11 de agosto 2019 - 5:00hs

Entre la decepción y el espanto. Fue Jaime Durán Barba –el gurú ecuatoriano que maneja las campañas de Mauricio Macri– quien lo puso en esos términos con brutal sinceridad hace un par de meses, cuando quedó ya definitivamente claro que esta elección argentina sería una carrera de dos a ambos lados de la grieta: macrismo vs kirchnerismo.

La decepción a que aludía Durán Barba es, por supuesto, su propio cliente, que llegó a la Casa Rosada como una esperanza para subsanar los males de 12 años de kirchnerismo, cambiar la Argentina y recuperar la dignidad; y ahora enfrenta una campaña de reelección con el país en recesión, la inflación disparada y el peso argentino por los suelos. Todo cortesía de su propio gobierno, más allá de haber recibido una herencia bastante calamitosa de quienes hoy pretenden desalojarlo de la mansión de Balcarce al 50. 

Y el espanto es la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, que integra la fórmula del kirchnerismo junto al presidenciable Alberto Fernández, hoy procesada por corrupción en múltiples causas judiciales y cuyo gobierno se ha convertido en sinónimo precisamente de corrupción, prácticas autoritarias y de la honda fractura social que durante su mandato Jorge Lanata bautizara con el nombre de “la grieta”.

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Estos son los dos favoritos para las PASO, las elecciones primarias en que los argentinos votarán este domingo 11. La tercera vía que propone la candidatura del exministro de economía Roberto Lavagna ha quedado muy rezagada, prácticamente sin chances.

A pesar de llevar la palabra “obligatorias” en sus siglas, las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) no lo son. Y más curiosamente aun, tampoco son vinculantes para los partidos en términos de definir internamente a su candidato. Es decir, son unas elecciones internas no internas; un gran galimatías, un invento del finado Néstor Kirchner para aglutinar al peronismo tras de sí y ganar todas las elecciones. En este caso, ni siquiera sirven para definir de forma oficiosa al candidato porque todos ellos ya han sido nombrados por sus partidos.

Paradójicamente, sin embargo, en esta elección sí cuentan y mucho desde el punto de vista práctico. Dada la frágil posición en que Macri llega a estos comicios y la situación de la economía argentina, los resultados del domingo podrían cambiar radicalmente el escenario, para un lado o para el otro, de cara a las generales del 27 de octubre. Todo va a depender de la ventaja que el ganador le saque al segundo. 

Las encuestas vaticinan que la fórmula Fernández-Fernández superará a la de Macri y Pichetto por una diferencia de entre dos y cuatro puntos. Pero en los matices está escondido el diablo: si Macri pierde el domingo por dos puntos, sus chances de reelección permanecerán intactas; más aun, cuando ha venido remontando desde 10 puntos abajo en las mediciones. Aun si fueran cuatro puntos de diferencia, tampoco cambiaría gran cosa el panorama; aunque eso depende mucho de qué porcentajes saque cada quién. No es lo mismo perder por 39% a 36%, que por 43% a 39%: cuanto más se acerque el kirchnerismo al 45%, más complicadas serán las chances de Macri. Y si los Fernández superan el 45% el domingo o ganan por más de seis puntos, el presidente ya puede olvidarse de su reelección y empezar a empacar en Olivos.

Macri confía en que hay un voto oculto a su favor, lo que en Argentina llaman “voto vergonzante”: el de aquél que tiene todas las certezas sobre la papeleta que colocará en la urna el día de la elección, pero le da vergüenza decirlo. Lo mismo piensa la gobernadora macrista de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, que de gran favorita y referente del gobierno a nivel nacional, ha pasado en la Provincia a marchar a la zaga del candidato kirchnerista a gobernador, el exministro de economía Axel Kicillof, por una diferencia de hasta seis puntos.

Y la provincia de Buenos Aires es un laboratorio electoral prácticamente infalible. Históricamente se ha dicho que quien gana en la Provincia gana la nacional. Algo así como el departamento de Canelones en Uruguay, el Edomex en México, o el estado de la Florida en Estados Unidos. Allí se define todo. O casi todo; porque, como veremos, hay más matices que hacen a esta una de las contiendas más interesantes que jamás se hayan visto en la Argentina.

El gran bastión del kirchnerismo en la Provincia es el Conurbano bonaerense, esos muy populosos municipios alrededor de la capital que podrían entregarle la victoria a Kicillof. Mientras que la fortaleza del macrismo y del voto anti K, se encuentra en las ciudades de lo que en Argentina todavía se conoce como “el interior de la Provincia”: La Plata, Bahía Blanca, Mar del Plata, etcétera. Allí es donde Vidal espera sacar una ventaja decisiva que, aun con lo poco que le pueda recortar a Kicillof en el Conurbano, sea suficiente para alzarse con la victoria.

Y ya en el plano nacional, esas ciudades del interior de la Provincia de Buenos Aires son importantes para el equipo de campaña de Macri porque con esos votos, junto a los de Córdoba y Sante Fe, esperan contrarrestar el enorme peso electoral del Conurbano. En ello y en una alta concurrencia a las urnas deposita el macrismo sus esperanzas. 

Podría haber otras sorpresas, como el llamado voto blando, que se define a último momento; o “el voto reactivo”, y otros votos de la amplia gama de denominaciones que guarda la ciencia política, entre los que no puede faltar “el antivoto”, el voto emitido contra un candidato o partido determinado, del que hoy se alimentan en la orillas escarpadas de la grieta tanto Macri como Cristina. Después de todo, el voto es un acto más emocional que racional. En su libro El arte de ganar, Durán Barba equipara el comportamiento de los votantes con el de los mandriles. Y la campaña de Macri bajo su conducción es una constante apelación al miedo y al rechazo de su principal oponente: “que no vayan a volver”.

Otra variable fundamental es la cotización del dólar, el gran termómetro del humor social argentino, que a principios de semana se había ido arriba de 46 pesos tras la devaluación del yuan; pero luego el gobierno logró controlarlo utilizando reservas del Banco Central. Y es que para Macri esta campaña es tanto una contienda a todo o nada contra el kirchnerismo, como una carrera contrarreloj contra la suba del dólar. Por eso cobran aun mayor importancia las primarias de este domingo. Si Alberto y Cristina Fernández ganan por amplio margen y con un apoyo superior al 45%, la divisa norteamericana se va a disparar, y ya no va a haber dios que la detenga. 

Aunque en ese escenario, lo que menos importaría sería Macri; más bien habría que cruzar los dedos y esperar a ver qué sucede con Argentina, hoy tan castigada, puesta a elegir entre la decepción y el espanto. 

Un apriete

En el tramo final de la campaña, el candidato kirchnerista Alberto Fernández fue el protagonista de una polémica por el lenguaje y el tono que utilizó para referiste a una investigadora en un acto con científicos, lo que fue interpretado como “un apriete”.

El 31 de julio, la investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) Sandra Pitta dijo en un programa de radio que había recibido amenazas e insultos en las redes sociales por haber firmado una carta, junto a otros colegas, en apoyo a la candidatura de Mauricio Macri. 

Dijo que “en el sector científico el peso del kirchnerismo es más fuerte” y que tiene que cuidarse de expresar sus opiniones, como le ocurrió en los tiempos de la dictadura militar.

Esa misma noche, el candidato kirchnerista Fernández aprovechó un acto con científicos para referiste al tema: “A ningún investigador nunca le voy a preguntar cómo piensa ni a quién vota. Así que, Sandra Pitta, no tengas miedo, te prometo que te voy a cuidar como a todos ellos, porque vos valés mucho, igual que todos ellos”. 

Para Pitta, lo que hizo Fernández fue “un apriete” y nada menos que en el aula magna de la universidad pública de Buenos Aires. 

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