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Jodie Comer en El último duelo

Espectáculos y Cultura > Cine

El último duelo, una épica medieval cuya mayor batalla es entre la verdad y el silencio

La última película del director Ridley Scott es una historia medieval que pone a la voz de la mujer en el foco y que trae aire nuevo a una época que apesta a podrido

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17 de octubre de 2021 a las 05:00

El medioevo no tiene demasiadas sorpresas, y en el cine lo aprendimos casi todo: que los castillos son fríos, que los hombres son o crueles u honorables, que a los reyes en general les queda grande el trono, que si tenés caballos en batalla tenés ventaja, que las ciudades son una mugre, que si llegás a los 50 años tenés suerte, que la peste es implacable, que la ruina puede estar escondida entre las almenas y los muros helados de los fuertes diseminados por toda Europa, y que para ser caballero se necesita algo más que el decreto real, porque está claro que no es tan fácil, tan lineal, tan poco cinematográfico. 

Así, con más o menos variables, con más o menos prestigio de parte de sus realizadores, las películas que toman este período de la humanidad para contar historias de castillos y héroes apuntan más o menos a lo mismo. Pero, está claro, las excepciones a la regla existen y este año tenemos al menos dos. Son dos películas que revuelven entre los yelmos y las lanzas rotas ciertas temáticas que se escapan por la tangente. La primera de ellas es The Green Knight, de David Lowery y que todavía no se ha visto oficialmente en Uruguay, un relato fabuloso y estrambótico que toma una historia enmarcada en la leyenda del rey Arturo para enhebrar una radiografía sobre el paso del tiempo, el honor y la abnegación. Y otra propuesta mucho más terrenal, actual y brutal es la que busca la segunda película que en 2021 saca al medioevo de sus cauces: se trata de El último duelo, la última realización de Ridley Scott, que se estrenó este jueves en salas locales.

 

Con guion de los amigotes Matt Damon y Ben Affleck –que vuelven a escribir juntos muchos años después de la oscarizada En busca del destino–, a los que se suma Nicole Holofcener, El último duelo explora y tira líneas sobre una temática para la que no se precisa ir demasiado al pasado, que todavía pelea por su espacio en el presente, y que en la Edad Media lisa y llanamente no existía: la voz de la mujer. 

La película comienza por su clímax, en este caso un duelo a muerte –el duelo del título– entre dos escuderos del reino de Francia que tiene lugar en una arena de batalla, en un París helado, horrible y desprovisto de cualquier encanto. De un lado está Jean de Carrouges (Damon), el agraviado, y del otro Jacques Le Gris (Adam Driver), el agresor. No sabemos lo que pasó entre ellos –bueno, sí sabemos: está en el trailer–, pero está claro que el encontronazo es brutal, que el odio cabalga con ellos en la justa que abre la pelea y que, encadenada desde lo alto, observa Marguerite de Carrouges, la esposa de Jean. Y tras ese arranque impactante, la película pega un volantazo al pasado y, a la mejor manera de Rashomon, contará tres verdades: la de De Carrouges, la de Le Gris, y finalmente la de Marguerite. Tres episodios en donde se repetirá el mismo hecho desde tres perspectivas diferentes.

¿Pero de qué verdad estamos hablando? Bueno, de la que resuelve el caso que dispara el duelo. Y el caso es, en pocas líneas, este: en Francia, que acaba de quedar en la ruina después de la guerra de los Cien Años, es el año 1386 y los nobles la pasan mal. De Carrouges y Le Gris son grandes amigos y compañeros de batalla. Ambos responden al mismo señor feudal, pero las cosas a Le Gris le van mejor y a De Carrouge bastante peor. El primero es una especie de playboy medieval capaz de manejar a la perfección las finanzas de un conde ligero –Affleck, con un pelo rubio teñido espantoso–, mientras que el segundo es una especie de bestia desgraciada que sufre revés tras revés. Las cosas se ponen bastante complejas cuando De Carrouge se casa con Marguerite –Jodie Comer, la protagonista del éxito televisivo Killing Eve–, la hija de un hombre que está lleno de deudas, y a Le Gris se le cruza por la cabeza que está enamorado y que debe ser su mujer. Con la ceguera de este “amor” y la mala costumbre de tener todo lo que quiere a la mano, incluidas las mujeres, Le Gris aborda a Marguerite y una noche en la que la encuentra sola la viola. Marguerite, humillada y herida, le dice a su marido lo que pasó, le dice que no piensa callarse y que le contará a todos. De Carrouges primero duda, después se enoja, después la apoya, ambos se embarcan en una cruzada por la verdad y, evidentemente, todo termina en el enfrentamiento con el que Ridley Scott nos recibe. O sea: a los tortazos. A muerte.

Si usted, lector, ha leído las líneas anteriores y se encuentra insultando por lo bajo a quien firma por la cantidad de datos de la trama revelados, no tema: todo lo que se dijo es parte del argumento básico, se encuentra en los adelantos y, sobre todo, es la base del hecho real acontecido en la Francia del siglo XIV que inspira esta producción, y que también sirvió de fuente para el libro que los guionistas utilizaron como material principal, titulado El último duelo: una historia real de crimen, escándalo y juicio por combate en la Francia medieval. 

Matt Damon en El último duelo

Por otro lado, conocer de antemano de qué versa la nueva propuesta del director de Gladiador y Alien no le resta en absoluto a su experiencia, porque lo que vale la pena de El último duelo es, sobre todo, la capacidad que tiene, a lo largo de su extenso metraje que pasa las dos horas y media, de explorar el entramado de la subjetividad, de hincarle el diente a la manera en la que las visiones del mundo se refractan dependiendo el punto de vista, y la forma en la que una simple mueca mal identificada puede desencadenar tormentos espantosos. Y, bueno, no vamos a mentir: la intensa, brutal y espectacular secuencia final, que en sus últimos veinte minutos se desenvuelve con toda la capacidad épica que su director tiene para ofrecer.

Pero, de nuevo, más allá de esa escena y alguna que otra escaramuza aislada, El último duelo resulta sorprendentemente íntima y “conversada”. Es una película donde cada capítulo modifica las nociones que se tienen de los personajes, donde un hombre honorable se puede convertir en una bestia indiferente y orgullosa según cómo se lo mire, o un buen amigo en un embustero irredento. En ese sentido, es el episodio donde Marguerite se pone la historia al hombro –que la película se encarga de subrayar que es la verdad– donde El último duelo abraza su costado más contemporáneo, y es también donde más se nota la mano de Holofcener como guionista, que se encargó especialmente de este punto de vista. Es interesante como su mirada evidencia que, en este mundo de hombres depredadores, lo que le pasa a Marguerite ni siquiera es tomado como un ataque, sino como la consecuencia lógica de una provocación de su parte. ¿Suena conocido?

Por eso no es difícil trazar líneas entre el discurso del personaje de Jodie Comer y ciertas peleas que las mujeres mantienen hoy, entre ellas la posibilidad que da el silencio de no sufrir consecuencias, un arma de dominio y sumisión que los hombres han esgrimido desde tiempos primigenios y que recién empezó a caer cientos de años después del hecho que inspira esta película. Como muchas lo hacen hoy, y pocas pudieron en el pasado, Marguerite levanta la voz, la cabeza, defiende su verdad y afronta la amenaza de un sistema religioso, moral y social que abraza su caso más como una ofensa hacia su esposo –de hecho, De Carrouges lo ve así: quiere pelear porque se siente herido en su orgullo y no para vengar el suplicio de su mujer– y que no teme descartarla si es necesario. Figurativa y literalmente. 

Es cierto: por momentos hay ciertas analogías que resultan burdas y que hasta llaman la atención por su pobreza. Por ejemplo, un semental negro que se desboca, monta sin permiso a una yegua blanca, y que Jean de Carrouges tiene que espantar a escobazos. Al menos da para levantar una ceja. Pero este tipo de situaciones no tiran abajo una historia que se hace fuerte dentro y fuera del castillo, que despliega un diseño de producción deslumbrante, que muestra los matices de una era contaminada por un machismo naturalizado al extremo y que extiende sus brazos hasta el presente, que sostiene su estructura con prestancia y que desemboca en una escena en la que es difícil cerrar la boca. Así como tampoco la cierra Marguerite, que no teme, no se calla e, independientemente del resultado del duelo, triunfa con su verdad.

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