Por motivos de fuerza mayor debí cambiar mi dirección de correo electrónico. La empresa a la que suscribí mi nueva cuenta permite trasladar desde la cuenta anterior la enorme cantidad de correos electrónicos recibidos a lo largo de una vida digital que, en mi caso, tiene unos 17 años, desde que mandara mi primer email en aquel 1998 tan recordado por todos los hinchas de Nacional.
El sábado pasado me referí en esta misma columna al Diario del escritor francés André Gide, quien mantuvo anotaciones personales durante más de seis décadas en forma de relación histórica de lo que le sucedía.
Salvando las gigantescas distancias, los archivos que quedan guardados en la memoria de una cuenta de email funcionan como la mejor forma de recordar tiempos pasados y situaciones que uno vivió en relación a su vida y a los personajes que se cruzan en nuestro camino. Salvo que alguien (no necesariamente escritor) llevara un racconto detallado de su vida diaria, antes de la existencia del correo electrónico solo las cartas cumplían de alguna forma ese contacto escrito que determinaba momentos de la vida.
Desde la popularización y la masividad de las cuentas electrónicas, se ha generado allí, de forma virtual, una memoria involuntaria (si es decidimos no borrar los correos) de nuestras acciones escritas con todo aquel que nos hallamos por diferentes razones y vías.
Desde familiares a compañeros de trabajo, desde amigos a parejas y ex parejas, de figuras conocidas e incluso bastante famosas a ilustres desconocidos que se comunicaron una vez y por equivocación con nosotros, el archivo del correo electrónico se vuelve entonces una fuente muy valiosa para reconstruir una vida, por lo menos desde el ángulo comunicativo.
Como cuando una llega a una vieja casa donde vivió y comienza a abrir antiguos cajones que todavía están intactos, la experiencia de releer viejos emails produce sensaciones ambiguas. ¿Cómo pude haber escrito esto? ¡Qué línea más hermosa, dedicada a alguien que luego solo produjo desazón! ¿Cuánto tiempo hace que no sé nada de la vida de fulanito? ¡Qué increíble, las cosas que pensaba y escribías en tal época...!
Aparecen, de forma sucesiva y alternada, la risa, la vergüenza, el orgullo, la formalidad, la indiferencia, el aburrimiento, la estupidez y la sabiduría. Mensajes de apoyo, de felicitación, de amor, de rabia, de consulta, de confesión, de amistad, de suma tristeza y de dorado cariño. El abanico es tan amplio como la densidad de la realidad.
Los correos son un reflejo de lo vivido y lo escrito, de la traducción del instante en el teclado. Uno tras otro, los mensajes del pasado responden a presentes concretos que o bien se fueron definitivamente o después se tradujeron en otros presentes, que concatenados se desplazaban hacia hoy. Los correos del pasado son un manantial invalorable e inagotable para todo aquel que desee emprender la extraña aventura de intentar escribir la propia historia.
En mi caso, desde que abrí mi cuenta personal hace 17 años, recibí unos 16 mil emails y quizás haya mandado una cantidad similar. Quizás, más todavía. Es mucha comunicación. Y no estoy contando las redes sociales y nuevas formas de compartir imágenes, sensaciones y opiniones. Algunos se borran para siempre, otros se mantienen para siempre en la mente, como el aprendizaje de un poema que adoramos.
Si se imprimieran todos juntos formarían capas y capas de papel, en muchos casos inútil. Esa sería una actitud poco amigable con los bosques del planeta. Pero en otros casos, el valor de la palabra representa una pequeña obrita maestra, digna de cualquier antología de un nuevo género que debería bautizarse como "literatura casual". Por suerte, el archivo del email salva esos milagros, dentro del enorme océano de descartes.