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El regreso de Springsteen, un eterno cronista de la realidad estadounidense

Hace 35 años se editaba Born in the USA, uno de los discos más exitosos de Bruce Springsteen, con gran implicancia política. Western Stars propone un viaje por la Norteamérica profunda y no escapa al complejo mapa político de la actualidad

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29 de julio de 2019 a las 05:00

El 19 de setiembre de 1984, durante la campaña electoral que desembocaría en su reelección como presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan ofreció un discurso en el pueblo de Hammonton, en New Jersey, donde intentó ganarse los votos locales. “El futuro de los Estados Unidos reside en los miles de sueños dentro de sus corazones, reside en el mensaje de esperanza que transmiten las canciones que tantos jóvenes estadounidenses admiran; las canciones del artista de Nueva Jersey, Bruce Springsteen. Y mi trabajo consiste en ayudarlos a que esos sueños se hagan realidad”, dijo Reagan, refiriéndose al por entonces flamante Born in the USA de Springsteen. Seguramente Reagan se dejara llevar por el potente estribillo de la canción que da título al álbum y que ante una escucha apresurada bien puede pasar por grito triunfal o patriótico. Lo que Reagan –o su asesor de campaña– pasó por alto fueron los versos en los que Springsteen lanzaba dardos envenenados contra el sistema y exponía el drama de los veteranos de la Guerra de Vietnam.

Hace 35 años, con Born in the USA, Springsteen cartografiaba la Norteamérica profunda, esa enorme franja de tierra inhóspita que se extiende entre California y Nueva York, un lugar de sueños americanos pero también de pesadillas. El “viejo mundo cruel” de Cover Me, el trabajador al que echan del “almacén de madera” en Downbound Train, las relaciones disfuncionales de I’m Goin’ Down, el recuerdo de tiempos pasados y mejores de Glory Days, componen, aún hoy, una suerte de gran novela americana del rock. Ahora, con Western Stars, una decena de álbumes después, Springsteen vuelve a firmar un disco de época, esta vez con Donald Trump en busca de la reelección.

Nacido en los Estados Unidos

Bruce Springsteen (1949) creció en una casa ubicada en la calle Randolph, en el barrio de Freehold, New Jersey, en el seno de una familia de ascendencia italiana e irlandesa. Hace cinco años, sin saber muy bien por qué, decidió volver al barrio después de varias décadas y lo encontró prácticamente intacto. Había, sin embargo, algo que faltaba: el gran árbol ubicado en la puerta de su casa, en el que los niños del barrio habían pasado gran parte de su infancia, ya no estaba. “No estaba, pero seguía allí. El mismo aire y el espacio sobre él seguían ocupados por la forma, el alma y la erguida presencia de mi viejo amigo, sus ramas y hojas ahora delineadas y atravesadas por el cielo nocturno y las estrellas. Un cuadrado de tierra mohosa, cincelado sobre el asfalto del aparcamiento al borde de la acera, era todo lo que quedaba. Todavía se distinguían algunas raíces serpenteantes, levemente sepultadas bajo el polvo y la tierra, y allí se veía claramente el arco de mi árbol, el arco de mi vida. La vida de mi gran árbol no podía ser aniquilada ni borrada por un edicto del condado ni por un hacha. Su historia, su magia, eran demasiado antiguas, demasiado fuertes”. La anécdota, narrada por el propio Springsteen hacia el final de su imprescindible autobiografía titulada Born to Run (Literatura Random House, 2016), funciona a la vez como metáfora de la actual situación –musical y social– de los Estados Unidos.

No es casualidad que haya sido Springsteen el autor de uno de los libros más lúcidos e interpelativos  acerca del devenir estadounidense de los últimos cincuenta años. Springsteen pertenece al selecto club de músicos que asaltan las fronteras de la literatura, como Bob Dylan, con quien comparte, además, el estatus de figura estadounidense  incomprendida. Si a Dylan le quisieron enchufar a como diera lugar la bandera del movimiento contracultural, a Springsteen lo han confundido más de una vez con el típico patriota norteamericano. Pero Springsteen es más que eso: es un agudo cronista con lápiz y guitarra, una habilidad que luce intacta. El 14 de junio salió al mercado Western Stars, su nuevo álbum de estudio, el primero con material inédito desde Wrecking Ball (2012) y el decimonoveno de una carrera que pasa las cuatro décadas y se remonta al lejano pero inoxidable Greetings from Asbury Park, N.J. (1973). Es, además, una nueva aventura de Springsteen sin la compañía de la histórica E Street Band, su banda de apoyo habitual, algo que no ocurría desde Devils and Dust (2005).

Un viaje al lejano oeste

Si Born in the USA era un álbum de hits contundentes que enganchaban desde la primera escucha –Dancing in the Dark, No Surrender y Bobby Jean, por mencionar solo algunos– Western Stars es lo opuesto. El nuevo trabajo de Springsteen es un ejercicio de estilo, casi un salto al vacío si consideramos toda su carrera, trece canciones orquestales que bien podrían ser la banda sonora de una película del lejano oeste. Springsteen, antes de quedar preso de su propio mito, prefiere bucear en el country californiano clásico que parodiarse a sí mismo con riffs de estadios, algo que venía evidenciando en trabajos anteriores, discos que se dejaban escuchar pero que palidecían ante sus propios antecesores imbatibles como Born to Run (1975) o The River (1980). Springsteen empezaba a correr serio riesgo de convertirse en una estatua de sí mismo –un destino al que parecen condenados muchos artistas de rock cuando pasan los cuarenta– pero su nuevo álbum, en el acierto y en el error, los salva. En este caso se inspira en los sonidos country-pop-rock de fines de los sesenta y principios de los setenta pero no por simple nostalgia sino para apropiarse de ellos. En este sentido, por su carácter introspectivo, dialoga con el reciente Springsteen on Broadway, el muy buen unipersonal producido por Netflix en el que el músico repasa su vida y obra ante el público, solo acompañado por su voz, su guitarra y sus anécdotas.

Dentro del vasto repertorio springsteeniano, Western Stars se ubica en la vereda de los trabajos más íntimos y acústicos –entre Nebraska (1982) y The Ghost of Tom Joad (1995)–, aunque no es un country a secas, sino un country con una pátina pop muy cuidada. Las cuerdas, los pianos y los vientos que atraviesan el disco, con especial atractivo en Hello Sunshine, Moonlight Motel y The Wayfarer, han sustituido los estallidos de las guitarras eléctricas que adornaron sus grandes éxitos ochentosos. Quien espere contrastes entre un tema y otro seguramente saldrá decepcionado o se sorprenderá por la continuidad que mantiene toda la obra. Este es el punto más discutible del disco: el que sintonice con su orquestación quedará hipnotizado durante cincuenta minutos; el que no, por el contrario, lo encontrará monótono. Lo que sí sorprenderá a todos es la buena salud vocal de Springsteen y la aparición de ciertos registros inusuales en su repertorio, siendo el más evidente el del estribillo de “There Goes My Miracle”, otro punto alto del conjunto. “Chasin’ Wild Horses” es por su puntillosa instrumentación expansiva y su letra evocativa una de las mejores muestras del disco. “Tucson Train” es lo más parecido a un hit marca Springsteen en un álbum que se concibe como álbum –es decir, como un conjunto de canciones que dependen una de la otra para conformar una obra completa– en tiempos donde se impone el formato random de la playlist. Estamos ante un disco de saloon más que de estadios –será interesante ver cómo se incorporan sus canciones al vivo– que crece con cada escucha y vuelve a recorrer el mapa estadounidense para fotografiar una época.

 

 

 

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