10 de junio de 2011 19:07 hs

Juan Carlos Figari Castro era el sexto de los nueve hijos que tuvo el célebre doctor Figari con María de Castro Caravia.

Montevideano nacido en 1893, muere tempranamente en París semanas antes de cumplir 34 años. Es enterrado en Père Lachaise en el panteón de la familia uruguaya Buxareo.

Su vinculación con el arte nace de forma natural en la adolescencia; las relaciones de su padre con artistas de renombre como Pedro Blanes Viale y Milo Beretta (este último gran coleccionista además, al punto de llegar a poseer hasta un importante Van Gogh) determinan que los asuntos de la cultura sean parte de su mundo cotidiano.
Acompañando a su padre y a estos y otros artistas participa de largas sesiones de pintura en el Prado y Malvín.

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Estudia arquitectura, egresando en 1914. En ese ámbito traba amistad con Carlos Herrera Mac Lean, quien será con los años un relevante crítico de arte y en particular estudioso del mundo de Figari.

Colaborador de su padre en el vanguardista proyecto educativo en la Escuela de Artes y Oficios, expone sus pinturas junto a su padre en la Galería Muller de Buenos Aires en 1921 y se vincula a la revista Martín Fierro. Pero en aquellos años el destino casi inevitable de todo artista era París, y allí se dirige con su padre. Residirá hasta su muerte.

Es sabida la generosa acogida que recibe el doctor Figari en la capital francesa; no siempre se tiene en cuenta que contó con el apoyo de sus hijos (para ese entonces Figari estaba separado de su esposa). Su hijo Juan Carlos lo acompaña en la aventura vital; ello va desde el propio ejercicio plástico hasta la activa vida social parisina.

Colabora en la realización de óleos paternos, amén de hacer los suyos. Charles Lesca dice: “Juan Carlos Figari, arrebatado brutalmente no hace dos meses por una estúpida meningitis… Grande por su talento ya asegurado a pesar de su juventud, por su personalidad muy original… Tales afirmaciones no valdrían nada si no estuviese para apoyarlas, la obra de Juan Carlos Figari, su obra de pintor, su obra de arquitecto…”.

Justamente esta muestra, El Otro Figari: el Arquitecto, que se acaba de inaugurar en el Museo Figari tiende a poner sobre el tapete la figura de este artista compatriota. Así no sólo se puede ver obra, sino distintos documentos y fotografías de distintos miembros de este grupo familiar.

Es que fue tan compleja y heterogénea la figura de su padre, que poco espacio cupo para el recuerdo de este hombre que murió joven en la agitada década de 1920.

El propio doctor Figari y un acotado grupo de personas de la cultura reclamaba se atendiera la obra de Juan Carlos. Pero la fiesta se terminó rápido en París, la colectividad uruguaya que vivía “a lo grande” empezó a retornar (se calcula que cientos y cientos de compatriotas estaban radicados en París gracias a las virtudes del peso oro uruguayo). El anuncio de la guerra, la cual al final se dilató, devolvió al doctor Figari a la patria (no es demasiado distinto lo que aconteció con Joaquín Torres García y tantos otros) y surgieron temas acuciantes.

Pero vale tener presente que Juan Carlos estuvo en todo momento junto a su padre, secundándolo en sus aventuras artísticas. Su muerte tiene que haber significado para el doctor Figari un episodio de un dramatismo sin igual, ya que no sólo perdía a un hijo pródigo, sino además a un cómplice en su experiencia existencial. Y vaya si este “binomio” de los Figari, en términos de Herrera Mac Lean, merecería un análisis pormenorizado.

Esta muestra es una forma de acercarnos a este artista, ver similitudes y pequeñas (o pequeñas en apariencia) diferencias. Por un lado están las mismas obsesiones por ese pasado colonial del Río de la Plata (no sólo uruguayo sino regional). Por otro está el enigma de qué hubiera ocurrido con esta persona de haber vivido tanto como su padre, por ejemplo. La obra arquitectónica que nos hubiera legado, su maduración como artista (acaso independizándose del progenitor). También, es posible al menos, la continuación de la obra de humanista que caracterizó a Pedro Figari.

Vale entonces una visita al remozado museo para disfrutar de esta obra y hasta para dejar la mente volar con mil ecuaciones posibles.

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