Muchas veces me surgen este tipo de preguntas: ¿por qué las pastas de dientes vienen generalmente con sabor a menta y no con la variedad de sabores que puedo encontrar en una heladería? ¿por qué si el mate es después del agua, probablemente, la bebida mas consumida de este país, yo no puedo pedir uno en un bar o en un restaurant de la misma forma que puedo pedir un te o un café? (sí, con bombillas descartables, yerba en sachets o capsulas, etc.) ¿por qué si el asado es una de las carnes mas sabrosas, pero generalmente es dura, no hay hamburguesas de carne de asado?
Y así, podría enumerar un sinfín de preguntas por estilo. Y si paro a cualquier persona en la calle y le pregunto si sabe o se le ocurre algún negocio innovador para ganar un millón de dólares, seguramente un gran porcentaje va a responder algo inteligente y que tiene todo el sentido del mundo.
Entonces, ¿por qué no estamos viviendo en una comunidad donde todos somos millonarios? Porque las ideas por sí mismas no valen nada. Cualquiera las puede tener. Lo que vale es ejecutarlas. Y ahí es donde la mayoría de las ideas maravillosas se mueren y luego cuando alguien realmente las ejecuta con éxito (los fracasos generalmente no trascienden), viene aquello de “me copiaron”, “a mí ya se me había ocurrido antes”, etc.
Y entonces ¿por qué nos cuesta tanto ejecutar? Porque estamos llenos de miedos y dudas. Porque le tenemos miedo al fracaso. Porque muchas veces nos conformamos apenas con el reconocimiento social de ser un gurú por haber tenido una idea genial. Y así arreglamos el mundo mientras no hacemos nada.
En la última película de Batman, el personaje Bruce Wayme, está atrapado por mucho tiempo en una cárcel dentro de una caverna donde la única vía de escape era escalar un cráter altísimo y donde todos los que lo intentaban no lo lograban. Iban atados a una cuerda, para que cuando se cayeran quedaran colgados y por lo menos no morir por caer de una gran altura. Bruce Wayne lo intentó varias veces y se continuaba cayendo.
Solamente lo logró cuando se enteró que el único que ya lo había conseguido antes lo había hecho sin ayuda de la cuerda. O sea, cuando no podía fallar porque hacerlo implicaba morirse. Y los emprendedores somos así también. Todos tenemos grandes colecciones de fracasos por hacer las cosas sin convicción y sin el foco apropiado. Y tenerlo no implica éxito, pero sí implica poner las probabilidades a favor nuestro. La ecuación es 1% de inspiración y 99% de traspiración.
¿Si nos permitimos tener ideas maravillosas porque no nos permitimos transformarlas en realidad?
Como dice mi frase favorita “Life Rewards Action” o como a Nike le gusta decirlo: “Just Do It”
* Director de Trillonario. Mentor e integrante del board de Endeavor Uruguay