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16 de diciembre 2021 - 17:13hs

Martin Sandbu

Si una palabra resume la principal consecuencia económica de la pandemia es, sin duda, "escasez". A partir de marzo de 2020, nuestro sistema económico mundial parece habernos fallado una y otra vez: primero fue incapaz de suministrar, la cantidad necesaria de equipo de protección individual (EPI), después los insumos para la fabricación de vacunas, las vacunas en sí, los productos básicos y las materias primas, los semiconductores y la multitud de bienes duraderos que dependen de ellos, y, más recientemente, la energía.

La consecuencia económica — la inflación — ha llegado con más intensidad y rapidez de lo que la mayoría de la gente anticipaba, pero no con tanta intensidad y rapidez como las conclusiones políticas que numerosos observadores y líderes consideraron oportuno deducir: que ni la globalización ni el capitalismo son adecuados para cumplir con su propósito. La globalización, porque erosionó el control nacional sobre el suministro de bienes vitales. El capitalismo, porque las empresas privadas diseñaron su producción para consideraciones " justo a tiempo" en lugar de "por si acaso", priorizando la eficiencia en períodos normales en vez de la resiliencia en períodos extraordinarios.

Estas determinaciones fueron pregonadas intensamente al principio de la pandemia, y han inspirado políticas desde entonces. Todas las grandes potencias económicas, y muchas otras más pequeñas, han actuado para inclinar los modelos de producción capitalista globalizados hacia formas más al alcance de las autoridades nacionales.

Puede que existan argumentos válidos para este cambio de política, pero la principal premisa fáctica de la nueva doctrina de resiliencia y autonomía es falsa. La pandemia puso a prueba la globalización capitalista, con repentinos y enormes aumentos de la demanda, y la superó con gran éxito.

Tomemos el caso de los bienes duraderos. Los titulares sobre la escasez son lo único que parece ser abundante, y todo el mundo está experimentando retrasos en la obtención de artículos, como los coches, que antes podían obtenerse con una gratificación instantánea. Pero la oferta real de bienes duraderos está en niveles máximos históricos. Desde el verano del año pasado, los consumidores estadounidenses los han estado obteniendo en volúmenes mucho mayores que la tendencia prepandémica. Numerosas economías de la Unión Europea (UE), como Alemania, Italia y los Países Bajos, también han igualado o superado los niveles de consumo de bienes duraderos de 2019.

¿Y qué hay de los semiconductores? En un breve artículo publicado hace un mes, Daniel Rees y Phurichai Rungcharoenkitkul, del Banco de Pagos Internacionales (BPI), mostraron que las exportaciones de semiconductores de Taiwán y de Corea superaron en 2020 los volúmenes registrados en 2019, y que en 2021 superaron los de 2020. En la actualidad, las exportaciones parecen estar operando a un 30 por ciento por encima de las de hace dos años. Hyun Song Shin, del BPI, ha añadido que las ventas de semiconductores en EEUU son mucho mayores que en los años anteriores a la pandemia.

Lo mismo ocurre con los productos más relevantes para la pandemia. Recordemos que el pánico en torno a los suministros de equipo de protección personal, por muy real que fuera, se disipó en aproximadamente un mes. Las importaciones de la UE de kits de pruebas y de prendas de protección aumentaron un 20 y un 40 por ciento, respectivamente.

¿Y las vacunas? Hay mucho que criticar sobre el acaparamiento de vacunas contra Covid-19 por parte de los países ricos cuando escaseaban. Pero ése es un problema del pasado. Los analistas han estimado que los fabricantes de vacunas ya están produciendo más de mil millones de dosis al mes.

En resumen: ¿Escasez? ¿Qué escasez? Por supuesto, incluso estos notables aumentos no siempre han sido suficientes para satisfacer la creciente demanda. Pero, lejos de fallarnos, el sistema de producción capitalista globalizado ha cumplido, aumentando los suministros en un tiempo récord en respuesta a un inesperado aumento de la demanda tras otro.

Por eso, cuando nos quejamos de la escasez, en realidad nos estamos quejando de que el incremento de la producción no haya sido más rápido y exento de problemas. No nos damos cuenta de lo mucho que damos por sentado que la demanda repentina e imprevista se satisface instantáneamente sin perceptibles interrupciones. Eso demuestra hasta qué punto hemos interiorizado la capacidad del mercado global para hacer precisamente eso. La globalización capitalista está sufriendo las consecuencias reputacionales de su propio éxito.

Es obvio que hay que hacer salvedades. Producir lo suficiente para que todos compartan no garantiza que todos reciban una parte: la distribución justa no es uno de los puntos fuertes del capitalismo. Los gobiernos han ayudado a coordinar, por no mencionar pagar, la capacidad de producción; los mercados bien regulados funcionan mejor. Y no cabe duda de que las políticas desempeñan un papel en garantizar que no se produzcan disrupciones, incluso a corto plazo, como la del suministro de EPI durante una pandemia.

Pero, teniendo en cuenta estas advertencias, ¿qué otra organización social de la producción económica cree alguien que pudiera responder tan bien a los oscilantes patrones de demanda mundial del último año y tres cuartos?

No existe razón alguna para pensar que las cadenas de suministro renacionalizadas — revertir la globalización — puedan aumentar la producción más rápidamente que nuestro actual sistema. ¿Y por qué habríamos de esperar que un sistema de producción más significativamente dirigido por el Estado — revertir el capitalismo — sea más justo o más resiliente, dado el fracaso de los Estados de garantizar adecuadas reservas "por si acaso" o distribuir las vacunas de forma justa a nivel mundial?

En el mejor de los casos, podemos esperar que el capitalismo globalizado se modifique en los márgenes para que funcione aún mejor. Por supuesto, se puede invertir en reservas o exigirles a las empresas que se diversifiquen, explicándoles a los contribuyentes la justificación del seguro que resulte en un costo adicional, pero se debe minimizar al abastecerse en los mercados mundiales en tiempos de bonanza. Se puede impulsar la inversión pública y privada, y considerar la repatriación cuando la seguridad nacional requiera un control interno. Pero en general, la lección de la pandemia para la política de la cadena de suministro global es, definitivamente, dejarla como está.

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El Observador Financial Times Member

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