El hechizo del cine es curioso. Y eso que tiene más de 120 años. Pero a veces, en el fragor del pulso verosímil o utilitario que nos envuelve en esta época, lo olvidamos. O lo damos por sentado. Nos olvidamos, por ejemplo, que cuando uno entra a una sala hay que dejarse llevar. Abrirse el pecho y dejar que la ficción te deje en estado de suspensión, que se produzca esa experiencia alucinada. En Argentina, las películas de El Pampero Cine transitaron esos caminos —nunca mejor dicho: caminos— desde el principio. Su líder o voz cantante, Mariano Llinás, lo dejó en claro con Historias extraordinarias en 2008 y después con su demencial opus magna de 14 horas, La Flor. En el medio, más directores y directoras, más obra, más pleitesía al pacto ficcional, al carácter emancipatorio que las historias que nos contamos tienen sobre esta realidad seca y agotadora. Y en ese caldo de cultivo apareció en 2011 Ostende, la película debut de Laura Citarella, una especie de semilla que se convertiría en un proyecto mayor, proyecto que devino en una película enorme en todos sus aspectos, que está actualmente en Cinemateca y que hace lo que mejor le sale al cine: pausar la vida. Por cuatro hermosas horas. Se llama Trenque Lauquen.
La película toma el nombre de una localidad que queda en la provincia de Buenos Aires, muy cerca del borde de La Pampa, donde sitúa su historia. O sus múltiples historias. Es lo último de Citarella, que escribió el guion junto a su socia, la actriz Laura Paredes, uno de los rostros cotizados del cine argentino. Parte del colectivo de actrices teatrales Piel de lava —que integran también Elisa Carricajo, Pilar Gamboa y Valeria Correa—, Paredes protagonizó la mencionada Ostende y también La Flor, pero además estuvo en Dos disparos de Martín Rejtman, en Argentina 1985 de Santiago Mitre, en Los delincuentes de Rodrigo Moreno y hasta protagoniza uno de los éxitos teatrales bonaerenses: Las cautivas, de Mariano Tenconi Blanco. Su CV gana más y más espesor con los años, y tiene sentido: Paredes es magnética. Contribuye siempre al hechizo. Se apropia sin esfuerzo, por ejemplo, del corazón y el alma de Trenque Lauquen.
La película llega a salas uruguayas precedida de montañas de halagos. Además de figurar en varias listas de lo mejor del año, la francesa Cahiers du Cinéma, una de las revistas críticas más prestigiosas —y, en general, eurocentristas— la eligió directamente como la mejor del año y la convirtió en el primer título latinoamericano en ocupar ese lugar en la historia de la publicación. Trenque Lauquen es un pilar más, además, de un año excelente para el cine argentino: a su lado corren la también mencionada Los delincuentes, la exitosa Puan y el bombazo de Cuando acecha la maldad, una película de terror brutal que ganó el festival de Sitges y se transformó en un taquillazo en su país, además de alcanzar una proyección mundial casi inédita para el género que se hace en estos lares.
Pero volviendo a las calles de Trenque Lauquen, Citarella encontró allí su mejor obra. Y como adelantó en Ostende hace doce años, cuando hay un misterio y gente dispuesta a creer en él, puede pasar cualquier cosa.
Adiós, adiós, me voy, me voy
Laura no está, Laura se fue. Pero antes de eso, Laura estuvo y Laura dejó una huella.
Laura (Paredes), bióloga en formación, llega de Buenos Aires a la ciudad de Trenque Lauquen para catalogar una serie de flores que recolecta en el campo, un proyecto que luego se vinculará a cuestiones más extrañas, por decirlo de alguna manera. Pero eso lo sabemos después, porque lo primero que entendemos es que Laura desapareció, no le avisó nada a nadie, y hay dos hombres buscándola: Ezequiel (Ezequiel Pierri), que trabajó con ella en la municipalidad del pueblo y al que le robó el auto en su huida, y Rafael (Rafael Spregelburd), su novio y con el que se está haciendo una casa en Capital Federal. Los tres están conectados por mucho más que un auto y una casa en construcción.
A partir de ese punto de arranque más bien simple, la película de Citarella se enrosca, primero, en dos partes marcadas por un intermedio (que viene bien para ir al baño), y más detalladamente en doce capítulos que funcionarán como una suerte de danza temporal, un puzzle que podría (o no) reconstruir el enigma de por qué Laura dijo adiós, adiós, me voy, me voy.
Acotar Trenque Lauquen a este esquema narrativo es, sin embargo, reduccionista, porque si algo tiene la película de Citarella es una libertad magistral para moverse por el territorio, entre los personajes, por encima de las expectativas del espectador paciente, entre los espacios en blanco que no se terminan de rellenar, por las múltiples historias que confluyen en el personaje de Paredes, allí, en ese borde del lenguaje cinematográfico que parece correrse y bailar mientras los 260 minutos de metraje se queman en pantalla.
Es interesante entender que el personaje de Laura encuentra en la ciudad de Trenque Lauquen un no lugar que mapea con sus propias obsesiones, con sus deseos y subjetividad, en una construcción que sintoniza con la operación que uno, desde la butaca, también ejecuta. Es la creación de una cartografía que se escribe con una mano, que se borra con la otra, que se nutre de misterios que se superponen, que muta y genera eso que abre esta nota: la sensación del hechizo. La fuerza y el poder que tienen las historias en la conformación de lo que somos se desata en esta obra, y esa es parte de la explicación de por qué esta película tiene la magia que pocas, en este 2023, lograron. Trenque Lauquen, en tiempos amenazantes para ciertas formas del arte, hace que el cine esté vivo. Rebosante de vitalidad.
“Como cineasta tengo la responsabilidad de hacer películas para el cine. Entonces, en ese sentido, quiero que el cine permanezca vivo, que crezca, que se expanda, que sobrepase sus propios límites, sus propias posibilidades. Seguir un estándar nunca es la forma de lograr esas cosas, ¿no?”, dijo hace algunos días Citarella en entrevista con el Semanario Búsqueda, y la verdad es que no: los estándares están hechos para estandarizar, y si hay algo que su obra hace es quebrar con eso. Quiebra la norma, el dominio del algoritmo, la idea de que no se puede crear nueva mitología, que el mundo ya no tiene espacio para eso y las calles de los pueblos y del cine están todas cartografiadas.
Trenque Lauquen, entonces, además de ser particularmente larga, de tener una protagonista fascinante, de fluctuar entre amores y material de ciencia ficción, de exponer un cariño por el relato y las narraciones brutal, es muy entretenida. Y eso hace que sus dos primeras horas vuelen porque uno está tan poseído por las obsesiones de Laura, de Ezequiel, que los minutos se evaporan. Y después, cuando la segunda parte se asienta y se vuelve particularmente extraña, ciertas construcciones previas consolidan el sentido de la película entera. ¿A quién le importan las cuatro horas? Podría haber durado seis.
Creo que Trenque Lauquen es esperanzadora. Marca que todavía hay territorio inexplorado, espacio para imaginar. Para conspirar y pensar en delirios, obsesionarse con ellos, enamorarse a su ritmo, encontrar cartas, criaturas y rutas ocultas. Que las Lauras pueden existir y dejar de existir. Que nos podemos escapar, y que lo podemos hacer de verdad.