Quienes son suficientemente memoriosos, sumamente viejos o sistemáticos lectores, (de libros y hemerotecas, en Internet se borró deliberadamente casi todo), recordarán que el peronismo original se presentaba como el arma para combatir al socialismo, que por entonces había adoptado el nombre de comunismo, bajo la dictadura estalinista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Un cierto parecido con el fascismo de Franco, que se ofrecía como una alternativa al nazismo, y en pago de ese servicio perpetraba y perpetuaba una abierta dictadura.
Pronto el autodenominado movimiento justicialista, (justicialismo era la justicia no ciega, vidente, que había inventado el Líder, y que se resumió con tanta perfección en la imagen del billete de un peso sin la venda en los ojos) declaró que una de sus tres columnas vertebrales sería el sindicalismo, que rápidamente alzó la bandera de ser también el mecanismo que impediría la proliferación del socialismo en Argentina.
En las siguientes 7 décadas el peronismo fue de a poco cambiando de posición, porque una vez lanzado el tome y daca de prebendas y garantías infinitas a la sociedad, la trampa funciona al revés, y los sobornados con la coima del facilismo y el subsidio pasan a exigir de los gobernantes o candidatos lo que antes era una limosna o un soborno. Desde el regreso de Perón, incluyendo el golpe militar, eso fue creciendo y el peronismo poco a poco pasó a usar la ideología y la metodología de la izquierda, que es siempre marxista, cualquiera fuera la negación que esgrimiese.
Puede decirse que desde el Proceso en adelante todo el accionar político se basó en un populismo duro o alternativamente en un populismo civilizado pero igual de grave, según quien gobernara, que llevó a un aumento del déficit, de los impuestos, de la deuda impagable y de la inflación, que son las etapas que recorre el neomarxismo antes de fundirse y proceder al autoritarismo.
Salvo el breve instante de Menem, que, además de sus errores técnicos y abusos éticos abortó su racionalidad con la reelección, la tumba de la democracia nacional moderna.
El kirchnerismo, la franquicia peronista de los últimos 18 años, agregó ideología (o conveniencia) al proyecto. Su solidaridad ciega con Cuba, Venezuela, y cuanto proyecto dictatorial de izquierda regional se presentase, (reproducido por la política exterior uruguaya durante la gestión del FA) aumentó la mimetización con el socialismo latinoamericano y bergogliano, que intenta repartir la riqueza antes de que exista y que parte siempre de odiar al capitalismo, la empresa y la propiedad privadas, la producción y cualquier forma de esfuerzo y trabajo.
En ese paso no sólo se limitó a apoyar a los tiranos, sino que aumentó hasta la exageración en lo interno la repartija y la dádiva, transformando a más de la mitad de la población en mendigo del estado.
Ese proceso llegó ahora a la exageración de promover la sindicalización y estatización del piqueterismo, que defiende con más fuerza los derechos de los que no trabajarán jamás que el sindicalismo orgánico que supuestamente defiende a los que trabajan. Ese proceso, del que difícilmente se pueda volver una vez que se entró, condena a cualquier alternativa política a mantenerlo y reproducirlo, so pena de transformar al país en ingobernable. De ahí que se haya creado la mentalidad de que sin el peronismo no se puede gobernar, cuando la realidad es que, como se ve hoy claramente, con el peronismo tampoco.
Endeudado, con déficit crónico entronizado, sin confianza, con gasto delirante, con inflación obvia e incontrolable, con merecida fama de corrupto y con la imposibilidad de reducir el reparto de felicidad, abolicionismo, mapuchismo, derrotado, el gobierno peronista, no sabe cómo seguir. Inventa entonces un gran acuerdo nacional en el que nadie sensato puede creer, para aprobar un plan de varios años que intenta perpetuar el gasto, y bajar el déficit con nuevos impuestos y retenciones que garantizan la pobreza por muchos años, tal vez una manera tangencial para lograr la igualdad generalizada, el Gini cero, de riqueza cero, inversión cero, empleo cero.
De todo lo malo que se le puede imputar al peronismo, lo peor es esa mimetización con el socialismo con cualquier apodo, al haber naturalizado el gasto desopilante, el endeudamiento para pagar gastos o controles del tipo de cambio que afectan la libertad, la propiedad y la producción, y acostumbrado al país a la inflación sistémica, provocada únicamente por la emisión para cubrir el exceso de ese gasto.
En un universo en que el socialismo se arroga la potestad de redefinir la democracia según le vaya conviniendo, eliminar el déficit, el endeudamiento, la inflación sistémica, el gasto excesivo debería ser también un requisito ineludible del sistema político para ser considerado democrático. Porque nada destruye más a una democracia que una economía sin crédito, sin confianza, sin moneda, sin inversión y sin empleo ni propiedad privadas, lo que lo pone a merced de cualquier aventurero, de cualquier grupo, de cualquier corporación, sin justicia, sin defensa, sin futuro. Ese es el resultado matemático del populismo. No hay democracia posible con default de cualquier tipo, sea declarado o en proceso de negación o eternización. Vale para Argentina, vale para todos. La diferencia es sólo una cuestión de tiempo. Y el populismo es tal aunque sea educado y gentil.
El peronismo reaccionó al pésimo resultado electoral con un ramillete de relatos y mentiras. Primero llamó a un acuerdo con la oposición y las corporaciones sindicales y empresarias amigas para acordar un plan que es más estatismo, más populismo y fija el gasto delirante, lo que supuestamente se atribuye a una exigencia del FMI. Nadie que no quiera ser considerado un traidor, un canalla o un irresponsable puede concordar con eso. El gobierno quiere atar ese plan quinquenal irresponsable con lo que le requiere el FMI para un arreglo con alfileres, y llamar antipatria a los que no lo aprueben. El FMI necesita lavar sus culpas por la generosidad que tuvo con Macri y la tolerancia cómplice que tuvo con el default del peronismo, que ocultó. Se le intenta ofrecer un plan forzado que trata de tapar el agujero del gasto con un agujero impositivo peor.
Al mismo tiempo, y como si fuera parte de ese arreglo, se propone visonariamente un acuerdo electoral del peronismo para 2023, una especie de interna generalizada al estilo de Menem, el único presidente peronista elegido por las bases, que transforma a todas las listas justicialistas en colectoras de Cristina senadora.
Tampoco tendrá apoyo alguno en la interna, pero consiguió que mágicamente, muchos comunicadores hablaran de un renacimiento de Alberto, un abroquelamiento para quitarle poder y decisión a Cristina, falso de toda falsedad. Alberto es un pelele, para usar un viejo término que describe con precisión la situación.
No hay sobres ni operación que lo rescaten de ese lugar. También, como si el trasplante del ADN socialista hubiera prendido, como decían las viejas de las vacunas, se está intentando con un proyecto de ley de apuro, forzar la democracia directa en los mecanismos de plebiscito popular, en contra de lo que dice la Constitución, pero en línea con la moda del socialismo papal de Puebla, que redefine la democracia cuantas veces le conviene, quiere transformar con un pase de magia la derrota en victoria celebrable. El ARN mensajero del materialismo dialéctico.
Todo el sistema político se siente y sentirá obligado a arreglar con el Fondo Monetario, pero salvo que algunos opositores se cieguen con la ambición de poder o con algún otro estímulo, nadie se suicidará aprobando un plan como el que sueña el peronismo-socialismo. Ni en las declaraciones ni en el Congreso. Eso incluye a las aprobaciones que requieren los dos tercios del Senado para la Corte y la Procuración General, y las designaciones del Consejo de la Magistratura.
Hay otra mentira implícita: la leyenda urbana de que Alberto no puede gobernar ni negociar, pero Cristina y algún otro elegido sí puede hacerlo. No parece ser eso lo que indican los resultados de las elecciones, ni lo que creen el FMI y Wall Street, ni los mercados paralelos, o mercados libres, como se guste. Claro que siempre es posible que el peronismo, copiando al socialismo latinoamericano, encuentre la excusa para descalificar el resultado electoral e invente una nueva definición para el concepto de democracia que anule el resultado del voto. El materialismo dialéctico sembró el mundo con una pandemia de imaginativos. l