11 de noviembre de 2014 18:26 hs

Los vecinos creían que la casa estaba embrujada, que allí vivían espíritus, que dentro del abandono desde hace años se escondía algo misterioso y, aún peor, ominoso.

Por décadas, ese fue el aspecto de la vieja casa quinta de Luis Alberto de Herrera ubicada sobre la avenida homónima al número 3760, en pleno barrio de Brazo Oriental. Los techos estaban en mal estado, la fachada alicaída, las palomas habían tomado posesión del mirador, las aberturas estaban deterioradas, los pisos descuidados, el yeso de las molduras roto, los muebles venidos a menos. Todo el panorama era bastante decadente. Una infamia para la importancia de este edificio.

Desde 1911, cuando en esa zona de Montevideo abundaban las chacras y las quintas, hasta su muerte ocurrida en 1959, cuando ya estaba dentro de la trama urbana de la capital, la casa quinta fue el cuartel general del caudillo nacionalista, lo que vale decir el centro de la oposición a la mayoría colorada y batllista que gobernó el país hasta 1958.

Antes de 1911 la quinta era de Antonio Cardoso y el jardín había sido diseñado por el paisajista francés Charles Racine. Luego de la adquisición fue, para siempre, la “quinta de Herrera”. Por esa verja de entrada, por ese jardín y por esas habitaciones pasó buena parte de la historia del siglo XX para Uruguay. Ese lugar, con sus luces y sus sombras, fue testigo de toda una época.

La famosa estatua de Luis Alberto de Herrera, sombrero en mano, en la rotonda de la avenida General Flores, se basa en una foto sacada en el fondo de la quinta.

Desde hace cinco años, la quinta de Herrera se encontraba en proceso de refacción y restauración, básicamente en una primera etapa de planta baja.

Ayer, conjuntamente con la inauguración de una exposición de objetos y documentos sobre la participación de uruguayos en la primera guerra mundial, en el día en que se conmemoraron los 96 años del alto al fuego un 11 de noviembre de 1918, reabrió como museo la Quinta de Herrera.

La intención del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) y de la Dirección del Museo Histórico Nacional, responsables de la restauración junto a la Comisión Nacional de Patrimonio y a personal del ministerio de Transporte y Obras Públicas, es transformar a la Quinta de Herrera en un museo dedicado al siglo XX.

La casa, de estilo cottage inglés, posee hoy su elegancia original tanto en el exterior como en la zona mejorada en el interior.

El trabajo de restauración se concentró en la fachada y en las habitaciones de la primera planta.

Se realizó un taraceado del piso, donde se pueden destacar las tres maderas utilizadas originalmente con sus colores y sus veteados particulares: roble, cedro y caoba.

También se reacondicionaron los vitrales que se encuentran a modo de claraboya en el living principal, encima de la enorme estufa a leña con molduras de yeso, también renovadas.

El gran living es el centro de la casa en la primera planta. Desde allí se conectan todas las habitaciones, donde funcionaban recibidores, galerías exteriores cerradas y el espacioso escritorio de Luis Alberto de Herrera.

Allí está el mueble en el que por décadas el líder del Partido Nacional escribió, redactó, puso firmas, habló por teléfono y tomó decisiones fundamentales para su colectividad y para el país. Este lugar, donde también se encuentra su biblioteca personal, es de acceso restringido y solo se puede contemplar desde una ventana que da al living.

En la biblioteca hay algunas de sus obras más importantes como La revolución francesa y Sudamérica. La catedrática y experta en literatura comparada de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, Beatriz Vegh, presente ayer en la reinauguración, recordó que Herrera publicó esta obra en francés en la editorial Grasset, la misma que poco tiempo antes había publicado En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Según dijo a El Observador Ariadna Islas, directora del Museo Histórico Nacional, el costo aproximado de estas obras a lo largo de cinco años fue de $ 6 millones, unos
US$ 250.000. Hugo Achugar, director de Cultura del MEC, destacó como un “hito” la reapertura de la casa museo.

Esta es la primera parte de la restauración de la vieja casa quinta. Todavía está pendiente para una segunda etapa la restauración de la planta alta, donde se ubican los dormitorios (a los que se podía acceder desde planta baja a través de un ascensor para una sola persona), donde se hará un trabajo fino de reproducir los empapelados que tuvo el edificio en su momento.

También el amplio jardín y las casas adyacentes donde vivía la servidumbre así como las habitaciones de otros quinteros del barrio, y las caballerizas y las cocheras para los automóviles se encuentran dentro de esta segunda etapa de refacción.

Islas explicó que el jardín, así como la casa, son patrimonio nacional desde 1966. Pero tras muchas décadas de descuido y abandono el jardín también se vino abajo.

“Muchas plantas y árboles parásitos habían invadido a las especies que estaban plantadas originalmente. Higuerones y fresnos habían ocupado el lugar de los árboles que había visto Herrera”, explicó Islas.

El diseño original del jardín de la quinta tenía un predominio claro de especies cuya floración era primero blanca y luego celeste. Variedades de jazmines, jacarandás y agapantus poseen esos tonos. Además, había rosales multicolores, hortensias rosadas y muchos tipos de palmeras nativas.

Un ejemplo emblemático del jardín de la Quinta de Herrera es el ceibo blanco que se encuentra a la derecha de la casona. Su espacio estaba invadido por otros árboles foráneos y las autoridades del Museo Histórico temían por su destino. Podaron a su alrededor y este año se encontraron con la satisfacción de que de nuevo posee pimpollos y está por florecer en el cargado aire primaveral de este noviembre casi veraniego. Quizás los vecinos estaban equivocados. Los espíritus sí viven en ese caserón de Brazo Oriental.

El horario del museo es de jueves a domingo, de 11 a 17 horas.

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