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En el Día Nacional del Libro, ocho uruguayos que nos dejaron una huella

Una selección de títulos de ayer y hoy que nos marcaron y que siguen presentes

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26 de mayo de 2020 a las 05:02

Mil de fiebre - Juan Andrés Ferreira (1978)

Dos historias paralelas, oscuras, trágicas, poderosas y magnéticas componen este relato que viaja entre Montevideo y Salto. Un periodista deportivo fracasado y un bloguero obsesivo (y, bueno, también bastante fracasado en su misión de convertirse en un escritor revolucionario) son los protagonistas de una historia que navega por sus vidas cotidianas y que se desarrolla como pocas en la literatura nacional. Un relato que no tiene miedo de meterse en temas escabrosos o al filo del tabú, que pasa por distintos registros y que se siente como un gran torrente narrativo que va atropellando, pero que al final, lejos de ahogar, deja con ganas de seguir nadando en él. (Nicolás Tabárez)

La tregua - Mario Benedetti (1920-2009)

“Si alguna vez me suicido será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. Quisiera quedarme en la cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o las diez, pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo pegar los ojos. A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo”. Martín Santomé es un tipo común de 49 años, viudo y con tres hijos mayores con los que mantiene una relación bastante precaria. Es un oficinista a punto de jubilarse y un 11 de febrero comienza a escribir en su diario, donde reflexiona qué va a hacer con su tiempo libre el día en el que deje de trabajar. Mientras su pacto con la monotonía parece indestructible, una muchacha de veintipocos años llega para moverle todas las estanterías. Es con Laura Avellaneda con quien Martín conoce un amor sincero, profundo. Así llega la tregua sobre esa lucha diaria contra el tedio y el paso del tiempo. Liberación, felicidad y de pronto tragedia. Frustración.

La tregua es el diario de Martín. La tregua es gris. La tregua es un viaje existencial y emocional. “No es la eternidad pero es el instante, que, después de todo, es su único sucedáneo verdadero”, escribe el protagonista un 29 de agosto. (Stephanie Galliazzi)

Carlota podrida - Gustavo Espinosa (1961)

El mapa del departamento de Treinta y tres debería estar ya ingresado al catálogo de tierras fantásticas de la literatura. Y todo gracias al escritor olimareño Gustavo Espinosa. A lo largo del tríptico –como bautizaron en España a tres de sus obras nucleadas en un solo volumen– formado por Las arañas de Marte, Carlota podrida y Todo termina aquí, Espinosa se las arregló para mezclar dictadura, guitarras, un secuestro hollywoodense, escenas de la vida pueblerina, motos bullangueras, violencia rural, humor callejero y negro y una prosa profundamente barroca que ya le es característica y que lo pone al tope como una de las plumas más finas y cuidadas de la actualidad literaria nacional. Cualquiera de estas tres historias podría quedar seleccionada acá, pero Carlota podrida saca cabeza por su trama despelotada y absurdamente encantadora: la actriz francesa Charlotte Rampling visita la ciudad de Treinta y Tres y un grupo de descastados, liderados por un fan que no para de alabarla de manera febril en su diario, deciden secuestrarla. Una delicia de principio a fin. (Emanuel Bremermann)

Fragilidad - Andrea Blanqué (1959)

La historia de Anya parece ser de esas comunes. La mujer con el marido bueno, los hijos, un trabajo de esos de los que no está permitido quejarse en público -incluso a veces tampoco en privado- y una casa linda en la que cualquiera sería capaz de ser feliz. Pero ya lo sabemos, todo lo que reluce afuera, muchas veces adentro desgarra. Anya no tiene espacio para sufrir, no puede, no se lo permite. No se lo permiten. Y de a poco la historia ingresa en el abismo oscuro que no queremos leer, que sabemos que está cerca pero al que no queremos llegar. Anya se refugia en el alcohol. Toma escondida, sola. Toma en bares. Se oculta. Y como un hilo conductor de toda la novela está la historia paralela de su amiga Leda, distinta a Anya en casi todo, pero con algo en común que las une más fuerte que cualquier cosa. La desesperanza, la infelicidad. La fragilidad. Leda carga con un pasado de horror que trae al presente la última dictadura uruguaya. Cada una con sus demonios, unidas por la desazón. Blanqué logra en esta novela plasmar el sentimiento tan frecuente como oculto de mujeres que enfrentan los mandatos sociales sin poder plantar mayor oposición. Como pueden. (Paula Scorza)

El país de las cercanías - Roy Berocay (1955)

Quizás no tenga la popularidad de la saga del Sapo Ruperto o Pateando Lunas, pero la ambiciosa obra de Berocay (e ilustrado por Alfredo Soderguit) que cuenta los grandes eventos de la historia uruguaya, desde la perspectiva de un abuelo que le va contando a su nieto distintos relatos de personas anónimas que viven los efectos de los episodios importantes, merece igual destaque. Desde la llegada de los primeros europeos hasta el final de la dictadura, el libro no solo ayuda a trasladar la lista de hechos y fechas que se aprende en la escuela a un relato más cercano, sino que también demuestra algo que suele ser obvio pero no siempre se recuerda: que más allá de los grandes nombres, la historia se construye también con los aportes de las "personas comunes". (Nicolás Tabárez)

Arqueología amorosa - Cristina Peri Rossi (1941)

Para un lector nacido y criado en el confort de la prosa, enfrentarse a los sentimientos que se despiertan ante un par de versos puede ser una experiencia tormentosa. Hay algo inasible en la poesía, algo que incomoda, que marca el ahora y que habla en puro presente; está cargada, siempre, de un disfrute que se evapora al instante pero que, sin embargo, deja una huella. Y esta recopilación de versos de Cristina Peri Rossi hacen, justamente, eso: horadar una huella que aparece en las primeras páginas y que para cuando llegamos al final, ya es un cráter. En las palabras de esta narradora y poeta uruguaya hay belleza, erotismo, arrepentimientos, culpa, mucha lluvia, viajes y una vida que transita entre pasiones desbocadas. Y hay, claro, versos como estos, versos que atrapan y no sueltan más: “No. No quiero más que esto. / Un blues melancólico y borracho de Tom Waits / una servilleta de papel con el perfil de una galera / –la noche llena de presagios– / la última fila de un cine antiguo / las postales de una ciudad que ya no es / y un café a media tarde, / mientras me cuentas tu infancia / llena de deseos”. (Emanuel Bremermann)

No soñarás flores - Fernanda Trías (1976)

“No hay motivos inevitables o injustos. Todo simplemente muere”. Una frase solapada, entre tantas más, que escribe con brillantez Fernanda Trías. Este libro de cuentos, el primero de la autora, se entreteje entre relatos llenos de furia, o de dolor. Con historias que encuentran su hilo conductor en las pérdidas, en los duelos inacabados, en la decadencia. Con una prosa envolvente que desdibuja la cotidianeidad y se inserta en las profundidades de lo sensorial, en la trama de la mente y en lo vicioso de la experiencia humana. El cuento más viejo que incluye la publicación es de 2009, el más reciente de 2014. No soñarás flores expone la mirada de una de las uruguayas más valoradas de su generación. Un universo al que vale la pena entrar. (Stephanie Galliazzi)

El hermano mayor - Daniel Mella (1976)

Resulta difícil pensar en una tragedia familiar relatada con la sensibilidad y la simpleza con la que lo hace Daniel Mella en El hermano mayor. Las reacciones humanas más descarnadas ante el horror de la pérdida nunca esperada del hijo, del hermano. Y a la vez una historia que atrapa por lo cercano, por ese sentimiento que hermana con el autor en el hecho de que es algo que cualquier día, a cualquiera de nosotros nos puede pasar. Es un texto que obliga a atravesar todas las emociones, incluso por momentos y aunque pueda resultar incómodo aparece la risa. Por momentos, también, resulta insoportable, ahoga, aprieta el pecho. Mella cuenta la muerte de Alejandro, su hermano mayor, y los días que siguieron a la tragedia absurda en la piel de cada uno de sus familiares y en la propia, como si lograra abstraerse del espanto para relatar la situación con una prosa impecable cuya mayor virtud, seguramente, es que no es autocomplaciente. Es una historia real, y punto. (Paula Scorza)

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