El novelista mexicano Jorge Volpi respiraba con dificultad, porque sus mucosas no resistieron tanto subirse a un avión y bajarse de otro. Llegó de Madrid –donde vive desde hace un año– a Buenos Aires. Estuvo allí un día y voló a Montevideo. Mañana regresa a la capital argentina y, luego, de vuelta a Madrid. “Tengo la tos de los aviones”, dice.
Pero, ¿por qué un escritor mexicano se interesa por una historia de amantes yanquis en la Europa de los años de 1920? “¿Por qué no?”, responde Volpi. “Es a través de ellos y de su anécdota que podemos ver el período de entreguerras en su complejidad, cuando el psicoanálisis se vuelve un movimiento global”, explica el autor. Es el interés en este fragmento de la historia privada del psicoanálisis lo que movió a Volpi a involucrarse de tal manera en la anécdota como para declarar “yo mismo fui Christiana Morgan”. Tanto en la vida real como en la novela, el psicólogo suizo Carl Jung hace de Christiana “una Sibila moderna”, como la define Volpi.
“En realidad, lo que me atrajo es la historia de amor como cierre de la tradición romántica en Occidente. A pesar del psicoanálisis, los amantes quieren llegar al amor absoluto, lo que es imposible. Por lo que significa otro fracaso de las grandes ideas modernas”, sintetiza el escritor. Según el propio autor, esta novela es coherente dentro del marco geenral de su obra.
“Después de 10 años de trabajo en la que llamé mi ‘trilogía del siglo XX’ (compuesta por sus novelas En busca de Klingsor, El fin de la locura y No será la tierra), donde se mezclan personajes reales y ficticios, esta novela se transforma en una especie de tetralogía”, explica.
Si bien la novela posee excelentes pasajes descriptivos, tanto de paisajes (los personajes viajan en barco y en tren, y esta es una buena excusa para que el paisaje tome protagonismo) como de diálogos, logra su tono en los diarios de Christiana, donde el lector accede a la corriente interna de sus sentimientos y percepciones (ver recuadro).
Un ruido que todavía suena
Aunque Volpi tenga una columna semanal en el diario Reforma y haya escrito varios ensayos sobre la realidad mexicana, los temas de “extranjeros” en sus novelas lo hacen un autor exótico.
Esa pasión por esas anécdotas se sustenta también en que Volpi trabajó tres años en el servicio diplomático mexicano, como agregado cultural en París; característica que comparte con nombres ilustres de las letras de su patria, como Octavio Paz, Alfonso Reyes y Amado Nervo, entre otros. “Es una características que compartimos con Chile también, donde Neruda y Jorge Edwards han sido embajadores”, dice Volpi.
Junto a Ignacio Padilla, Eloy Urroz y Pedro Ángel Palou, Volpi integra desde 1996 la llamada “generación del crack”, un grupo de escritores que redactaron un manifiesto que pretendía –aun desde la admiración por García Márquez–, cortar con esa tradición de realismo mágico en la literatura latinoamericana.
Desde entonces las cosas han cambiado. “Hoy hay muy buena literatura de casi todos los géneros en México”, opina Volpi, aunque destaca a dos autores de la llamada narco-literatura: Yuri Herrera y Martín Solanes. “También hay mucha mala narcoliteratura”, avisa el mexicano, que remata la charla argumentando que hay que escribir buena ficción, más allá del tema.
El resfrío le quitó a Volpi el apetito. Le pide por favor al mozo que se lleve su plato de carne uruguaya, ya fría.