16 de junio de 2014 14:34 hs

El viernes por la noche, mientras la ciudad se teñía de celeste y euforia en la previa del partido de Uruguay y Costa Rica, en el Auditorio Adela Reta se presentó la primera función de El Mesías, el espectáculo de Mauricio Wainrot inspirado en el Oratorio homónimo de Georg Friedrich Häendel. El contraste fue interesante, no solo porque el buen desempeño que viene realizando el Ballet Nacional del Sodre (BNS) se comprobó en la cantidad de público que llenó la sala en días en que la cultura parece quedar relegada de los intereses generales, sino por ese cielo azul celeste que dominaba el escenario a través de la preciosa puesta en escena del fallecido Carlos Gallardo.

En la hora y veinte minutos sin interrupciones que duró la obra, Wainrot logró suspender la realidad y trasmutar –a través de la perfecta sincronía entre el cuerpo de los bailarines y la música sublime del artista barroco– una espiritualidad ajena a los fanatismos terrenales.

Se trata de una obra que el argentino creó, en versión más corta, en 1996 para el Royal Ballet de Flandes de Bélgica y que ha sido interpretada en 11 compañías, incluido el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín de Buenos Aires, que Wainrot dirige desde 1999.

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El Mesías no tiene personajes, ni argumento, cuenta con un diseño de escenografía, luces y vestuario minimalista (la indumentaria de los bailarines es sencilla y de color blanco), en la que dominan los movimientos continuos, gráciles y por momentos acrobáticos del elenco. Por ello esta obra es todo un desafío para el público y para el ballet, que transitó caminos más cercanos el año pasado con Sinfonietta, de Jiří Kylián, y que demostró una vez más la fortaleza de la compañía más allá de sus figuras y de lo estrictamente clásico.

Llama la atención la gran compenetración y lirismo que logra Wainrot al interpretar desde lo corporal El Mesías de Häendel, compuesto en 1741. A Wainrot lo embargó la emoción cuando lo escuchó en una iglesia en Montreal, hecho que lo llevó a escribir la obra. Fiel a su idea de entender la danza como un sentir, su coreografía apela a pocos elementos que la ciñan a una historia (más allá de alguna referencia a la crucifixión y a otras simbologías cristianas) pero sí que transmitan un estado general de pureza, espiritualidad y alegría de vivir. Quizás por ello se extrañe un poco más de recogimiento e introspección, como sucede en algunos pasajes, que quizás beneficiarían a la obra en lograr una conmoción aun mayor.

En definitiva, El Mesías no solo representa la posibilidad de apreciar la versatilidad del BNS y el trabajo de un importante coreógrafo contemporáneo (y de ver su contracara más luminosa después de que en 2011 presentara junto al BNS Un tranvía llamado deseo, como señaló Julio Bocca en rueda de prensa el mes pasado). Es también la chance de hacer un corte a la exageración de estímulos mundialistas y dedicarle un tiempo a esa maravilloso “don de fluir”.

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