumificadores y plumeros viven las bibliotecas: para no fenecer, los libros necesitan ser recorridos por el tacto y la vista (y también por el olfato; ese aroma tan particular que emana de los libros bien podría haber inspirado, como las magdalenas, a Proust en su búsqueda del tiempo perdido).  

Para terminar, permítame hacerle una confidencia que sospecho puede llegar a escandalizarle, y por eso mismo he procurado mantenerla recluida dentro de los confines de mi salón de clase: desde siempre he persistido en la costumbre de estimular a mis alumnos a que subrayen sus libros y escriban en ellos las impresiones e ideas personales que les surgen mientras recorren sus páginas. Soy consciente de que este consejo puede ser interpretado como una afrenta al debido respeto que merecen los libros, pero siempre he creído que ellos son como las muñecas, cuya alma es alumbrada en las manos tan afanosas como desaliñadas de un niño. 
 

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