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Joe Biden considera a Arabia Saudita “un socio importante en una serie de estrategias regionales y globales”

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El viaje de Biden a Arabia Saudita, o cuando la necesidad tiene cara de hereje

El presidente estadounidense, que había prometido convertir al reino saudí en un “paria” por el asesinato del periodista Jamal Khashoggi, viajará a Riad. El objetivo: que eleve su producción de petróleo y rompa con Rusia en la OPEP+

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14 de junio de 2022 a las 05:02

Poco después de asumir, Joe Biden congeló la venta de armas a Arabia Saudita y autorizó que se publicara el análisis de los servicios de inteligencia estadounidenses que señalaron al príncipe heredero Mohammed bin Salman como el responsable del asesinato del periodista Jamal Khashoggi del Washington Post, ocurrido en Estambul en octubre de 2018. En esa ocasión afirmó que cuando se tratara de negocios solo hablaría con el rey Salman. Acto seguido, la Casa Blanca divulgó lo que denominó la “prohibición de Khashoggi”, que impedía que los saudíes que hubieran intimidado a periodistas ingresaran en Estados Unidos.

Hoy estamos ante una versión diferente de Biden. La realpolitik lo hizo de nuevo. El presidente de Estados Unidos visitará Riad. Será a fines de este mes -luego de una escala en Israel para entrevistarse con el primer ministro Naftali Bennett-, cuando Arabia Saudita sea el país anfitrión de la reunión anual del Consejo de Cooperación del Golfo que integran, entre otros, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Qatar. Atrás quedó la decisión de Biden de convertir a Arabia Saudita en un “paria”. Un intento que analistas como Steven Cook, del sitio Foreign Policy, anticipaban como condenado al fracaso por tratarse de un país crítico, no solo por su producción de petróleo, sino también como contrapeso a la influencia de Irán en Medio Oriente.

Por lo pronto, la visita se perfila como un intento de reconstruir la relación con Riad en un momento en que la prioridad de Washington pasa por estabilizar el mercado internacional del petróleo, asegurarse el suministro y bajar el precio interno de los combustibles, factor este último que impulsó en Estados Unidos el mayor avance de los precios minoritarios de las últimas cuatro décadas. “La batalla entre democracias y autocracias”, como definió esta semana el Financial Times, quedó en un segundo plano desde que se desató la guerra entre Rusia y Ucrania.

El giro de la política exterior estadounidense lo confirmó la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karine Jean-Pierre, quien declaró en un comunicado que Biden considera a Arabia Saudita “como un socio importante en una serie de estrategias regionales y globales”. Por su parte, los tradicionales thinks tanks estadounidenses señalan que Salman muy probablemente gobernará Arabia Saudita durante décadas y advierten que Estados Unidos tiene intereses financieros y de seguridad que quiere mantener en su ya larga relación con el reino. Agregan también que en el giro de la Casa Blanca influye Israel, que presiona para que Washington normalice su relación con Riad.

Una relación que viene de lejos

A pesar de sus diferencias, Estados Unidos y Arabia Saudita han construido una relación que se basa en la mutua preocupación por la seguridad regional y la estabilidad del mercado petrolero desde que ambos países firmaron en 1951 el Acuerdo de Defensa Mutua. No obstante, los sucesivos gobiernos estadounidenses se abstuvieron de intervenir militarmente en las múltiples ocasiones en que Arabia Saudita registró conflictos en sus fronteras durante los años 50 y 60.

Un punto crucial en la relación se dio en 1957. Fue cuando el entonces presidente Dwight Eisenhower recibió en la Casa Blanca al rey Saud y lanzó lo que se conoció como la Doctrina Eisenhower, que declaraba que Estados Unidos se comprometía en los planos económico y militar a proteger a cualquier país del Medio Oriente “contra la agresión armada abierta de cualquier nación controlada por el comunismo”. Sin embargo, y aunque Washington comenzó a proveer de armamento a Riad, evitó siempre intervenir en forma directa. Incluso en 1962, cuando la República Árabe de Yemen, respaldada por los soviéticos, amenazó las fronteras sur de Arabia Saudita.

Riad, por su parte, ha mantenido una política exterior que hace equilibrio entre sus intereses nacionales y las consideraciones estratégicas a nivel regional. A pesar de sus crecientes lazos con Estados Unidos, Arabia Saudita participó en los embargos petroleros declarados por los países árabes en las guerras árabe-israelí de 1967 y 1973. Ya en la década del 80, los objetivos de ambos países coincidieron en amortiguar la influencia regional de la Irán revolucionaria, pero también de Rusia. A fines de la década del 80, la capacidad de Riad para impulsar rápidamente la producción petrolera provocó que el precio del barril cayera más del 60% en un apenas seis meses. El desplome perjudicó severamente a la Unión Soviética en los años previos a su colapso.

En tiempos más recientes, la asociación entre Estados Unidos y Arabia Saudita siguió profundizándose. En 1990, el reino permitió que la coalición liderada por Washington y la OTAN operara desde su territorio, tras la invasión de Saddam Hussein a Kuwait. En 2001, cuando se produjeron los ataques del 11 de setiembre, ambos países volvieron a coincidir. Esta vez para combatir el yihadismo de Al Qaeda. Eran los tiempos del “eje del mal”, como caracterizó George W. Bush a Irán, Corea del Norte e Irak en enero de 2002.

La relación de Estados Unidos con la región dio un giro con Barack Obama, cuando la Casa Blanca impulsó el acuerdo nuclear con Irán, revirtiendo así la orientación que durante más de tres décadas mantuvo el Departamento de Estado hacia el país de los ayatolas. Donald Trump, por su parte, volvió más errática la política hacia la región al desechar el acuerdo con Irán, expresar su apoyo a los aliados de Estados Unidos en el Golfo y cuestionar el valor de la OTAN. Hoy, Biden, que heredó un legado complejo, busca recalibrar la asociación con Arabia Saudita.

El objetivo de máxima

El viaje, aunque no tiene fecha confirmada, ha despertado críticas en Estados Unidos. La analista de Foreing Affairs Dalia Dassa Kaye consideró que es “poco probable que Estados Unidos obtenga beneficios significativos”. Adicionalmente, el Washington Post señaló que la visita “podría generar dudas sobre la promesa de la administración de Biden de mantener los derechos humanos en el centro de su política exterior”. Un tema que fue recurrente en los discursos del ahora presidente durante su campaña electoral. La cuestión, sin embargo, quedó relegada. La oleada conservadora que inunda a Washington la expresa con claridad George Tenet.

Tenet ocupó el puesto de director de la CIA entre julio de 1997 y julio de 2004. Su mandato es el segundo más extenso en la historia de la central de inteligencia, solo superado por Allen Dulles. Su período abarcó los mandatos de Bill Clinton y George W. Bush. Después de los ataques terroristas de Al-Qaeda al Pentágono y al World Trade Center, Tenet presentó una campaña contra el terrorismo en 80 países. Luego de la muerte de Osama bin Laden afirmó: “El mundo todavía no es un lugar seguro, pero ahora es un lugar más seguro debido a los pasos agresivos que comenzaron a tomar los saudíes. Arrestaron, capturaron o mataron a muchos, sino a todos, de los principales agentes de Al Qaeda involucrados en el complot”.

En el mismo sentido se expresó días atrás Saad Alsubaie, investigador en seguridad internacional y miembro del Comité de Seguridad Internacional del Consejo Nacional de Relaciones Árabes-Estados Unidos. Su lectura señala que “la política de EEUU. hacia el Medio Oriente, y Arabia Saudita en particular, ha estado impulsada por la percepción de la disminución de la importancia geoestratégica de la región”. En un extenso artículo afirmó que la guerra entre Rusia y Ucrania ha demostrado que esta percepción es incorrecta. “La asociación entre Estados Unidos y Arabia Saudita es más importante que nunca. Estados Unidos sigue siendo la gran potencia más confiable que podría ayudar a estabilizar el Medio Oriente. Arabia Saudita sigue siendo fundamental para confrontar a Irán, estabilizar el mercado petrolero, ofrecer apoyo antiterrorista, desacreditar el extremismo religioso y ayudar a respaldar el dólar estadounidense como moneda de reserva mundial”, escribió Alsubaie.

Muy probablemente Biden volverá con las manos vacías en el tema del asesinato Khashoggi. No es su objetivo obtener respuestas. ¿Qué buscará de máxima? Que Arabia Saudita rompa con Rusia en el cártel de productores OPEP+. Que produzca más petróleo y traccione para que Emiratos Árabes Unidos haga lo mismo. Si tiene éxito, la cotización internacional del petróleo bajará, se estabilizará el precio que pagan los hogares estadounidenses por los combustibles y aliviará así la presión inflacionaria interna. Lo que necesita de cara a las elecciones de medio término de noviembre. De no conseguirlo, los demócratas llegarán muy debilitados.

En lo inmediato, y más allá de la agenda doméstica de Biden, la presión israelí para el acercamiento entre Estados Unidos y Arabia Saudita es central. En el mismo sentido empujan el primer ministro británico, Boris Johnson, y el presidente francés, Emmanuel Macron. Ambos visitaron a Salman en Arabia Saudita. Según la definió Thomas Donilon, exasesor de seguridad nacional estadounidense y hombre cercano a Biden, la visita a Riad se inscribe en una serie de reuniones que el gobierno demócrata planea mantener con presidente de lo que denomina “potencias medias”. El objetivo, una vez más, aislar a Rusia.

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