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Cuba al borde de la crisis económica

El cerco de Washington y el derrumbe de Venezuela dejan a Cuba en una situación muy precaria y surge el fantasma de un nuevo “período especial”

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20 de abril de 2019 a las 05:03

"Economista no, comunista”, bromeó el Che Guevara a pregunta expresa de un periodista cuando en noviembre de 1959 Fidel Castro lo nombró presidente del Banco Nacional de Cuba. Sus 456 días al frente del banco central de la isla fueron una catástrofe de gestión, y principiaron la debacle crónica del peso cubano.

El episodio marca un poco la síntesis de lo que ha sido la Revolución cubana, durante años faro ideológico de las izquierdas latinoamericanas y sus movimientos guerrilleros; pero en lo económico, un gran apagón. Nunca fue un proyecto económicamente viable, ni con Fidel, ni con Raúl, ni ahora con su delfín Miguel Ángel Díaz-Canel.

Ahora sobrevuela otra vez el fantasma de la depresión, tal como les sucediera en la década de los ‘90 tras la caída de la Unión Soviética. El descalabro de Venezuela, principal sostén económico del régimen cubano, y la profundización del embargo comercial de Estados Unidos empiezan a golpear en la frágil y precaria economía de la isla.

Las señales de que esta nueva coyuntura política y económica podría lanzarlos otra vez en una espiral de crisis y penurias como la del llamado “período especial” de los años ‘90 no son pocas. Varios informes desde Cuba en la prensa internacional dan cuenta ya del desabasto y racionamiento de productos básicos. En varios lugares escasean la harina, el aceite, los huevos, y donde hay pollo, solo se pueden comprar hasta dos por persona. Lo que ha dado una dimensión real al viejo chiste sobre el comunismo: “… dos pollos, tengo”.

Pero hasta el propio Raúl y Díaz-Canel han salido estos días con sendos mensajes en los que no han podido ocultar la alarma del régimen por lo que podrían traer parejo los tiempos que se avecinan.

No es para menos. En épocas de la Unión Soviética, Cuba vivía prácticamente de Moscú, que enviaba a la isla el petróleo subsidiado y compraba prácticamente todo lo poco que allí se producía. Los expertos estiman que entre 1960 y 1990 Cuba recibió de la URSS US$ 65 mil millones, lo que supera la ayuda recibida por toda América Latina durante la Alianza para el Progreso lanzada por el gobierno de John F. Kennedy.

A la caída de la URSS y del bloque socialista, la economía de Cuba se redujo a la mitad, y el “período especial” se extendió por casi toda la década del 90, años en que los cubanos pasaron hambre y todo tipo de necesidades, sufrieron una brutal escasez, apagones diarios y transporte casi nulo en toda la isla. La economía nunca se pudo recuperar por sí misma; y de remate la ley Helms-Burton, promulgada en Estados Unidos durante el gobierno de Bill Clinton, hundió a Cuba aún más en el aislamiento y la miseria.

Sin embargo, a partir de 1999, a Fidel le surgiría un aliado inesperado, y acaso tan valioso para la economía del régimen como la vieja Unión Soviética: Hugo Chávez ganaría la presidencia en Venezuela, y con ello daría inicio a un nuevo período de subvenciones e inyecciones de capital a La Habana. Chávez compraría blasones revolucionarios con petrodólares; eso le granjearía al venezolano influencia entre las izquierdas de la región, que todavía lo miraban con recelo, y hasta con algo de desdén. La bendición de Fidel lo convertiría pronto en un líder regional, podría armar el bloque del ALBA y encabezar junto a Néstor Kirchner y Lula da Silva un esquema de cooperación regional que iría poco a poco minando el poder de Washington en toda América Latina.

En contrapartida la ayuda venezolana se convirtió en la gran tabla de salvación de Cuba, que recibía cinco mil millones de dólares por año solo por los médicos y enfermeras que enviaba a Venezuela en un régimen de semi-esclavitud, donde el gobierno cubano se quedaba con la parte leonina del pago que recibían por sus servicios. 

Al igual que antes la Unión Soviética, Venezuela se convirtió en el principal socio comercial de Cuba, compraba prácticamente todo lo que se producía en la isla, invertía en proyectos de infraestructura y enviaba 100 mil barriles de petróleo diarios. Se estima que en una década, Cuba recibió de Venezuela cerca de US$ 40 mil millones solo en crudo subvencionado.

Después de que Raúl heredó el poder de su hermano Fidel, intentó abrir la economía e incentivar el sector privado con la idea de crear un modelo híbrido a la usanza china y vietnamita. Nada resultó. Y Cuba siguió dependiendo de la ayuda y los fuertes subsidios venezolanos, al tiempo que una política de deshielo con Estados Unidos, que llegó incluso al restablecimiento de las relaciones diplomáticas con el gobierno de Barack Obama, pareció por un momento devolver a Cuba la apertura y colocarla en la rampa de salida para que Washington le levantara pronto el embargo.

No obstante, nada cambió en la isla desde el punto de vista político. Castro no hizo ni una sola concesión y se enrocó en una sucesión en la figura de Díaz-Canel para que todo permaneciera del mismo modo.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, sobre todo su rescate de algunos halcones veteranos de la Guerra Fría, como John Bolton y Elliot Abrams, cambiaron totalmente la pisada por una renovada línea dura hacia Cuba, presionando por el cumplimiento cabal del embargo y retomando las hostilidades con La Habana. 

Al mismo tiempo, el estrangulamiento financiero del Departamento del Tesoro sobre Venezuela y el virtual embargo petrolero impuesto al régimen de Nicolás Maduro dificulta cada vez más la llegada de crudo a la isla. Las propias empresas que lo trasladan son inmediatamente sancionadas por Estados Unidos. Es posible que pronto ya no llegue ni una gota a Cuba. Y el cerco financiero está haciendo estragos en ambas economías paradójicamente dolarizadas. 

Si a todo ello se le suma el giro a la derecha en la región, el congelamiento de las exportaciones brasileñas y la cancelación del programa Mais Médicos decretada por Jair Bolsonaro, a nadie debería sorprender que Cuba se encuentre una vez más al borde de una crisis. Y como en toda crisis, quienes primero la sienten son los ciudadanos de a pie.

Las autoridades cubanas han prohibido a sus funcionarios usar el término “período especial” para advertir sobre las dificultades que se avecinan, por el consabido trauma que la brutal depresión de los´90 dejó en la psiquis cubana. Pero como dice Freud, “lo que no se puede decir no hay cómo callarlo”. Y en la calle los cubanos no hablan de otra cosa, según todos los informes en la prensa internacional.

Por si algo faltaba, la administración Trump sumó esta semana una nueva perla al rosario de sanciones: en pleno aniversario de la invasión de Playa Girón, el secretario de Estado, Mike Pompeo, anunció el miércoles pasado que Washington activará el Título III de la Helms-Burton, que permite a los cubanos que fueron expropiados por la Revolución presentar demandas en tribunales de Estados Unidos contra el gobierno de Cuba, o contra cualquier empresa que usufrutue, o haya usufructuado, su propiedad.

Se estima que unas 200 mil querellas se agolparán en las cortes federales de Nueva York a partir del 2 de mayo, cuando la llamada “tercera cláusula” entre en vigor; aunque la medida puede abrir también un frente a Washington con la Unión Europea y Canadá, de donde proviene la mayoría de las firmas que operan en la isla. (ver nota aparte)

Los voceros del régimen cubano intentaron restarle alcance a la medida. Tanto Díaz-Canel como el canciller, Bruno Rodríguez Parrilla, aseguraron que la activación de la cláusula fracasará, y agregaron en sendos mensajes de Twitter al guion de siempre del régimen en cuanto a que se trata de un “ataque a la soberanía de Cuba”, con las arengas clásicas de “venceremos” y “no nos rendiremos”.

Las noticias que llegan de la isla parecen sugerir que esta vez no será tan sencillo. Pero tienen 60 años en estas lides, y han sobrevivido a todo tipo de gobierno en Washington. Aunque ya no está Fidel, Raúl ya no es la única cara visible del régimen; y del otro lado tienen otra vez a los halcones, por si fuera poco, apoyados por un rejuvenecido liderazgo cubano-americano en el sur de la Florida, encarnado en el influyente senador Marco Rubio.

Es posible que esta vez los termine salvando China, o acaso la propia Europa, si las tensiones con Washington se agudizan por el diferendo sobre la tercera cláusula de la Helms-Burton. Pero siempre queda la sensación de que alguien ha de salvar a la Revolución, de que no tiene dientes propios para valerse económicamente por sí misma. Aun si se obviaran todos sus atropellos, sus presos políticos, sus violaciones a los derechos humanos y sus seis décadas de autoritarismo y opresión, y nos quedáramos con la mera visión romántica que hechizó a la izquierda latinoamericana, tendríamos que advertir su rotundo fracaso económico. Si Cabrera Infante, desencantado de la Revolución cubana, la definió un día como “un sueño que salió mal”, hoy le cabría más el mote de una ilusión sin remedio. 

Las remesas

“Cuando Venezuela sea libre, y Cuba sea libre y Nicaragua sea libre, entonces este va a ser el primer hemisferio libre de toda la historia de la humanidad”, dijo el presidente estadounidense Donald Trump.  Por esa idea es que, además de autorizar demandar en tribunales estadounidenses a empresas extranjeras presentes en Cuba que gestionan bienes confiscados  tras la revolución, el asesor de seguridad nacional, John Bolton, anunció “cambios regulatorios para restringir los viajes no familiares” a la isla y límites a las remesas. “Estamos del lado de los patriotas amantes de la libertad de la región”, dijo Bolton el miércoles 17 a los veteranos de la fallida invasión a Bahía de Cochinos en 1961. Se estima que las remesas son la segunda fuente de ingresos de la isla, detrás de la exportación de servicios médicos.  
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