En 1703, Londres todavía no era la capital del mundo, la auténtica metrópolis del planeta que sería solo un siglo y monedas después. Pero sí era una ciudad donde unas décadas antes se habían producido revoluciones políticas y de organización social, florecían las ideas liberales y comenzaban a forjarse los grandes sistemas de pensamiento que influirían hasta el presente en las sociedades de Occidente.
La libertad de expresión estaba extendida, pero también las leyes que reprimían los libelos y los panfletos por los que políticos, gobernantes y magistrados se ofendían. Uno de los más conocidos poetas y panfletistas de Londres era Daniel Defoe, el futuro autor de Robinson Crusoe.
Hacia finales de 1703, Defoe se encontraba en prisión porque había escrito un panfleto que había ofendido al partido tory y a un juez en particular. Como era común en esa época, Defoe terminó tres días en la picota pública, con sus brazos y su cabeza atrapados por los maderos durante día y noche. Luego de ese suplicio fue a prisión.
Sobre finales de noviembre, un día Defoe sintió un fuerte viento que soplaba sobre la ciudad, cuya intensidad comenzó a crecer en las jornadas siguientes, alcanzando ráfagas terribles que destruyeron muchos edificios, arruinaron granjas y molinos, puentes y demás construcciones, así como arrasó con buena parte de la flota pesquera y militar inglesa.
La vida del propio Defoe corrió riesgo, pues la pared de la celda donde se encontraba en la prisión se derrumbó. Un político intercedió por él y logró la libertad. Pero la tormenta continuó su desarrollo y sumió a Inglaterra en un caos de destrucción que se cobró más de 8.000 muertos entre tierra y mar, derribó miles de árboles (el propio Defoe contó unos 17 mil en el condado de Kent hasta que se “cansó de contar”).
Cuando se dio cuenta de la dimensión que había tenido el vendaval se le ocurrió la idea de escribir un relato de lo que había sucedido.
Comenzó a estudiar el fenómeno físico y meteorológico del viento, desde lo que habían reflexionado los científicos de la antigüedad hasta su presente, y además pensó en que la narración debería estar compuesta de diferentes voces que vivieron la tormenta desde distintos sitios y circunstancias. Sin saberlo, estaba creando la primera crónica periodística.
A pesar de que cuando se publicó el libro, a mediados de 1704 a través del editor John Nutt, Defoe utilizó el análisis último de las causas de la tormenta (finalmente inconclusas) como un signo de la existencia detrás de las tramas de la naturaleza de un dios todopoderoso y como un castigo para los ateos, en realidad la parte principal de su relato está compuesta por los testimonios terrenales de simples mortales que sobrevivieron al huracán.
El método que utilizó Defoe fue genial. Puso avisos en los periódicos para que la gente le enviara por carta (a costo del autor) las versiones de cómo vivieron la tragedia natural.
Y de a poco, las cartas de esos corresponsales improvisados comenzaron a llegar al hogar del escritor. Así, por ejemplo, nos enteramos de que el viento tumbó el campanario de una iglesia y cayó sobre una casa donde había una mujer. Los vecinos creyeron que la mujer había muerto, pero horas después surgió viva de entre los escombros. Otra historia cuenta de la anécdota del capitán de un barco, que se suicidó pensando en que se venía lo peor y su barco finalmente no naufragó. Y así por cientos.
El escritor vio el filón (necesitaba dinero para mantener a su prole de siete hijos luego de estar en la cárcel) y el libro resultante fue un éxito. La obra se llama La tormenta (The storm) y está disponible íntegra en varios sitios de internet. Su lectura no solo es una reverencia a Defoe y a los inicios del periodismo, sino una forma de llegar a la intimidad de una manera narrativa de aprehender la realidad.