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El presidente ha desaparecido

Un adelanto del primer capítulo del thriller de Bill Clinton y James Patterson, que relata la historia de un mandatario a punto de ser destituido. Estará a la venta en Uruguay desde el 28 de junio

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24 de junio de 2018 a las 05:00

Se abre la sesión de la comisión de investigación de la Cámara...

Los tiburones dan vueltas en círculo, excitados por el olor de la sangre. Son trece, para ser exactos, ocho de la oposición y cinco de mi partido, para enfrentarme a los cuales he estado organizando mi defensa con abogados y asesores. He aprendido por las malas que, por muy preparado que estés, ante un depredador, pocas defensas valen. Llega un momento en que no te queda otra que entrar al trapo y contraatacar.

"No lo haga, señor –volvió a suplicarme anoche mi jefa de gabinete, Carolyn Brock, como lo ha hecho ya tantas veces–. No acuda a la vista oral de esa comisión. Tiene todas las de perder. No puede responder a sus preguntas, señor".

"Será el fin de su presidencia".
Exploro los trece rostros que tengo enfrente, sentados en una fila interminable, como una moderna inquisición española. El hombre de pelo cano instalado en el centro, detrás de una placa que reza Sr. Rhodes, se aclara la garganta.

Lester Rhodes, presidente de la Cámara, no suele participar en las vistas de la comisión, pero esta vez ha hecho una excepción y ha llenado su lado del pasillo de miembros del Congreso cuyo objetivo principal en la vida parece ser sabotear mi agenda y destrozarme, política y personalmente. La brutalidad en la conquista del poder es más antigua que la Biblia, pero algunos de mis rivales me odian a muerte. No les basta con hacerme perder el cargo. No se darán por satisfechos hasta que me metan en la cárcel, me destripen y me descuarticen, y me borren de los libros de historia. Dios, si por ellos fuera, prenderían fuego a mi casa de Carolina del Norte y escupirían sobre la tumba de mi esposa.

Estiro del todo el soporte flexible del micrófono para acercármelo a la boca. No quiero inclinarme para hablar mientras los miembros de la comisión están erguidos en sus sillones de piel como reyes y reinas en sus tronos. Inclinado parecería débil, sumiso, y daría la impresión de que me encuentro a su merced.
Estoy solo en mi sitio. Sin asesores, ni abogados, ni apuntes. El pueblo estadounidense no me va a ver cuchicheando con ningún letrado, ni tapando el micro con la mano y destapándolo después para declarar: "No tengo un recuerdo específico de eso, congresista". No me escondo. No tendría que estar aquí, y, desde luego, no me apetece nada estar aquí, pero estoy. Yo solo. El presidente de Estados Unidos frente a una turba de acusadores.

En un rincón de la sala se encuentra el triunvirato de mis colaboradores más cercanos: la jefa de gabinete, Carolyn Brock; Danny Aker, amigo de toda la vida y consejero de la Casa Blanca; y Jenny Brickman, subjefa de gabinete y mi principal asesora política. Todos ellos estoicos, impasibles, preocupados. Ninguno quería que hiciese esto. Los tres pensaban que iba a cometer el mayor error de mi presidencia.

Pero aquí estoy. Ha llegado el momento. Ahora sabremos si estaban en lo cierto.

–Señor presidente...
–Señor presidente de la Cámara...

En teoría, en este contexto, debería llamarlo "señor portavoz", claro que lo llamaría muchas cosas, pero no voy a hacerlo.

Esto podría empezar de muy distintas maneras: con un discurso de autobombo disfrazado de pregunta del presidente de la Cámara, con unas discretas preguntas introductorias... Pero he visto suficientes videos de Lester Rhodes interrogando a testigos antes de que fuese presidente, cuando era un congresista más de la comisión de supervisión de la Cámara, para saber que suele empezar fuerte, ir directo a la yugular, desconcertar al testigo. Es consciente –lo es todo el mundo desde que, en el debate presidencial de 1988, Michael Dukakis dio una respuesta poco convicente a la primera pregunta sobre la pena de muerte–, es consciente de que, si das el mazazo al principio, nadie recuerda nada más.

¿Seguirá el mismo plan de ataque con un presidente en activo?
Pues claro que sí.

–Presidente Duncan –empieza–, ¿desde cuándo nos dedicamos a proteger a terroristas?
–No lo hacemos –contesto tan rápido que casi no lo dejo terminar de hablar, porque no se puede dar pábulo a una pregunta así–. Ni lo haremos jamás. Al menos mientras yo sea presidente.
–¿Está seguro de eso?
¿He oído bien? Se me enciende la cara. No ha pasado ni un minuto y ya ha conseguido irritarme.
–Señor presidente de la Cámara –contesto–, si lo digo es porque lo creo así. Que quede claro desde el principio. No nos dedicamos a proteger a terroristas.

Hace una pausa después de ese recordatorio.

–Bueno, señor presidente, a lo mejor se trata de una sutileza lingüística. ¿Considera usted a los Hijos de la Yihad una organización terrorista?
–Por supuesto.
Mis asesores me han aconsejado que no diga "Por supuesto"; puede sonar pretencioso y condescendiente si no se emplea en el momento oportuno.
–Y ese grupo ha recibido el apoyo de Rusia, ¿no es así?
Asiento con la cabeza.
–Rusia ha ofrecido apoyo ocasional a los Hijos de la Yihad, sí. Y nosotros hemos condenado ese apoyo a este grupo y a otras organizaciones terroristas.
–Los Hijos de la Yihad han cometido atentados en tres continentes, ¿correcto?
–Esta es una afirmación acertada, sí.
–¿Son responsables de la muerte de miles de personas?
–Sí.
–¿Ciudadanos estadounidenses entre ellos?
–Sí.
–¿De las explosiones del hotel Bellwood Arms de Bruselas, donde fallecieron cincuenta y siete personas, incluida una delegación de legisladores de California? ¿Del pirateo del sistema de control del tráfico aéreo de la República de Georgia que hizo caer a tres aviones, uno de los cuales trasladaba al embajador georgiano a Estados Unidos?
–Sí –digo–. Ambos atentados ocurrieron antes de que yo fuera presidente, pero, sí, los Hijos de la Yihad reivindicaron los dos...
–De acuerdo, entonces hablemos de lo sucedido desde que usted es presidente. ¿No es cierto que, hace solo unos meses, los Hijos de la Yihad piratearon lo sistemas militares israelíes e hicieron pública información clasificada sobre operativos y movimientos de tropa secretos?
–Sí, es cierto –contesto.
–Y mucho más cerca de aquí, en la vecina Canadá –prosigue–, la semana pasada sin ir más lejos, el viernes 4 de mayo, ¿no piratearon los Hijos de la Yihad los ordenadores que controlan el metro de Toronto para apagarlos, con lo que causaron un descarrilamiento en el que fallecieron diecisiete personas, hubo decenas de heridos y miles de viajeros quedaron atrapados en la oscuridad durante horas?

Es cierto que aquello también fue obra de los Hijos de la Yihad, y su recuento de víctimas es exacto, pero la organización terrorista no lo consideró un atentado, sino un ensayo.

–Cuatro de las personas fallecidas en Toronto eran estadounidenses, ¿correcto?
–Correcto –digo–. Los Hijos de la Yihad no reivindicaron ese atentado, pero creemos que fue obra suya.
Asiente, consulta sus apuntes.
–El líder de los Hijos de la Yihad, señor presidente, es un hombre llamado Sulimán Cindoruk, ¿es así?
Ya empezamos.
–Sí, Sulimán Cindoruk es el líder de los Hijos de la Yihad –digo.
–El ciberterrorista más peligroso y activo del mundo, ¿verdad?
–Yo díría que sí.
–Un musulmán nacido en Turquía, ¿correcto?
–Nació en Turquía, pero no es musulmán –le corrijo–. Es un nacionalista extremo laico que se opone a la influencia de Occidente en Europa central y del sudeste. Su "yihad" no tiene nada que ver con la religión.
–Eso es lo que dice usted.
–Eso es lo que dicen todos los informes de inteligencia que he leído hasta la fecha –contesto–, y usted también, señor presidente de la Cámara. Si quiere convertir esto en una diatriba islamofóbica, adelante, pero con eso no conseguirá que nuestro país esté más seguro.
Logra esbozar una sonrisa burlona.
–En cualquier caso, es el terrorista más buscado del mundo, ¿cierto?
–Queremos atraparlo –digo–. Queremos atrapar a cualquier terrorista que intente hacer daño a nuestra nación.

Hace una pausa. No tiene claro si volver a preguntarme: "¿Está seguro de eso?". Como lo haga, me va a costar una barbaridad no volcar esta mesa y agarrarlo por el cuello.

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