Los europeos se encuentran en una doble encrucijada. Primero a nivel geopolítico -como hemos comentado aquí varias veces-, en un mundo crecientemente bipolar, donde ellos van quedando exactamente en el lugar que uno nunca quisiera estar: en medio de una pelea entre dos grandotes. Y en segundo término, relacionado con ello pero de carácter mucho más urgente, a nivel energético.
Europa depende como nunca del gas ruso en el momento de mayor tensión entre el Kremlin y la OTAN, que los europeos integran cada vez con mayores inconvenientes, y porque sus propias políticas ambientales y de otra índole pueden poner en riesgo su seguridad energética, como estamos viendo en la crisis actual.
Dicen los expertos, además, que esta es solo la primera crisis, de varias que se esperan en la acelerada transición europea hacia las energías renovables. Y si bien hace dos entregas explicaba por qué culpar a Vladimir Putin de la crisis era cuando menos exagerado, ese grado de dependencia no parece saludable para Europa si aspira a ser protagonista en el nuevo orden internacional que se perfila.
Pero la crisis sigue y la Unión Europea no parece tener un plan B para solucionar en un futuro el problema de su dependencia energética. De explotar yacimientos de gas en su propio territorio, ni hablar. Eso tiene muy mala prensa y puede acabar con la carrera de cualquier político europeo de la noche a la mañana. Ningún líder en Europa está dispuesto a entrar a la próxima cumbre climática y que Greta Thunberg le espete en la cara -con estudiada indignación y mirada de “soap opera” sueco de los noventa-: “¡Cómo te atreves!”.
Hablar de energía nuclear, mucho menos; ni se le ocurra. Eso en Europa tiene hasta menos amigos que los combustibles fósiles. Solo Francia la produce en la actualidad. Para el resto de Europa, es como si no existiera. Alemania ordenó el cierre de todas sus centrales nucleares hace diez años. Angela Merkel, presionada entonces por la opinión pública alemana tras el desastre de Fukushima en marzo de 2011, anunció ese año el cierre de todos sus reactores y el fin de la energía nuclear para Alemania.
La solución para Merkel vino entonces por el lado de un inesperado acercamiento hacia la Rusia de Vladimir Putin. El monumento a ese acercamiento en la relación bilateral se encuentra debajo del Mar Báltico: 760 millas de gasoducto recién construido, llamado Nord Stream 2, que duplicará el suministro de gas de Rusia a Alemania.
El presidente del Comité de Accionistas del Nord Stream 2, integrado mayoritariamente por la rusa Gazprom, es Gerhard Shroeder, predecesor socialdemócrata y firme aliado y amigo de Angela Merkel. Shroeder -sin cuyo apoyo la canciller hoy saliente no habría podido gobernar en “gran coalición” con la socialdemocracia- es además presidente del Consejo de la petrolera estatal rusa Rosneft, solo una muestra de los estrechos lazos que hoy unen a las élites alemanas con los gigantes de la energía rusa.
Cuando Donald Trump dijo en la Asamblea Anual de la ONU de 2018 que “Alemania se volverá totalmente dependiente de la energía rusa a menos que cambie de rumbo”, no se equivocaba, a pesar de que aquel día los diplomáticos alemanes que asistían a su alocución se burlaban ostensiblemente de las “ocurrencias” del entonces mandatario norteamericano.
Sin embargo, todo iba bien, y los planes no parecían augurar mayores nubarrones en el horizonte, mientras los socialdemócratas acompañaban al gobierno de los democristianos de Merkel. Pero agotada esa alianza, ahora serán los socialdemócratas, vencedores en las elecciones federales del pasado 26 de setiembre, quiénes deberán gobernar a buen seguro con los verdes. Y estos últimos no quieren saber absolutamente nada del gas ruso, del Nord Stream 2 –a cuya construcción se opusieron desde el vamos–, ni de ningún otro aspecto de las relaciones entre Berlín y las energéticas rusas.
En el Kremlin estaban felices con el triunfo del SPD en Alemania, creían que un gobierno de centroizquierda favorecería aun más su acercamiento a Berlín. Pero bien podría no ser así. Habrá que ver.
Ahora mismo lo más desconcertante es la incertidumbre que, como un tótem de mal agüero, se recorta sobre la seguridad energética de los europeos; mientras los precios del gas siguen al triple de lo que estaban a principio de año; lo que en la Unión Europea, por la propia opción de compra elegida por el bloque, se traslada directamente a las tarifas de unas familias crecientemente asfixiadas por las cuentas.
Merkel tiene las manos atadas, no solo para planear algo diferente a futuro, sino incluso para tomar alguna decisión que ayude ahora a paliar la crisis, en medio de intensas negociaciones de los socialdemócratas con verdes y liberales para formar gobierno.
Algo van a tener que hacer. Y la agenda ambiental, en todos los países, no solo los europeos, deberá combinarse muy bien con las necesidades energéticas de la población. Es indispensable marchar hacia un mundo movido exclusivamente por energías limpias, pero asegurando en la transición el abastecimiento de las provenientes de los combustibles fósiles.
El viento, el agua y el sol serán algún día nuestras únicas fuentes de energía. Pero para que hagan funcionar a todas nuestras máquinas y calienten todas nuestras casas, todavía falta un rato.