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7 de noviembre 2020 - 5:03hs

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos, feroces y demasiado parejas para declarar un ganador el mismo martes, son una parábola de los dilemas y quiebres de esa nación. Y también, en cierta forma, fueron un plebiscito sobre la ola populista que arrasa buena parte del mundo

Donald Trump es un gran experto en explotar miedos y prejuicios para dividir. Al poner en duda la legitimidad del mismo sistema que lo encumbró cuatro años antes, alimentó el espectro de los disturbios civiles: pequeños grupos disconformes que traten de incendiar una pradera reseca.

La polarización alimentada por Trump, aunque no solo por él, puso a la primera potencia mundial, uno de los países más diversos imaginables, bajo una de las más difíciles pruebas desde la guerra civil de 1861-1865.

El sistema electoral no ayuda. El presidente de la República surge de un colegio electoral: una elección indirecta parecida, aunque no igual, a la que Uruguay tuvo entre 1830 y 1918.

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Ese sistema fue bueno durante siglos, cuando Estados Unidos sirvió de modelo democrático a todo el mundo. Pero hace mucho tiempo da señales de ser inadecuado e, incluso, injusto. George W. Bush ganó la elección de 2000 por un puñado de votos en Florida, apenas 538, y con la intervención de la Suprema Corte. Donald Trump resultó elegido en 2016 pese a obtener casi 2,9 millones de votos menos que la demócrata Hillary Clinton.

Ahora, en 2020, la radicalización de una parte del electorado, la pandemia de coronavirus y el voto masivo por correo agregaron presión al viejo sistema.

Además, los estadounidenses eligen en el mismo acto una gran variedad de autoridades, incluidos gobernadores, legisladores estaduales, alcaldes y sheriffs. Muchos estados también realizaron referendos sobre cuestiones como la liberalización del consumo de marihuana, que ya es legal en varios estados (incluida la despenalización de la tenencia de pequeñas dosis de drogas duras en Oregón); la prohibición del aborto; la regulación de las aplicaciones de transporte tipo Uber; y otros asuntos.

De hecho, hasta enero podrían dirimirse recursos ante la Suprema Corte.

A Donald Trump le fue muy bien a partir de su asunción en enero de 2017, pese al escepticismo mundial, gracias a un gran auge económico y a una fiesta de deuda. El desempleo cayó a un ínfimo 3,5%. Pero desde principios de este año el coronavirus arrasó con las grandes ciudades estadounidenses y frenó en seco la economía y la confianza, para consternación de un gobierno que había subestimado sus efectos.

Donald Trump, un gran bocón amenazante, tampoco metió a Estados Unidos en ningún conflicto militar interminable y costoso. Más bien tendió a regresar al tradicional aislacionismo republicano.

Pero Trump no parece el líder que Estados Unidos necesita para esta crucial etapa de su historia, signada por una decadencia relativa, una crisis de confianza, la terca sobrevivencia del racismo —que es el pecado original de la Unión— y la competencia global con China.

Trump cabalgó sobre la chabacanería, la desunión y el enfrentamiento. Él jamás podría alinear a los europeos, y menos aún a América Latina, detrás de un nuevo liderazgo estadounidense, como ocurrió en la posguerra.

El cambio tecnológico acelerado amenaza a legiones de obreros, empleados y pequeños empresarios. Esa gente sufre y tiene miedo, y busca un líder redentor que la proteja.

Trump encarna el estereotipo de hombre blanco del suburbio con baja educación relativa y empleos en decadencia, versus pobladores de la costa, más jóvenes y abiertos, y minorías disconformes.

Entre esos dos polos estereotipados hay una enorme masa de electores, de las más disímiles categorías, que dividió su voto.

La probable derrota de este martes tiene para Donald Trump una cara triunfal. Obtuvo muchos más votos que en 2016, y demostró su enorme popularidad en el “país profundo” por oposición a los citadinos liberales del oeste y del noreste. El “trumpismo” sobrevivirá.

El aparente ganador, Joe Biden, quien pronto cumplirá 78 años, sería la persona de mayor edad en acceder a la Casa Blanca en toda la historia. Biden, quien luce envejecido y algo torpe, también es un improbable líder mundial.

Él propone “sanar al país” después de la era Trump; acabar con la desconfianza, la ira y la división populistas, y regresar a los tiempos de más tolerancia y convivencia democrática.

Biden también promete mejorar los vínculos de Estados Unidos con el resto del mundo, pero desde una mirada más nacionalista: una apuesta a la producción y el empleo locales, al sello Made in America, por oposición a la deslocalización industrial que favoreció a China, y a su mano de obra barata y disciplinada.

Su vicepresidenta, Kamala Harris, hija de una hindú y un jamaiquino de alta educación formal, es una adecuada exponente de la meritocracia liberal californiana, con una interesante carrera política y judicial. Por su estilo, juventud y energía, Harris puede hacer historia.

Los mercados bursátiles dieron la bienvenida a Biden con firmes alzas en Asia, Europa y Wall Street. Pero parece que ante todo valoraron el “empate” en el Congreso de Estados Unidos, con mayoría republicana en el Senado, que impediría cualquier movimiento radical de políticas, en uno u otro sentido, cualquiera sea el presidente.

Muchos creen que es mejor un presidente que haga poco, antes que uno que se ponga a inventar, cual aprendiz de brujo, o a dividir para imperar.

Para Uruguay no habrá muchas diferencias. Ambos candidatos son más bien proteccionistas. Parece seguro que la Casa Blanca, ya sea demócrata o republicana, dará prioridad a su agenda nacional y a tratar de sanar las heridas de la Unión.  

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