“Pepe” escuchaba y opinaba, reaccionaba en el momento y tiraba sus ideas, lo primero que se le ocurría. Afable, distendido, con expresiones graciosas, interesado por lo que le presentaban, Mujica fue dominando el encuentro, generando imagen positiva, y sin comprometer nada, dejó satisfechos a los ejecutivos. Dio una buena impresión.
Uno de los visitantes miraba el despacho, la mesa del escritorio, y le llamó la atención un reporte que estaba abierto en una doble página, con cuadros, muy subrayado todo, con flechitas, y con papelitos de colores marcando hojas. Era un informe de más de 100 páginas ligadas por un rulo, de una consultora de opinión pública.
El expresidente José Mujica junto al prosecretario de su Presidencia, Diego Cánepa
No era Mujica el que hacía ese prolijo trabajo, de leer cada cuadro, cada dato, marcar, analizar, comparar, sino que era tarea del entonces Prosecretario de la Presidencia, Diego Cánepa, para transmitir al presidente, y jefe político, lo que había que tener en cuenta de la expresión, o las expresiones, de la opinión pública. O sea, política con profesionalismo.
Mujica sentía que eso no era “la biblia” para tomar todo tal cual, pero comprendía que era el espejo de la expresión popular. Confiaba, obviamente, en su “olfato” de bicho de la política y líder popular, pero atendía el contenido de esos informes, y lo que su funcionario le resumía y destacaba.
Ayer, “las redes explotaron” con críticas al Ministerio de Desarrollo Social por contratar estudios de opinión pública y un diputado colorado insinuó -a través de un pedido de informes- que no era oportuno contratar encuestas en este tiempo. Para él, parece que es mejor el “ojímetro”.
¿Por qué no cerramos el Inumet y asomamos la cabeza por la ventana para adivinar si va a llover?
Es bien de amateur creer que la información no es buena para la toma de decisiones.
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Es posible hacer política parándose arriba de un banquito y gritando sus verdades; es posible hacerlo en base a lo que se escucha en un ascensor, en un asado de amigos, en la peluquería o en una sala de espera de hospital, pero para hacerlo profesionalmente es necesario usar las herramientas serias. En tiempos de descreimiento de la política y de “los políticos”, la exigencia de profesionalismo y transparecencia es más fuerte que antes.
Aquello de “la gente dice que …”, o “las redes estallan con …”, son expresiones viejas o nuevas de la ignorancia del sentir popular en serio.
Curiosamente, en un país acostumbrado al exceso de gasto público, las reacciones a gastos que corresponden en serio, son resistidos con la lógica de que no hay que pagar por informes.
El Uruguay se debate entre reacciones cavernícolas y la inspiración del siglo XXI.
En una misma semana, las dos caras de esa moneda quedaron a la vista.
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La conferencia de los tres científicos que asesoran al gobierno en la transición para post-crisis del covid-19 fue la versión profesional por excelencia.
Lo hacen en forma honoraria, pero ¿alguien vería mal que cobraran por el trabajo que están haciendo? Eso sería un mal gasto.
La toma de decisiones no se transfiere y sigue estando en el despacho del presidente, pero eso se hace en base a información, análisis técnico, consideraciones científicas, comparaciones con lo que pasa en otras partes del mundo, intercambio con científicos prestigiosos de otros lugares.
El presidente Luis Lacalle Pou es el que decide, pero no lo hace por lo que le parece, sino en base a sólidos reportes de expertos. Eso es política profesional.
Camilo Dos Santos
Rafael Radi, Fernando Paganini y Henry Cohen del grupo de científicos que asesora a Lacalle Pou
La contracara se vio en los entes de telecomunicaciones y de combustibles: en pleno estallido de desempleo y de deterioro fiscal, pasaban trabajadores contratados a la planilla de “presupuestados”.
Lo de Antel fue tan grosero que echaron al nuevo presidente, pero lo de ANCAP no es muy distinto, sino que es menos gente, con el mismo argumento: “siempre se hace así”.
Para los presidentes de Antel y ANCAP es “natural” eso. Si fueran dueños de la empresa no les sería natural, pero .. son empresas de “todos”
Si en lugar de decidir en función de lo que “es natural”, o en base al impulso de una casta gerencial y un sindicato (que defienden intereses de sus compañeros y afiliados) lo hubiesen hecho en base a recomendación de asesores -serios- en relaciones laborales, seguro que no firmaban lo que firmaron.
Pero … si no lo pagan ellos.
Uno abrochó a 850, el otro hizo lo mismo con 70.
Dale que va: “es natural”; “siempre fue así”.
El argumento de que el “gasto no aumenta” es más triste, porque aumentar la plantilla presupuestal, tendrá un costo a largo plazo.
Si Iglesias y Stipanicic fueran presidentes de empresas de telecomunicaciones y petroleras, en serio, de verdad, y no de una “administración” burocrática, no hubiesen tomado esa decisión.
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El Uruguay mostró una cara de modernidad en el plan anti-Covid19 con científicos de primera línea, en la misma semana que dejó ver el otro rostro, con la ligereza para sumar centenares de presupuestados, o la indignación berreta que cuestiona la contratación de servicios profesionales: “el impulso y su freno”.
Las reuniones virtuales (zoom y otros similares), la tecnología aplicada a cuestiones cotidianas, científicos asesorando, todo eso nos hace sentir en una imagen extraña, futurista, como nos anticipaban “Los Supersónicos” de William Hanna y Joseph Barbera.
No es para entusiasmarnos demasiado, porque también aquellos dibujantes fantásticos, supieron crear “Los Picapiedras”, y siempre aparecen cavernícolas para recordarnos que Uruguay es un país subdesarrollado.