La crisis por la pandemia del coronavirus ha transformado en un asunto esencial el aumento del comercio del país en mercados fuera del Mercosur. Sin un salto exportador de relieve es imposible resolver el problema del desempleo que golpea a más del 10% de la población económicamente activa.
El gobierno de Luis Lacalle Pou ha dado tres mensajes muy claros a favor de avanzar en acuerdos de libre comercio y, en ese sentido, hoy tiene una oportunidad histórica.
Apenas asumió la titularidad del Poder Ejecutivo, el mandatario le planteó al secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, el interés de Uruguay en un Tratado de Libre Comercio (TLC) con la principal potencia del mundo. Y en estos algo más de dos meses de Administración, ha demostrado su compromiso por avanzar en acuerdos de esa naturaleza con países tan disímiles como Canadá, Corea del Sur, India, Líbano y Singapur. A ello se suma el respaldo político al TLC entre el Mercosur y la Unión Europea (UE), rubricado por el gobierno anterior de Tabaré Vázquez y cuyo texto se encuentra en la etapa de revisión legal y traducción, antes de su presentación en el Parlamento.
Uruguay ha enfrentado escollos cuando ha amagado en emprender la ruta de apertura comercial en un Mercosur donde los dos principales países fundadores –Argentina y Brasil– han tenido una larga vocación proteccionista que ha impedido derribar los muros del bloque que frenan el empuje económico.
Es por eso que a nadie debería llamarle la atención la oposición a los TLC del gobierno de Argentina, en manos del peronista Alberto Fernández, que en las últimas semanas justificó por la crisis del coronavirus y la reestructura del pago de la deuda. Tan cierto como la delicada situación económica de Argentina es que el proteccionismo corre por las venas del peronismo clásico y que el mandatario argentino no está en condiciones políticas de eludir, aunque lo quisiera.
ESTEBAN COLLAZO / ARGENTINA
El presidente de Argentina, Alberto Fernández
Pero la economía liberal del gobierno brasileño de Jair Bolsonaro, por la decisiva influencia del ministro de Economía, Paulo Guedes, muy crítico de un Mercosur con cortinas económicas de hierro, supone un punto de inflexión para el bloque regional.
Argentina dio luz verde al avance de los TLC en negociaciones o en marcha en el Mercosur, pero a cambio de que le den más tiempo para subirse al tren comercial con terceros mercados.
Uruguay no puede desaprovechar el Mercosur de dos velocidades y sumarse con ímpetu al vagón de Brasil para concretar acuerdos comerciales, fundamentalmente con la UE.
Hay evidencia histórica de que un modelo aislacionista como el argentino tarde o temprano camina hacia un precipicio o al estancamiento.
La tragedia actual del coronavirus y los problemas en los fundamentos económicos de los países del Mercosur no son una consecuencia diabólica de la globalización o una crisis del comercio internacional como opinan detractores sin fundamento.
Muy por el contrario, y sin desconocer defectos que son necesarios corregir –en todo caso porque vulneran principios inherentes a la globalización–, la apertura con regulación transparente y justa en el comercio, el capital, y la innovación, sumada las instituciones globales para gestionar la política, son los mejores aliados del desarrollo humano como muestra el mundo desde la segunda posguerra.