Puan se puede ver en cines uruguayos

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Puan, la película argentina que se ríe y llora al ritmo de la educación pública (y es más actual que nunca)

Dirigida por María Alché y Benjamín Naishtat toma como centro del mundo a la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires
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22 de noviembre de 2023 a las 05:00

El domingo los cines uruguayos cerraron su primer fin de semana exhibiendo la película argentina Puan, de María Alché y Bejamín Naishtat. Para cuando terminó la última función de ese día, Javier Milei había sido elegido presidente de Argentina. Y fue curioso: caminando entre puntillas de pie entre los spoilers, la película cierra con una manifestación contra ciertos recortes drásticos que afronta la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, núcleo físico y espiritual de la historia que se cuenta. Afuera, en el mundo real, un candidato que propuso privatizar la enseñanza pública y cerrar el Instituto de Cine Argentino daba su discurso victorioso. 

El contexto no puede dejarse de lado a la hora de hablar de Puan —bueno: a la hora de hablar de casi nada— porque, al margen de que toda expresión humana es política, la película decide meterse directamente en la discusión de fondo que rodea a la educación universitaria pública en Argentina, una discusión que en los últimos tiempos ha tomado posturas polarizantes. Lo hace, eso sí, a partir de la comedia. Una comedia con ocasionales toques graves y bastante existencialismo, pero comedia al fin. Por momentos, además, hilarante.

En los hechos, Puan es la historia de Marcelo Pena (Marcelo Subiotto), un profesor de la cátedra de esa facultad que se ocupa sobre todo del pensamiento de Russeau y de Hobbes, y que durante toda su carrera como docente ha estado bajo el ala de Caselli, su antiguo maestro y director de la cátedra. Pero sucede que Caselli se muere: le da un paro cardíaco fulminante mientras hace ejercicio.

Leonardo Sbaraglia y Marcelo Subiotto

A partir de allí Marcelo buscará concursar por ese puesto —un puesto que al principio no quiere, pero que todos le hacen ver que es el indicado para sucederlo— y a competir contra un elemento disruptor: Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia), un filósofo de carrera en Alemania, con aires de grandeza, tote bag a juego con la gabardina y toda la seducción que Marcelo no tiene. Y con el detalle añadido de que ambos se conocen muy bien porque fueron compañeros de clase en ese mismo edificio hace muchos años. 

Esta película, entonces, es un esfuerzo conjunto de Alché y Naishtat, dos realizadores con trayectorias en ascenso. En el caso de Alché, primero se mostró como actriz en La niña santa de Lucrecia Martel y hace algunos años estrenó su ópera prima como directora, Familia sumergida. Naishtat, por su parte, tiene tres películas y entre ellas la muy recomendable Rojo (2018). Para Alché, Puan es además un edificio conocido: allí estudió y, de hecho, uno de sus exámenes finales orales quedó inmortalizado en el documental Las facultades, de Eloísa Solaas, que se pudo ver hace algunos años en Cinemateca.

Este conocimiento de la locación de parte de al menos uno de sus realizadores es evidente en Puan, pero lo es también el manejo de las dinámicas propias de la educación púbica, los dilemas que afrontan sus trabajadores, las chacras de poder que se generan y las peculiaridades de un universo que se retroalimenta y que en muchos casos es endogámico al extremo. En la película, buena parte de esas características están al servicio del humor: así pasa con los sueldos que no llegan y se dilatan, los estudiantes activistas que irrumpen en las clases, los horarios que se pisan, las palomas que entran al edificio, y más. Pero también se ríe de otros aspectos de la coyuntura argentina más dolorosos, como el dólar que se dispara sin techo o el rol de los medios de comunicación a la hora de manipular el discurso público. Hay también espacio para otra comedia, una más simplona que es, a la vez, la que quizás queda fuera de tono al pasar raya. Como el caso de ese chiste de caca que se estira por, al menos, quince minutos.

Hay dos formas de entender a Puan en este escenario, ambas atractivas, complementarias y existentes dentro del discurso de la película: por un lado esa comedia amable, con dos personajes opuestos y encantadores que devienen en rivales; por otro, como un drama de corte más existencial que trabaja en torno a la idea de la vocación y de lo que significa el espacio de trabajo y la academia para el protagonista, al punto de que se lo explicita a su esposa en un arranque de sinceridad brutal: "sin Puan no soy nada", dice Marcelo, y es así.

Leonardo Sbaraglia y Marcelo Subiotto

Allí se abren algunas de las interrogantes más interesantes de la película de Alché y Naishtat, preguntas que corren como mar de fondo mientras el público que descostilla de risa en la sala: ¿Qué somos por fuera de los lugares de trabajo? ¿Cuál es el peso del legado en estos ámbitos y hasta qué punto la proyección de las expectativas externas deviene en las metas propias? ¿Cómo le damos forma a lo que somos, a esas ideas que nos conforman y nos identifican? ¿Hasta qué punto podemos pelear por ellas? Subiotto, con una actuación que no tiene grandes estridencias pero sí mucho corazón, es el vehículo ideal para representar esas preguntas. Por este papel ganó un premio en el Festival de San Sebastián —el guion de la película también. El personaje de Sbaraglia, en tanto, es el espejo en el que él quiere mirarse, y a la vez no.

Pero hay más, porque la película mete el dedo en la llaga y se anima a comentar, siempre con su tono desenfadado y comprometido a la vez, desde la mercantilización de la filosofía y su transformación en show por parte de determinados gurús consagrados en las escuelas europeas, hasta —de forma casi premonitoria— las amenazas que penden sobre el carácter público, gratuito y universal de la educación. Casi como una respuesta del cine a la coyuntura, en Puan los personajes descubren que los peligros no están dentro del aula y que más vale cubrirse entre todos mirando hacia afuera. Los realizadores argentinos también deberán pensar en eso de cara a los años que se vienen, años complejos en los que deberán defender su cine y enarbolar, por ejemplo, este final de 2023 como bandera. Un fin de año que reúne calidad y taquilla —ciertas las películas argentinas en su país han tenido desempeños realmente destacables—, y que tiene a Puan como una de las protagonistas. 

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