Morán calcula. Le quedan 25 años de trabajo para jubilarse, años que seguramente pasarán como vienen pasando los anteriores: levantándose temprano, poniéndose el traje, yendo por un café y una medialuna, tomando el subte, entrando a trabajar en el banco, dejando que cada día se muera ahí, entre plata que no es suya, las caras de siempre, el papeleo, el hastío, la vida que se le escapa porque, bueno, eso es lo que él entiende que pasa: que la vida se le pulveriza por las ocho horas. Morán calcula otra vez: en 25 años de trabajo, el banco le debería pagar 325 mil dólares. Ni un peso más, ni uno menos. Es lo que le corresponde.
Morán decide. Actúa. Roba esa cantidad exacta de dinero de la caja fuerte en la que se mete todos los días a contar billetes ajenos. En realidad, roba el doble: 650 mil dólares. Porque un rato después se reúne con un compañero de trabajo, Román, y mientras comen una pizza de parados en Imperio, le propone un plan. Guardame la plata, le dice, me voy a entregar, me voy a comer tres años y medio de cana, pero cuando salga la mitad es para vos, la mitad es para mí. Renunciamos. No trabajamos nunca más en la vida. Y somos libres. No quiero una vida holgada, le dice Morán. Simplemente no quiero trabajar más.
Y Román acepta. Él también está cansado del banco.
Los delincuentes empieza así, en ese cruce de caminos entre la certeza de que vivimos para trabajar, y que la vida es un rato y nada más. Ahí está el punto de partida que esta película argentina del director Rodrigo Moreno —seleccionada además por su país como precandidata para el Oscar— toma para establecer sus discursos a favor de lo que significa ser realmente libres en el mundo de hoy. Los delincuentes, que se puede ver actualmente en Cinemateca y —sorpresivamente— en salas de Movie, Life y Grupocine, es fascinante porque ese pulso hacia la libertad está dentro de la historia y también abraza a sus formas. Es un ejercicio maestro donde los gestos puros del cine son revalorizados y expuestos a la luz, casi como si su autor quisiera reivindicar la artificialidad en medio de una epidemia de realismo que atraviesa buena parte de los relatos actuales.
En ese sentido, puede que el nombre de Moreno no sea uno de los más rutilantes del cine de la vecina orilla, pero este cineasta de 51 años tiene una carrera larga y su nombre estuvo vinculado, por ejemplo, a esas antologías de fines de los 90 que fueron también la semilla para Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Paula Hernández, entre otros directores del llamado Nuevo Cine Argentino. Que de Moreno tampoco se haya visto una película en muchos años —la última es Réimon, de 2014— tiene además una explicación muy sencilla: el desarrollo de Los delincuentes ha ocupado la última década de su vida casi en su totalidad.
Justamente esa idea, la de una producción que se extiende en el tiempo por diversos factores y obstáculos, que se enfrenta al error y al contratiempo, fue adoptada por el director de forma consciente para darle forma a la ficción. Los delincuentes encuentra en el paso del tiempo su río narrativo y también su propuesta formal: dura tres horas, y es así de larga porque las numerosas películas que se abren en ella piden terreno, se destapan y se abren como una muñeca rusa cargada de pliegues y significados.
Porque si bien todo empieza como una especie de heist movie —las historias donde un grupo de personas planifica y ejecuta un “golpe” delictivo—, la historia pronto empieza a tomar carriles mucho más derivativos, como si Moreno no pudiera evitar abandonar ese río principal para recorrer sus afluentes y desembocaduras, incluso si ellas lo llevan mucho más allá de la propuesta inicial. Que se haya dejado conducir de esa forma por los hallazgos del camino es parte del éxito de su película, que acumula aventuras, cambios de tono y ritmo, capas, personajes que entran y se van, episodios más mundanos, otros esencialmente mágicos, escenas inolvidables.
Entre todo eso, Los delincuentes se abre como un juego de dualidades, afianzado de manera más obvia en los nombres de sus personajes —Morán, Román, Norma, Morna—, pero también en la oposición entre el campo y la ciudad —ambos romantizados, pero alejados de los tópicos—, en lo que el dinero empieza a significar para los protagonistas y el espejo en el que se reflejan Morán y Román. E incluso en pequeños guiños que Moreno se reserva para los más atentos, como el doble personaje que interpreta Germán de Silva, que hace de gerente del banco y de “pesado” en la cárcel cordobesa a la que va a parar el protagonista.
Ya que estamos, un apunte sobre las actuaciones: Daniel Elías y Esteban Bigliardi están estupendos como Morán y Román. Parcos, complementarios, con la presencia entre decidida y trémula que les pide la historia. Elías, en particular, le da a su Morán un brillo genuino que atraviesa la proyección. Bigliardi, por otro lado, está más cerca de los pasos de comedia que la película prueba —que son bastantes y en ocasiones hilarantes—, pero también de algunos de los momentos más bellos que registra la cámara de Moreno. Su personaje se mueve en el marco del destino serpenteante que le abre la propuesta económica/criminal del otro, y se lanza al vacío como el propio Moreno hizo con su obra.
Los delincuentes, después de 180 minutos de relatos en zigzag, que se anudan y desatan, que se funden y se separan, finaliza y sedimenta en el espectador una pregunta definida por nuestra propia libertad. ¿Qué es? ¿Realmente la tenemos? En buena medida ayuda el disco de Pappo’s Blues que pasa de mano en mano y del que se escucha un tema literal —Adónde está la libertad—, pero también los barridos sorpresivos a los que echa mano Moreno, los paisajes de la sierra de Córdoba, el ritmo arborescente de la propuesta, la sensación de que en esta película todo se puede plantear y todo funciona, los ecos del poema de Ricardo Zelarayán que lee Morán y que clavan las imágenes de La Gran Salina en los oídos, casi como una plegaria por la vida exterior, por ir a buscar lo que está ahí afuera esperando a que rompamos el círculo.
“Me interesa la relación que establecemos con el trabajo, las obligaciones y cómo esa rutina y alienación constante pueden quitarnos libertades —dice Moreno en una entrevista publicada hace algunas semanas en Página/12—. Pero con los años descubrí que había un interés anterior, que era el uso del tiempo tanto en términos cinematográficos como existenciales. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo? ¿En qué lo gastamos? La película, en ese sentido, trata de interpelar al espectador desde ahí.”
Lo delincuentes, en su actitud desprendida y la ambición por retratar lo incognoscible, en este caso lo que nos hace o no libres, resulta ser una de las mejores películas del 2023 y la prueba del nivel que sigue teniendo y evidenciando el cine argentino, que al menos una vez por año golpea de forma contundente. Es muy difícil no quedarse pensando en sus imágenes, en la deriva de sus personajes, en la suspensión de la verosimilitud que pide, en la forma en la que el tiempo se vuelve elástico, en esa sensación que durante un buen rato impregna la atmósfera de la sala: que una existencia despojada de las ataduras está a la mano, esperando del otro lado, y que lo único que hay que hacer para conseguirla es robar 650 mil dólares y tener alguien en quien confiar. Y que eso es fácil porque la vida, en este caso, sí funciona como en las películas.